Me dicen que estoy nostálgica, que un síntoma es comparar el pasado con el presente y que eso no se vale. Acepto estar muy influenciada por las noticias y el conteo diario, semanal, mensual y anual de feminicidios. Será que ahora se sabe y antes no; será que la población se ha multiplicado de manera exponencial y antes éramos menos y estábamos distantes; será que mi medio social… cualquiera que haya sido éste; será que las mujeres lo escondían hasta de sí mismas; será que las mujeres ahora están realmente unidas para defenderse y denunciarlo, lo que antes no; será, como dicen mis allegad@s, que siempre ha existido, que siempre han matado a mujeres pero antes no se les daba la atención mediática que hoy se da… que no había redes sociales que te anuncian, y a todo mundo, lo que pasa en al momento. Pero insisto de una manera muy pobre porque es mi experiencia personal: en mis tiempos cuando salía con amigos, ellos siempre me protegían y cuidaban. Mis amigos señalan que aún en la actualidad hay hombres que protegen y cuidan a sus novias y amigas. Entonces, ¿qué ha pasado?
Tengo que confesar que toda mi vida siempre he sido más cercana a hombres que a mujeres; tengo que confesar que, por lo que haya sido, fui muy bulleada y acosada (no sexualmente) por mujeres, empezando por las de casa. Eso me ayudó a tener la mentalidad que estaba mejor en el mundo de los hombres: me sentía querida, aceptada, segura y protegida, y lo estaba. El mundo de las mujeres me era ajeno, distante, extraño y hasta intruso. Nunca lo comprendí, mucho menos lo compartí y no significó dejar de ser femenina o rechazar ser mujer; por el contrario, era más femenina entre más estaba con ellos que me lo provocaban; siempre he amado ser mujer aunque nunca me identifiqué con las que estaban cercanas.
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Neta no lo vi, no lo percibí, no lo supuse, no me interesaba; estaba tan concentrada en vivir cada momento con tanta intensidad y alegría que no estaba en mi radar detenerme a ver a las mujeres de entonces por dentro porque estaba más ocupada en buscarme a mí misma en mi interior. Pero no, confieso que busco en mi intimidad y nunca antes había puesto atención en cómo era el mundo de la mujer de ese entonces, sobre todo la maltratada por su pareja; sentía la infelicidad de algunas que me rodeaban, pero también la felicidad de muchas que vivían con alegría y compartían su mundo con sus parejas y compaginaban sus actividades. Pero como me lo dijo una amiga, “el hecho de que nada semejante te haya pasado o fuera cercano a ti, no significa que no existiera”. Y tiene razón.
Ahora leo de tanto feminicidio y veo con detalle cómo suceden, que me pregunto si acaso vivo en la negación de algo que no quise ver o haya sucedido cercano a mí, y no lo registré o no quise registrarlo. Pero le rasco en mis múltiples inconciencias y no lo hallo: es mi punto ciego que ahora se me devela de una manera monstruosa.
¿Qué nos pasó? ¿Qué pasó que el matar mujeres, --asesinadas por sus parejas hombres--, se extendió a tantos de ellos: jóvenes, adultos y viejos de todos los niveles sociales y educacionales? No sé a ciencia cierta qué les pasó a los hombres, qué les sucedió, --no conozco a suficientes jóvenes de ahora como para atreverme a opinar—que hemos llegado a esto. Lo que sí sé y me queda claro es que mientras no se atienda a los hombres en su interior, saber qué pasa en su intimidad, en sus mentes, en sus lados oscuros y puntos ciegos, esto no va a cambiar; porque las mujeres solas no podemos cambiar nuestro mundo, que tan los incluye a ellos que muchas mueren por sus manos.
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