Cuando mi hijo era adolescente, mientras él salía a divertirse con sus amigos desde viernes a domingo, yo quería quedarme en casa; mis actividades laborales de entonces eran muy demandantes, incluso fines de semana, y en lo posible quería ordenar casa y descansar. ¡Ilusa de mí que con un hijo de esa edad podría tener ese tiempo, cuando era obligado estar pendiente de irlo a dejar y recoger a la hora y día que fuera necesario! Desde entonces deseé días y horas para ordenar casa a consciencia, que antes, nunca llegaron.
Y se me hizo sin querer: en este confinamiento obligado en silencio peregrino con tiempo sin tiempo, tiempo errante, empecé a vaciar, catalogar, desechar, reorganizar y reacomodar todas las cosas en mí casa. ¡Nunca te imaginas lo que hay hasta que volteas y sacudes la casa como caja de zapatos! Antes lo hacía por emergencia y con ayuda para limpiar y buscar lo que necesitaba. Ahora es diferente: he cambiado y cambió mi alrededor porque el mundo se detuvo: cambió la dinámica de mil por hora al momento presente, dándome la calma y minucia requerida porque lo hago sola y a consciencia: decido qué sí y qué no, lo que regalo y lo que conservo. Vacío closet o cuarto o bodega, veo qué hay y voy catalogando mientras registro en mi mente la mejor manera de almacenarlo; dejo pasar una noche, un día o varios, para definir cómo ordenarlo y guardarlo. Después tomo acción.
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Es increíble cómo cambian los espacios y las perspectivas al reubicar muebles, mesas, cajas, plantas y camas; luces y sombras que reacomodan mi hábitat. Me deshago de lo que no ocupo y alguien puede necesitar: lo dono, regalo o lo dejo en la calle, y siempre hay quien se lo lleva; así elimino lo que ya no me es útil. Y dentro de casa, ya hecho el trabajo grueso, llega la labor en detalle que es lo más denso por rico y significativo: esas pequeñas cosas que no pueden ser catalogadas al ser las más reveladoras. Son tesoros: la primera tarjeta de felicitación que tu hijo, de niño, dibujó el día del padre para ti porque siempre tuvo claro que eras ambos; su primer diploma por ser el mejor en un debate; las tarjetas y notas de amor que te enviaron novios ya idos…
No sé si Einstein tenga razón al afirmar que “El tiempo y el espacio son modos por los cuales pensamos y no condiciones en las que vivimos”; tampoco sé si la Teoría Cuántica de Max Planck tenga razón al sostener que “la acción del observador determina las propiedades del sistema”. Lo que sí sé es lo que a muchos estudiosos y científicos les parecerá una aberración brutal lo que esta cuarentena me ha hecho experimentar: un pensamiento en tiempo errante y silencio peregrino, con una experiencia cuántica de mi hábitat. Y no me meto nada. ¡Es la cuarentena!