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Opinión



Una vieja anécdota sobre la “gripe española”

Jueves, Marzo 26, 2020 - 13:48
 
 
   

A poco más de un siglo vivimos una situación similar.

Mi abuelo era un hombre dotado de una enorme capacidad de expresión verbal, un narrador nato que imbuía de colorida y formidable capacidad de vocación, las remembranzas que narraba.

 Una de ellas, de especial significado dados los acontecimientos que hoy corren, era la referente a algún sujeto que habitaba una de las porterías de la “Calle del Chito Coetero”, sujeto al que, creyéndole muerto, se le arrojó en un petate a la carroza que trasportaba los cuerpos apilados de los caían en las calles abatidos por la “Influenza Española”, retornando por su propio pie horas después , dando fuertes golpes al portón correspondiente  para anunciar el regreso, mientas se protegía del frío de la madrugada envuelto en el petate mismo.

Años después, el gran clásico de la crónica urbana que es “Las Calles de Puebla” de Hugo Leigth, encontré las denominaciones recordadas por mi abuelo en sus platicas nocturnas: “El Piojo Seco”, la calle de “Merino”, “El Chito Coetero”, correspondiendo, ésta última a la 6 Norte, en las inmediaciones de “El Parían” de la Ciudad de Puebla.

La referida crónica de Hugo Leigth, señala que, treinta antes de que hubiese tenido verificación la epidemia mortal de influenza, la calle en cuestión había sido rebautizada con el nombre del platero, grabador y arquitecto “José Manso”, sin embargo, al parecer, los vecinos que la habitaban, seguían refiriéndose a su calle, con una denominación que se remonta al menos al año de 1796, según consta en las ordenanzas del célebre intendente Manuel de Flón, Conde de la Cadena.

La enorme fuerza de la memoria, después de todo, la calle del “Chito Coetero” se ubicaba en las cercanías de la denominada “Cancha de San Pedro”, hospital de la ciudad colonial, de cuyas puestas salía noche a noche, la carreta que trasportaba a los fallecidos en sus celdas de atención para ser trasladados al antiguo cementerio de Xanenetla.

El relato de mi abuelo, no desentrañaba la posterior incógnita que con éste quedaba abierta ¿qué fue posteriormente del hombre que retornó a su casa en tales condiciones? Acaso algún virólogo consumado, podría alegar que lo que resulta altamente probable, es que dicho sujeto hubiera muertes a los pocos días víctima de la peste en cuestión, pero el relato habría otra posible acción, acaso, mucho más cercana al humos que conllevan las célebres caricaturas de José Guadalupe Posadas.

El encierro de los días en curso, trajo a mi memoria las referencias de la denomina “Gripe Española” que escuchaba en mi infancia, y me permitió relacionarla con el imaginario de una ciudad , cuyos primeros alcaldes : Hernán de Helgueta y Alonso Martín Partidor han quedado en el total olvido,  del que, si tan sólo recientemente han sido   rescatado, ha sido  gracias a un  extraordinario hispanista como lo es el historiador  Hugh Thomas.

Las actas de cabildo de 1532, has sido rescatadas del olvido en fechas recientes, documentos que atestiguan la que fuera la deliberada desaparición de los documentos concernientes a las dos fundaciones de la ciudad, reseñadas con todas las reservas del caso por historiadores del siglo XVIII como Miguel Cerón Zapata, Diego Antonio Bermúdez de Castro y Mariano Fernández de Echeverría y Veytia.

En cuyas páginas se recogen historias de las epidemias que azotaron la localidad, nunca antes de la de 1918 habría tenido alcance planetario, y solo hoy, a poco más de un siglo vivimos una situación similar, en la que acaso, veamos retornan a su domicilio a quienes han sido trasportados a la que habría de ser su última morada.

albertoperalta1963@gmail.com

 


Semblanza

Atilio Peralta Merino

Nací en ésta ciudad, en la sala de maternidad “Covadonga” de la Beneficencia española, “tal vez un jueves como hoy de otoño”, dijera parafraseando a Cesar Vallejo, y de inmediato me trasladé a las islas del Caribe, entre brumas mi primer esbozo de recuerdo es el vapor de un barco que desembarcó en la Dominicana, Isla a la que jamás he vuelto y que no registro en la memoria consciente, desconozco si habríamos arribado a “Santo Domingo” o si todavía sería “Ciudad Trujillo” acababa de tener verificativo la invasión auspiciada por la OEA y, al decir de mi señora madre, era en ese momento el lugar más triste que habría sobre el planeta tierra. Estudié orgullosamente con los jesuitas hecho que me obliga a solazarme en la lectura de james Joyce, y muy particularmente en “El Retrato del Artista Adolescente”, obra que conocí gracias a mi amigo y compañero de andanzas editoriales juveniles Pedro Ángel Palou García, y asimismo orgulloso me siento de mis estudios en leyes en la Escuela Libre de Derecho pese a los acres adjetivos que le endilga a la escuela José Vasconcelos en su “Breve Historia de México” al referirse a otro egresado de la “Libre” como lo fuera el presidente Emilio Portes Gil. Crecí escuchando los relatos de mi abuelo sobre su incursión en los primeros años de su adolescencia en las filas del ejército constitucionalista, sus estudios de agronomía en “Chapingo” junto a los Merino Fernández, su participación en la “Guerra Cristera” al frente de cuadrillas armadas bajo la indicaciones del General Adrián Castrejón quién años después crearía los servicios de inteligencia militar y se convertiría en el gran cazador de espías nazis durante los años de la conflagración mundial, y por supuesto, de los días aciagos del avilacamchismo de cuyo régimen perdería el favor dadas las intrigas que suscitarían su parentesco con el líder obrero Manuel Rivera Anaya. Mi padre por su parte, llegaría a éste país mitad en vieja de estudios, mitad exiliado, habría corrido a su cargo el discurso que en representación de los jóvenes fuese pronunciado ante la multitud reunida en Caracas el 23 de enero de 1958 con motivo de la caída de la Dictadura de Marcos Pérez Jiménez, suceso al que alude Gabriel García Márquez en “El Otoño del Patriarca, matriculándose en la entonces Escuela Nacional de Economía que, muy pocos después, se transformaría en la “facultad” gracias a la brillante intervención de la maestra Ifigenia Martínez. “Soy todas las cosas por las que voy pasando”, he tenido en suerte el haber colaborado, o convivido de alguna manera con hombres cuya actuación ha resultado clave en la historia reciente del país, mencionaré a manera de ejemplo y obligado por la más elemental de las gratitudes a los senador José Ángel Conchello y Humberto Hernández Haddad así como y mi entrañable maestro el constitucionalista Elisur Artega Nava ; transformación que conduce por un lado , a darle cabal cumplimiento al deber bíblico de dar testimonio de los sucesos que corren en el siglo, y por la otra a convertirse en un hombre sencillo como dijera Borges: “ que aprecia el sabor del agua, el caminar pausado y la conversación con los amigos”.

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