Por Juan Carlos Canales
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México vive hoy una de las más graves crisis de su historia. En esta crisis coinciden tanto factores estructurales de largo aliento, como un conjunto de elementos que singularizan el presente político del país.
No hay duda que muchos de los problemas que hoy nos atraviesan no se generaron en el actual sexenio: la pobreza, la violencia, la corrupción y la fragilidad de nuestras instituciones, se remontan a muchos años atrás. Sin embargo, tampoco podemos negar que hoy esa historia de agravios no solo no ha disminuido sino, por el contrario, parece aumentar día con día perfilando al país a una debacle.
Varios factores determinan la situación actual y, en ella, debemos señalar la responsabilidad de grado de distintos actores sociales, subrayando, que es la del gobierno de López Obrador la más grave al haber renunciado a su condición de árbitro imparcial en la suma de intereses que constituyen una nación plural, compleja y democrática. Un gobierno empeñado en propiciar una “revolución” conservadora y regresiva que atenta contra los más elementales logros conseguidos por la sociedad mexicana, particularmente en materia política y social y de reconocimiento.
La terquedad por revivir un modelo económico sostenido en energías extractivas, el desprecio que ha mostrado por el conocimiento científico, la destrucción sistemática de instituciones democráticas y organismos autónomos, más la alta concentración de poder en la figura presidencial y, particularmente, el desdén a movimientos ciudadanos y a la complejidad social en la que se inscriben como consecuencia natural de la modernidad y de legítimos reclamos, son la más clara muestra de ese signo regresivo y autoritario de la 4T. A lo anterior, hay que sumar la errática política en materia de seguridad y las consecuencias ecológicas que traigan consigo los proyectos de Dos Bocas o El Tren Maya. Otra característica a destacar del actual gobierno es la amenaza al estado laico al fortalecer e incorporar a la vida pública grupos religiosos de ascendencia evangélica y, al mismo tiempo, un ejercicio del poder eminentemente pastoral materializado en el intento de incidir, de múltiples maneras, en la moralidad de la sociedad.
Más que la figura de un estadista, López Obrador encarna la de un líder espiritual, la de un padre y, como tal, pretende dirigir el país, en clara oposición al espíritu de la polis que señaló Aristóteles. AMLO se orienta por una ética de la “convicción” y no por una ética de la “responsabilidad”. De ahí, se derivan otras características del gobierno lopezobradorista, como la confusión estructural entre asumirse al mismo tiempo como jefe de la justicia y jefe de la guerra, la propia concepción de la política como un estado permanente de guerra civil, stasis, la obsesión por reconocerse como un predestinado para salvar y no conducir una nación, como heredero único de un linaje que dista mucho de ser observado con el más elemental rigor histórico y crítico y, por último, la revitalización de una idea de sí como un “doble cuerpo”, en el sentido que Kantorowicz dio a ese concepto: un cuerpo natural, sometido a las condiciones de la vida humana, y otro, político, infalible, destinado a una continuidad histórica sin interrupciones. En fin, una “autoridad carismática”
Pero, tan preocupante como lo anterior, resulta una práctica discursiva marcada por la estigmatización de la diferencia, la negación de la pluralidad y la defenestración del más elemental ejercicio crítico al proyecto personal del presidente, y que tendrá, como consecuencia, una mayor polarización social de la que no habrá retorno. A una década perdida en materia económica, la disminución de la tasa de crecimiento, el diagnóstico sobre aumento de la pobreza a 75% de la población, la difícil reconstrucción de las instituciones democráticas, hay que añadir el peligroso clima de un conflicto civil a punto de estallar. Como lo señalamos anteriormente respecto a otros problemas, la polarización que sufre hoy día el país no nació con López Obrador; es resultado de un resentimiento acumulado por un sinfín de agravios no resueltos a lo largo de su historia, por la propia incapacidad de las instituciones para disminuir o refuncionalizar todo aquello que amenaza a la sociedad. Pero el presidente de la República se ha sentado sobre ella como coartada para fortalecer su legitimidad, reduciendo el conflicto a una maniquea lucha entre el bien y el mal, entre fieles y herejes. Muy pronto, esa práctica discursiva tendrá efectos en la materialidad de la sociedad.
Ningún presidente, en los últimos años, ha concentrado tanto poder mediático como el actual. Con el pretexto de una comunicación permanente con la nación, López Obrador ha confinado cualquier agenda pública que no sea la del propio gobierno; la agenda de medios es una y otra vez descalificada en las ruedas de prensa y, la agenda social, ni siquiera reconocida.
Sí, un proyecto personal, ni siquiera acotado por los contrapesos de su partido, no digamos ya, por los contrapesos ideales en una democracia del poder legislativo.
La pasión- escribe Max Weber en El político y el científico- no convierte a un hombre en político si no está al servicio de una “causa” y no hace de la responsabilidad para esa causa la estrella que oriente la acción. Para eso se necesita (y esta es la cualidad psicológica decisiva para el político) mesura (Augenmass), capacidad para que la realidad actúe sobre uno sin perder el recogimiento y la tranquilidad, es decir, para guardar la distancia con los hombres y las cosas. El “no saber guardar distancias” es uno de los pecados mortales de todo político y una de esas cualidades cuyo olvido condenará a la impotencia política a nuestra actual generación de intelectuales.
Y añade:
Por eso el político tiene que vencer cada día y cada hora un enemigo muy trivial y demasiado humano, la muy común vanidad, enemiga mortal de toda entrega a una causa y de toda mesura, en este caso de la mesura frente a sí mismo… En último término, no hay más que dos pecados mortales en el terreno de la política: la ausencia de finalidades objetivas y la falta de responsabilidad, que frecuentemente, aunque no siempre, coincide con aquella. (1)
Ante este panorama, la pregunta que surge es cómo paliar la crisis que vivimos y reconducir el país a una mejor democracia, una democracia con calificativos, aproximando la justicia y la ley; cerrando la brecha entre libertad e igualdad. La única respuesta a esa interrogante es la vía democrática. Como lo han señalado distintos analistas, si López Obrador llegó a la Presidencia de la República por vía democrática, el acotamiento de su “decisionismo” político o su relevo tienen que transitar por esa misma vía. Apostar por otros caminos significaría una mayor amenaza a nuestra ya frágil vida política, poniendo en riesgo los derechos humanos y ciudadanos que garantizan la vida social. Lo anterior, sin embargo, no significa avalar los falsos dilemas planteados por Zepeda Patterson (Contra AMLO: ten cuidado con lo que deseas, El país, 25 de mayo, 2020).
Nadie duda de la valía de los objetivos del presidente López Obrador en su intento de acabar con la pobreza y la corrupción, pero se pueden cuestionar los medios para conseguirlo. Estoy convencido de poder alcanzar consensos mínimos, sostenidos en una básica racionalidad política, para dar salida a la situación del país. Una racionalidad política asentada en la argumentación, el contraste y falsación de datos, como lo sugiere Popper respecto a la racionalidad científica. Es cierto, no basta esa racionalidad para construir un mejor país, pero la renuncia a ella deviene en un ejercicio político autocomplaciente y demagógico.
Estoy convencido de que en este país podemos caber todos, no pese a nuestras diferencias sino gracias a ellas.
Frente a la práctica liquidación de los partidos políticos, su incapacidad para recomponerse de cara al interés público, el predominio de una creciente estructura clientelar por parte del gobierno, son los ciudadanos los únicos capaces de fungir como el principal contrapeso a un ejercicio político eminentemente autoritario y se reconozcan como el principal actor de la vida nacional, destacando que la única vía que debamos defender sea la vía democrática. Por eso, hay que reivindicar el surgimiento de cualquier frente opositor que transite por ese camino y al mismo tiempo cierre las puertas a peligrosos poderes fácticos que pretendan e adueñarse del futuro del país. Pero lo que sí resulta una trampa, producto de la sobreideologización, la ignorancia o perversión, es pretender incluir en un solo saco la amplia gama de proyectos alternativos al programa de López Obrador, reviviendo, por parte de los incondicionales de la 4T, la peor retórica del stalinismo o la inquisición. Ni por las condiciones generales de la modernidad, ni por las propias de cualquier sociedad democrática, la vida política de un país puede reducirse a dos únicos frentes, como lo pretende el presidente de la República. Lo que hay que subrayar es que esa gama, eminentemente democrática, posiblemente sea, hoy y mañana, la que esté conteniendo el “descarrilamiento” del actual gobierno, pese a las ideas del propio presidente, y este, por el contrario, dadas las características de la personalidad carismática, esté propiciando, inconscientemente o por identificación. un sacrificio ritual para convertirse en un mártir más del panteón civil de la patria.
En Puebla, a 21 de junio de 2020