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OPINIÓN

¿Y dónde quedó la palabra hablante?

Surge su significado profundo en nuestra interioridad.

Manuel Antonio Silva de la Rosa

Licenciado y Maestro en Filosofía y Ciencias Sociales; e Ingeniero en Electrónica. Se desempeña como Coordinador del Programa Universitario Ignaciano en la Ibero Puebla y es profesor de cursos vinculados con Filosofía. Entre sus líneas de investigación se encuentran la Filosofía contemporánea, y de la Educación. 

Jueves, Enero 30, 2020

*Mtro. Manuel Antonio Silva de la Rosa.

Merleau Ponty distinguía en Fenomenología de la percepción el lenguaje hablado con el lenguaje hablante. El lenguaje hablado (langage parlé), es una expresión encasillada por el concepto. Este tiene un significado agotado, da cuenta de lo que ya es conocido, por ello, no puede decir nada nuevo al mundo. El lenguaje hablante (langage parlant), en cambio, tiene un poder creativo. Abre a la novedad. Esta palabra es un acontecimiento que cambia el mundo del sujeto cuando es pronunciada porque pronunciarla y ponerla en obra van de la mano. Dicho de otra manera, el decir y el hacer destellan significativamente en una misma cosa. Por ello, este lenguaje hablante revela un horizonte que funda nuevas significaciones al mundo.

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Acogiendo la fenomenología de este filósofo francés, necesitamos generar en las universidades espacios donde pueda fluir un lenguaje hablante. Un lenguaje que despliegue la dimensión del vínculo de las cosas mismas y la manera en que se acoge esas cosas internamente. Siguiendo esta misma línea, las palabras que pueden trascender en la historia no son gracias a la capacidad de retener conceptos, sino de acoger y mostrar experiencias. Es la experiencia que se convierte en lenguaje hablante y toma forma desde el pensamiento al momento de narrar. El lenguaje vivo permanece en la historia gracias a su fuerza que mana del interior de la existencia. Las palabras que trascienden nacen desde las crisis internas de nuestra propia vida. Este lenguaje hablante surge desde el confrontamiento interno con la realidad.

En efecto, cuando aprendemos a acoger un lenguaje hablante desde la introspección, acogemos la vida de una forma novedosa. Somos conscientes de nuestra existencia que contiene vida gracias a lo que decimos. Esto quiere decir que somos a la vez artífice y resultado de nuestra manera de escoger las palabras que nos abren nuevas maneras de relacionarnos y de entender el mundo en donde habitamos. En la interioridad va germinando el lenguaje hablante. Esta es una palabra viva, que surge su significado profundo en nuestra interioridad.

Si bien, la fuente del lenguaje hablante es desde la interioridad, sin embargo, andar en el camino de la interioridad y ser interpelado por la realidad no son cosas independientes. La interioridad para que tenga peso necesita de la exterioridad. Cuando transitamos en la vía introspectiva, nos damos cuenta que dentro de nosotros se interna el acaecer de comprensiones que el mundo nos ofrece. En este sentido, para que florezca una palabra con contenido nuevo, primero que nada, necesitamos experimentar la realidad. Esto quiere decir, que la mera voluntad de trascender no basta para provocar la irrupción de algo nuevo. Pues las acciones que dejan huella en nosotros no provienen solamente del puro deseo, sino que nacen desde el vínculo y el lazo que hacemos con el mundo. En este sentido, cultivar la interioridad no tiene nada que ver con la capacidad de alejarse del mundo y sus contingencias. Más bien, tiene que ver con el avezarse al mundo de la vida.

¿Cómo cultivar en un ambiente universitario un lenguaje hablante? Esto es un reto contemporáneo. Los espacios académicos, cada día están más cargados de contenidos, temas e ideas, pero no de realidades. En este sentido, necesitamos subjetividades que se construyan desde las palabras vivas, que puedan enfrentarse a las problemáticas cruciales de nuestro tiempo.  Necesitamos empeñarnos y afanarnos en esas palabras hablantes, asumirlas con todo y sus consecuencias, dispuestos y dispuestas a defenderlas y a atender sin rodeos las objeciones que se presenten contra ellas.  

Con base en lo planteado, nos damos cuenta que la mayoría de las veces andamos buscando palabras hablantes, que no sólo vibren en nuestra existencia, sino que dejen huella en la sociedad, que tengan un sabor a inmortalidad, no porque signifiquen algo incambiable o incuestionable, sino porque sencillamente esas palabras nos abren un mundo inacabado, nos despiertan un espacio de ruptura y una densidad que desborda el tiempo cronológico. Estas palabras nos exigen poner entre paréntesis aquello que suscita en nuestro interior. Termino con una frase del maestro Luis Sáenz Rueda: “Buscar palabras hablantes es como buscar agujas en un pajar. Hoy en día, tal vez, no sólo las cosas mismas mueren, sino también las palabras que dan fe de esa muerte”.

 

*El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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