Alejandro Gallardo Arroyo fue un gran amigo, de los que heredé de mí señor padre. Desde sus juventudes, en la universidad, mí padre y Alejandro fueron buenos amigos; las luchas sociales y políticas los unieron, y no precisamente los vicios que aquejan a la noble y confundida juventud, es lo que se comenta.
Ambos líderes progresistas y aguerridos de movimientos estudiantiles. Alejandro, fue de los cerebros dominantes del Frente Estudiantil Popular, que puso en aprietos en más de una ocasión a gobiernos estatales. Aquellas épocas de los setenta en donde la Universidad de Puebla albergaba estudiantes de diversas ideologías en los espectros políticos más radicales, Alejandro siempre fue leal y congruente a su convicción de lucha.
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Yo tenía 21 años en el 2008, me inscribí en el ICADEP a un curso de Introducción Política. En esa época en el Comité Directivo Estatal del PRI, Alejandro Gallardo Arroyo era el presidente del ICADEP, al mismo tiempo de impartir los cursos con Miguel Ángel Contreras Ruiz, entre otros profesores. El verano de ese año conocí a Alejandro.
Caminando casual en el estrecho pasillo superior de la biblioteca de mi casa, leía algunos lomos de libros, hasta que me detuve y leí “Puebla de los Ángeles o de Zaragoza”, lo tomé, lo abrí y vi: “Por Alejandro Gallardo Arroyo, para mi amigo Humberto Fernández de Lara Ruiz”, y puntualmente una dedicatoria.
Mi primera impresión fue grata al saber que ese señor que aparecía en la fotografía del libro, autor de este, era mi maestro en el curso de capacitación política, y no solo eso, sino que en apariencia era amigo de mi padre, que el 21 de enero del año de 1996 le escribió a puño y letra una pequeña dedicatoria.
Después vi su semblanza en el libro y me di cuenta de que aquel maestro era un señor de estatura intelectual y política. Para ese entonces no sabía nada de él y menos sobre sus habilidades que siempre las ponía en práctica de forma enérgica, pero con humildad.
A la semana siguiente acudí a los cursos, ansioso de que terminara el taller para acercarme a Alejandro y platicarle sobre el libro y mi padre. Siempre me he sentido orgulloso de decir quien fue mi padre y en ese momento no fue la excepción, le dije: —encontré un libro de su autoría en mi casa, además ese ejemplar se lo dedicó a mi padre, quizá lo conoció bien, Humberto Fernández de Lara Ruiz—. Sus ojos saltones se marcaron y respondió con júbilo —Me has movido el piso, mi gran amigo Humberto, ¿eres su hijo? —, desde ese momento nos empezamos a ser amigos. Le compartí mi experiencia a mi señora madre y lo primero que me dijo: — Ese señor es un llegonazo, muy amigo de tu papá—.
Alejandro era de esas personas con las que siempre querías estar, porque podías platicar con el de lo que se ocurriera y además siempre se aprendía. Un hombre culto, estudioso, amante de la política, del derecho, de las ciencias sociales y hasta de la economía, no podemos dejar a un lado que también fue economista; completo en diversos campos del ámbito social, que le permitía estar informado de los contextos locales e internacionales.
Toda persona que haya conocido al profesor coincide en que era un hombre noble y bien intencionado. El cuatro veces ganador al premio estatal de periodismo otorgado por la UDLA y el Gobierno del Estado, fue muy atento conmigo, me aconsejaba con sabiduría y mostraba genuinamente interés en mis preocupaciones, pero también en mis aspiraciones. Le platicaba santo y seña de mis estrategias para posicionarme o para alcanzar alguna meta, siempre atento escuchaba y respondía con determinación.
El exdiputado era un excelente conversador, se nos pasaba el tiempo platicando en su casa de Zavaleta, y en sus horas libres en su privado de Gobernación, el que se encontraba debajo de las escaleras en el antiguo Palacio de Gobernación sobre la avenida Reforma en el centro histórico de la ciudad. Le gustaba caminar, en varias ocasiones me lo encontré caminando en las calles principales del centro de Puebla, en la generalidad acompañado, a pesar de ser un hombre que disfrutaba la soledad, su riqueza humana invitaba a otras personas a buscarlo.
De temperamento rígido, pero con gran sentido del humor, Alejandro Gallardo Arroyo nunca fue mi maestro en las aulas, la única oportunidad que tuve de la enseñanza didáctica fue en el curso; mi relación con él fue más estrecha, de amistad, de profesor de vida a alumno. Buen instructor de lo cotidiano, a quien le agradezco el hecho de conocer a varios autores mexicanos y extranjeros, así como saber por él diversos títulos de literatura jurídica, política, filosófica y más.
Estoy convencido, pudo haber conseguido todo lo que se hubiese propuesto, de ser asesor de presidentes de la república a gobernadores, su último cargo fue el de Director de Estudios Políticos del Gobierno del Estado. Fue muy discreto al grado que nunca quiso ser protagónico en el telón de la vida pública, el poder en la sombra le caía bien, su disciplina por el estudio y su curiosidad extensa por los problemas sociales lo llevó a contar con información de valor y confidencial. El apasionado de la lectura que sugería por lo menos leer cuatro horas al día sabía ser buen amigo. Entre libros y detalles, su presencia se hacía notar siempre, pues cuando hice un evento de mi celebración por haber obtenido mi patente de Notario asistió con mucho ánimo y me regalo un cuadro, una pintura de un rincón colonial de Puebla.
La ultima vez que vi al doctor Alejandro fue en el hotel Gilfer, a mediados de noviembre, él sugirió el lugar para comer. Charlamos toda la tarde y establecimos acuerdos, particularmente profesionales y políticos; en ese momento creyó en mí como siempre, me dio consejos y prometió seguir dándomelos. Íbamos por grandes proyectos con su generosa conducción. Siempre tenía planes, me platicó de sus libros en puerta, obras de su autoría, pero estaba más entusiasmado porque quería invertirle a su casa, no la que se encontraba en la colonia El Carmen.
En la otra mesa del restaurante del hotel estaban mis amigos y colaboradores del partido, los invite a unirse a la conversación y al mismo tiempo que conocieran al famoso Dr. Gallardo, dije en voz alta —que el conocimiento circule—; El doctor sorprendido de que había compañía cercana, afirmó con movimiento de la cabeza en señal afirmativa de que nos uniéramos, pero por cuestiones de practicidad preferimos pedirle al gerente un salón privado del hotel; a los pocos minutos se nos concedió la petición. En el salón privado platicamos por más tiempo, seis personas con Alejandro, nos platicó de la problemática de las Juntas Auxiliares, de sus experiencias como dirigente estudiantil y también dialogamos con ímpetu de oposición y convicción sobre temas del gobierno municipal.
Esa tarde nos prometió más tertulias políticas y proyectos en conjunto. Al retirarnos le ofrecimos llevarlo y se negó, prefirió caminar como era su costumbre. A la semana siguiente compartimos palabras en whatsapp e insistí para vernos, se negó argumentando que tenia gripa, que estaría con cuidados en casa. A los pocos días me entero de que estaba delicado en el hospital y me sume a la cadena de oraciones por su bienestar, hoy me sumo a la cadena de oraciones para su brillo eterno.
Recordándolo vivirá por siempre, porque cuando una persona cercana a nosotros muere, siempre se despierta el espíritu de reflexión entre la vida y el más allá. La fe nos hace pensar que la vida continua en otro plano, pero en la generalidad existe arrepentimiento por no haber compartido momentos en esta conocida vida con la persona que ha partido. Nos duele profundamente tu partida doctor, te vamos a extrañar, aunque tu recuerdo perdurará.