Por su ubicación geográfica, nuestro país está condenado a padecer los efectos de múltiples fenómenos naturales que pueden causar grandes desastres. De acuerdo con datos del Banco Mundial y la OCDE, 68% de la población y 71% de nuestro producto interno bruto están altamente expuestos a los impactos del cambio climático. Todos estamos constantemente expuestos a huracanes, lluvias intensas, inundaciones, deslaves, sequías, incendios forestales, sismos y erupciones volcánicas que cobran la vida de muchas personas y afectan el patrimonio económico de miles de familias y del país.
Según la definición clásica, un riesgo de desastre se refiere a la probabilidad de que, durante un periodo específico de tiempo, se produzcan alteraciones graves en el funcionamiento normal de la sociedad, dando lugar a efectos humanos, materiales, económicos o ambientales adversos. La clasificación más común divide los desastres según su origen. Si son producidos por la naturaleza, pueden ser geológicos o hidrometeorológicos. Si son de origen antrópico, pueden ser químico-tecnológicos, sanitario-ecológicos y socio-organizativos.
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Una primera respuesta para reducir el impacto de este tipo de desastres ha sido crear un Sistema Nacional de Protección Civil y elaborar diversos estudios y mapeos de los peligros que enfrenta la población y la infraestructura con la que cuenta cada región del país. Los Atlas de Riesgos tienen el objetivo de identificar los posibles impactos ocasionados por este tipo de fenómenos naturales, así como las acciones para reducirlos antes de que ocurran y causen un desastre.
El problema es que, generalmente, este tipo de mapas solo considera acciones preventivas y de protección civil para casos concretos de desastre que se desarrollan en el corto plazo. Es decir, no consideran el deterioro progresivo de las condiciones ambientales y del entorno producidas por el cambio climático. ¿A qué me refiero? A que responden a un modelo de prevención de fenómenos específicos, por ejemplo, una inundación o una erupción volcánica, pero no toman en cuenta los efectos de mediano y largo plazo que provoca el cambio climático. ¿Cuál es la relación entre lluvias y temblores, o entre temblores y erupciones volcánicas? ¿Influyen los huracanes en la ocurrencia de terremotos? ¿Mayores flujos de agua de lluvia e inundaciones condicionan cambios en el subsuelo que derivan no solo en desgajamientos y deslaves, sino también en hundimientos y socavones?
Es claro que la crisis climática está generando fenómenos geológicos y meteorológicos no solo cada vez más frecuentes y devastadores, sino que se presentan de manera concurrente o secuencial. Cada vez es más común observar fenómenos naturales, en los que el impacto de uno pareciera provocar el surgimiento del siguiente. Ejemplo de ello es que, en pocos días, hemos sufrido huracanes, lluvias torrenciales, inundaciones, deslaves, sismos e intensa actividad volcánica. Todo parece indicar que estamos ante una nueva realidad en la que la degradación ambiental producto del cambio climático, está generando desastres naturales en cadena.
La ocurrencia de fenómenos geológicos e hidrometeorológicos “atípicos”, ¿será el aviso de que estamos dejando algo fuera de los modelos de prevención? Pensemos, por ejemplo, en los indicadores de resiliencia utilizados en los modelos para anticipar situaciones de riesgos. Generalmente, éstos consideran factores de vulnerabilidad, capacidad adaptativa y algunos sistemas socioecológicos. Sin embargo, dejan fuera indicadores asociados a los parámetros llamados bioclimáticos que estudian los cambios en la relación entre clima y la distribución de los seres vivos y otros factores como su impacto en la salud, la tasa de inmigración y crecimiento de los asentamientos irregulares en sitios de riesgo.
Ya he comentado varias veces que fenómenos como la pandemia y el surgimiento de nuevos virus y enfermedades cada vez más letales pueden ser, en algún sentido, consecuencias del cambio climático. Según el Banco Mundial, de aquí al 2050, el cambio climático provocará grandes migraciones. Se calcula que el aumento en el nivel del mar, las inundaciones, sequías e incendios, obligarán a desplazarse a más de 200 millones personas en todo el mundo; lo que, seguramente aumentará no sólo los riesgos sanitarios sino el crecimiento de asentamientos irregulares más vulnerables a los efectos del clima. El problema es que todas las predicciones se han venido acelerando a una velocidad vertiginosa.
Esto nos obliga a revisar urgentemente nuestros modelos de prevención y protección civil vigentes para que consideren el impacto de la degradación ambiental y la concatenación de fenómenos naturales. Ello implica también, revisar la estrategia de adaptación a partir de casos exitosos como el famoso Plan Delta de los Países Bajos, o los proyectos de diques en Nuevo Orleans y San Petersburgo. De ese tamaño deberán ser las soluciones ante amenazas como incendios forestales, sequías, desbordamiento de ríos, erupciones volcánicas y sismos. Porque en los tiempos que vienen nada será igual a lo que hoy conocemos en materia climática y en prevención del riesgo de desastres.