Dra. Laura Angélica Bárcenas Pozos*
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Ya llevamos diez meses de encierro, desde que en marzo del año pasado las autoridades tomaron esta decisión para evitar que los contagios por el COVID-19 se dispararan y los hospitales públicos y privados no se dieran abasto para atender a un alto número de personas enfermas. Sin embargo, las autoridades no imaginaban en ese momento, que la pandemia se iría para largo, tanto que nos mantendremos en el encierro por varios meses más y en muchos sectores ya no hay más reservas para sobrellevar el confinamiento. Entre estos sectores está el de las escuelas básicas privadas, pues además de que han visto disminuida su matrícula porque los padres no pueden cubrir las colegiaturas; también observan alumnos aburridos, desesperados y hartos de los procesos educativos a distancia.
Bajo estas circunstancias, algunos de los colegios particulares están promoviendo que regresen a la presencialidad para el mes de febrero, bajo todos los riesgos que esto representa para profesores, alumnos y sus familias; mientras que otro grupo considera que deben seguir en el confinamiento7 a pesar del riesgo de que varias instituciones cerrarán sus puertas en los siguientes meses porque sus pérdidas económicas son muy altas. Y justamente en esto radica el problema de estas escuelas privadas, si regresan ante la demanda de los estudiantes de no estar aprendiendo, seguramente se dispararán los contagios, los enfermos que requieran hospitalización y las muertes; pero si no regresan varias escuelas se verán obligadas a cerrar sus puertas ante la falta de estudiantes y de pagos de sus colegiaturas.
Desde mi óptica y considerando todo lo que ahora sabemos sobre esta pandemia y su terrible forma de comportarse es que es menos malo que cierren algunas escuelas y se pierdan algunos empleos; a que los niveles de contagio, enfermedad y muerte aumenten a un nivel desproporcionado. Por otro lado, me parece que los dueños de las escuelas que pretenden regresar a la presencialidad en febrero, saltándose todas las recomendaciones de las autoridades sanitarias e incluso del propio sentido común, se observa un interés económico y no un interés por el bien común.
Mientras que las autoridades de las escuelas privadas que consideran deben continuar en el confinamiento a pesar de los problemas económicos que están enfrentando, están pensando en el bien mayor, en lo que es mejor para más personas. Y eso me lleva a reflexionar que los Jesuitas, justamente, manifiestan que, ante una situación de dilema, y ellos dicen que siempre este dilema se da entre dos bienes, se debe considerar el bien mayor. A pesar de esto, lo que están atravesando las escuelas privadas es un dilema entre dos males, pues de cualquier manera tendrán pérdidas, pero cualquier jesuita los invitaría a considerar, entonces, el mal menor.
Me parece que las escuelas privadas que consideran deben continuar con el encierro, están considerando la salud de sus profesores, sus alumnos y sus familias, e incluso de los mismos dueños. Pero también están pensando en muchos más mexicanos, pues en muchos casos los alumnos que asisten a escuelas privadas, tienen vidas acomodadas, así que seguramente en caso de enfermar, tendrán atención médica y podrán ser hospitalizados si así lo requirieran, disminuyendo esa posibilidad para una persona que no tendrá más que la opción de un hospital público o tal vez ni eso.
Considero que las escuelas privadas que optan por continuar con el confinamiento, están pensando en el menor mal posible, al mismo tiempo que en el mayor bien común. Y en ese dilema estamos todos, por eso no debemos dejar de pensar que no sólo somos responsables de nosotros mismos y de nuestras familias, sino que vivimos en sociedad y este virus nos está enseñando que todos estamos en relación y que unos somos responsables de los otros, además de ser responsables de nosotros mismos.
Es un asunto ético, de responsabilidad individual para favorecer una responsabilidad colectiva. Así que espero que los dueños de esas escuelas privadas que pretender regresar en febrero, hagan un ejercicio de discernimiento, antes de regresar a presencialidad.
La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.
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