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Confesiones de encierro 6/6 | Alejandra Fonseca

Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Confesiones de encierro 6/6

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Jueves, Agosto 20, 2020

Se viste de gala con ropa clásica y elegante: pantalón y saco de lino en beige, y camisa de manga larga en seda color lila; se pinta los labios color carmín; se pone rímel en pestañas, delinea sus cejas color chedrón y un poco de rubor en las mejillas. Se restira su negro y largo cabello lacio en un moño en la nuca, y lo suelta desde los hombros a que caiga frondoso y libre en su espalda.

Llega el artículo más importante de su vestuario: las zapatillas cerradas con tacón de aguja de trece centímetros color chocolate, y caminar con gracia: recta la espalda con etéreos movimientos de brazos y manos; camina y camina en la casa, pasillo tras pasillo sin malgastar centímetro alguno, de ida y de regreso, subir y bajar las amplias escaleras de los tres pisos las veces que sea necesario para estremecer al mundo. 

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De niña se formó en ballet clásico; al pasar los años y con la técnica, aprendió danza moderna, salsa, rumba, tango, hasta que descubrió el flamenco, y lo hizo suyo dedicándole cuerpo y alma con exitosas presentaciones por doquier.

En este encierro, en casa, diario realiza ejercicios de calentamiento, estiramientos y prácticas de ballet para no perder la buena técnica. Después, en la amplia plataforma que le fabricó su marido en la sala de su casa, con música y cantos estruendosos, empieza el zapateo; y zapatea y zapatea y zapatea con furia, moviendo brazos y manos en el aire como si de aves en cópula se tratara. 

Extraña el escenario, el sudor plateado que corre por su cuerpo en las presentaciones, la vestimenta fastuosa y colorida de talle justo y falda de olanes asimétricos que se agitan como olas rabiosas en cada uno de sus movimientos; extraña la música en vivo de guitarra y cantor, la convivencia con compañeros de tablas y las luces cegadoras que la hieren sin cesar.

Pero más extraña al coreógrafo, el hombre que le enseñó a volar en el escenario como si del universo mismo se tratara, y cubrir su manto con movimientos salvajes y sonidos fieros; universo sin tiempo, con infinito espacio para que toda la creación se manifieste en cada respiro, en cada exhalación, en cada co-creación. El hombre que le enseñó que aun con vestido y zapatos de calle tiene que sentirse reina, e imaginar que a cada paso crea una estrella en el firmamento.

En su caminar se detiene, baja la escalera, toma el pasillo hacia la puerta, toma su bolso, cubrebocas y careta. Continúa su marcha hacia la calle con un taconeo refinado, suave, propio de una reina, imaginando que al salir, cada árbol, cada arbusto, cada flor y el viento mismo, danzan con el vaivén del espectador deslumbrado por su presencia y su baile. 

¡Se siente viva!

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