A quinientos años de la muerte de Magallanes (Parte I)

Sábado, Mayo 1, 2021 - 10:51

Las lecciones de guerra del militar y explorador en su travesía por Filipinas

Originario de Puebla de los Ángeles, estudió Ciencia Política, música, historia y musicología en Núremberg, Leipzig, Essen y Heidelberg (Alemania). Es Doctor en Ciencia Política por la Universidad de Heidelberg.

El autor que con desmesura y desparpajo perpetra esta columna estuvo tentado a tocar un tema de carácter político nacional: la vuelta triunfante a la vida del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEJF) y del Instituto Nacional de Transparencia (INAI), por ejemplo. O lo que significa terminar con la sobrerrepresentación en la Cámara de Diputados, o el imperial berrinche en esta semana del Presidente de la República, quien dio rienda suelta a su imperial despecho, anunciando la primera contrarreforma en materia electoral en la historia contemporánea de nuestro país, etc. También quise investigar por qué se celebra hoy el Día del Niño.

Sin embargo, en medio de la alegría que a todo demócrata le invade por los acontecimientos que felizmente ocurrieron en esta semana (quitando las amenazas presidenciales, claro), creemos que hay un tema que no podemos dejar pasar, en este caso un tema de carácter histórico: la muerte en combate del Capitán General Fernão de Magalhães (Fernando o Hernando de Magallanes), el 27 de abril de 1521.

Este marino, militar y explorador portugués nació en 1480 y entró al servicio de Carlos I de España y V de Alemania (el del chocolate “Carlos V”, para que mis cuatro fieles y amables lectores lo identifiquen sin lugar a dudas). En 1519 por encargo del monarca, inició un viaje hacia el lejano Oriente, desde el Atlántico pasando al Pacífico por el llamado, en su honor, ‘Estrecho de Magallanes’, precisamente. Tenía el real encargo de descubrir en Asia, tierras de especiería. Esta epopeya (como dicen los buenos historiadores), que él ya no pudo concluir, significaría a la postre el primer viaje de circunnavegación de la tierra al regresar a España uno de sus capitanes, Juan Sebastián Elcano, en 1522. Una verdadera hazaña.

27 de abril de 1521: Estamos en la isla de Mactán, en las Filipinas. Al romper el alba (como dicen los buenos cronistas), una pequeña tropa de infantes de marina castellanos trata de desembarcar. En la playa aguardan unos 1 500 guerreros quienes, a juzgar por su gritería, armamento, facha, gesticulación y vocabulario, no parecen querer darles a los europeos una cálida, amigable y cordial bienvenida. Uno podría pensar que estaban molestos por haber sido enviados a pelear a hora tan temprana sin desayunar, pero yo creo que querían defender su tierra de los invasores.

Esta escaramuza en Mactán acabó en un desastre para los castellanos, en uno de los ejemplos más absurdos de una pelea que se pierde por creerse superiores al enemigo. Algo similar a lo que les pasó a los franceses el 5 de Mayo, aunque de menores proporciones. Magallanes no esperó a que le ayudaran los guerreros que su aliado, el rajá de Cebú, le había enviado en 30 canoas. Eran unos mil hombres, quienes aguardaban sus órdenes para atacar. Pero el navegante portugués no quería apoyo, quería mostrar su propia superioridad. Nada más que está muy difícil que 49 españoles, por muy bien armados y motivados que estuvieran, derrotaran a 1 500 guerreros dispuestos a defender su islita. 

Magallanes, en realidad, iba en nombre de su aliado, el rajá de Cebú, quien estaba enemistado con el jefe Lapu-Lapu de la isla de Mactán. Así que resulta increíble que Magallanes haya sacrificado a sus hombres (y a sí mismo) debido a las pugnas de otros.

La superioridad militar de los europeos se basaba indudablemente en sus armas, mucho más mortíferas que las de sus oponentes, pero la arrogancia es mala consejera. Los castellanos desembarcaron durante la marea baja, por lo que sus botes quedaron muy lejos de la playa, lo que propició dos desventajas para su causa: tuvieron que caminar varios cientos de metros con sus corazas puestas en arena mojada y con corales, lo cual los agotó inútilmente. Los botes españoles, armados con falconetas, no podían usarlas contra los guerreros enemigos, pues quedaron varados muy lejos de la playa.

Magallanes y su esclavo malayo Enrique eran las únicas personas que, hasta ese momento, habían dado la vuelta al mundo, si bien no en un solo intento sino de manera sucesiva. Ahora, en esta aventura singular, buscaban llegar a las Islas Molucas, prometiéndose grandes ganancias con el comercio de las especias, tratando de evitar a los intermediarios: los árabes, indos y venecianos.

Por eso es que Magallanes estableció una alianza con Huambon (o Humabon), rajá de Cebú, quien incluso se hizo bautizar junto con su esposa. Estos nuevos aliados y amigos de Magallanes tenían sólo un pequeño problema: el reyezuelo Lapu-Lapu no quería pagarles tributo. Así que Magallanes decidió resolver de una buena vez esta afrenta y marchó contra los rebeldes, que le regateaban a su amigo la obediencia. Pero por querer presumir de su superioridad técnica y de su valor, no le permitió a Huambon y a sus guerreros intervenir en la batalla. Estos se quedaron, literalmente, “como el chinito”, no más “milando” desde sus botes, mar afuera.   

Con el agua hasta los muslos, el desembarco castellano fue muy difícil, además de que ya hemos dicho que la playa era rocosa y llena de corales. Conocemos los pormenores de la batalla debido a la crónica, que alcanzó fama mundial del veneciano Antonio Pigafetta, uno de los miembros de la expedición y uno de los muy pocos que sobrevivieron a toda la hazaña de la circunnavegación. Según él, Magallanes trató de doblegar a sus enemigos incendiando las casas de su pueblo, lo que en lugar de asustarlos los enfureció aún más, por lo que cargaron con más rabia contra los castellanos. Magallanes, viendo su error, ordenó la retirada, cubriendo él personalmente a sus hombres. Fue herido primero con una flecha envenenada, pero siguió combatiendo. Luego fue alcanzado por una lanza de bambú, pero no cejó en su empeño por detener a los furiosos isleños.

Según el veneciano, Magallanes no dejó un solo instante de combatir, aun estando gravemente herido. Se llevó consigo a la muerte a muchos de sus enemigos, hasta que estos lo masacraron. Se dice que hasta el último momento volteó a ver a sus hombres, queriendo estar seguro de que ya se habían logrado reagrupar, escapando en los botes que les aguardaban.

Esta muerte heroica no debe hacernos olvidar que el capitán general cometió errores elementales del arte de la guerra, lo cual no se debería esperar de un militar tan experimentado como él, pero ya lo hemos dicho: la arrogancia es mala consejera. Cierto: él ya había sido protagonista, en 1505, de una acción de guerra en la que los europeos, bien armados, entrenados y motivados, habían barrido con su artillería a sus oponentes árabes e indos.

La diferencia ahora, en esa isla de las actuales Filipinas, es que sus cañones no pudieron entrar en combate por haberse quedado muy lejos de la playa. Habían calculado mal la hora del desembarco y quisieron para sí solos la gloria del triunfo, dejando a sus aliados fuera de la acción. Esta fue su perdición. Creerse elegidos por Dios para descollar entre todos, suponer que eran invulnerables y que los isleños eran cultural y militarmente inferiores, fueron las causas de la catástrofe. Además, la marina castellana no acostumbraba encomendar al capitán general el encabezar personalmente un peligroso desembarco, pues ya para esa época se tenía noticia del destino aciago de João Dias de Solis, quien pereció a manos de los nativos (¿charrúas? ¿guaraníes?) en lo que actualmente es Uruguay, por cometer un error similar en 1516.

En nuestra próxima entrega hablaremos de las consecuencias del viaje de Magallanes, de cómo Elcano terminó este viaje extraordinario y de algunos otros detalles relevantes de la expedición, si no es que alguna presidencial ocurrencia nos desvía de nuestros loables propósitos.


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