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Opinión



Sentir la vastedad de un mundo herido

Miércoles, Noviembre 6, 2019 - 19:18
 
 
   

Nos espanta tocar las heridas de nuestro país.

*Por Mtro. Manuel Antonio Silva de la Rosa.

 

Es cierto que, hoy en día, han aumentado las expresiones críticas y de malestar ante el rumbo de las cosas en el presente. Pero no es menos cierto que tales expresiones son fugaces. Especialmente, las críticas efímeras son las que están construidas desde un escritorio acogiendo cifras, datos e información, sin darles cabida al encuentro directo de las realidades crudas que estamos viviendo.

En estos tiempos, a la mayoría de quienes construimos una crítica y levantamos la voz ante las injusticias, se nos dificulta escuchar la realidad que estamos viviendo. Estamos aturdidos con la cantidad de información que nos invade a cada momento. Nos espanta tocar las heridas de nuestro país. Antes de que la situación toque nuestra vida queremos responder y proponer soluciones como mecanismo de defensa. Pero, en el fondo, no estamos preparados para tocar las heridas y trabajar en colectividad por un mundo más humano.

A mi juicio, nuestra crítica se pierde de inmediato, en medio de una alteración apresuradamente cambiante. Las catástrofes o las adversidades están orientadas a gestionar y no a enfrentar las heridas de nuestro país. Estos acontecimientos son iluminados por efecto de un destello prácticamente instantáneo. En una búsqueda rápida en internet podemos encontrar más de 25,0000 personas que han sido asesinadas; que existen más de 37,000 de personas desaparecidas; podemos ver que en el año 2018 fueron más de 300,000 personas que fueron forzosamente desplazadas de su territorio. Pero ¿Estas cifras de qué sirven si no me tomo un momento para poderme afectar por ellas? Tengo la intuición, de que mantener la mirada en la realdad fracturada, hacer que dure nuestra mirada en las problemáticas cruciales que nos toca vivir, no solamente provoca miedo, sino que nos produce pánico.

La dinámica diaria que exige pasar de una problemática a otra nos lleva a caer en una rutina sin darnos tiempo de meditar lo que nos acontece. Simular que atendemos por un momento lo que nos desgarra nuestra propia existencia, se asemeja a contemplar las olas amenazadoras desde un muelle. Este muelle es virtual. Observamos la vida desde la segura orilla de nuestra realidad virtual, agitándonos -por un momento- al ver las olas pasar, pero sabemos que estamos seguros detrás de nuestra computadora. Hoy sabemos que la mayoría quienes criticamos estamos fuera de las circunstancias y desde ahí enardecemos nuestro ego. En estos espacios, donde juega el reconocimiento vamos adoptando máscaras de responsabilidad, compromiso y compasión, pero en el fondo, no somos capaces de ser afectados por los horrores de la violencia y las injusticias.

Nos gusta vivir desde la ficción urdida por el miedo. En la ficcionalización virtual en la que nos encontramos emerge ese narcisismo que, sin exagerar, todos llevamos adentro, como contrapeso de la temerosa impotencia, a la que se une de inmediato un jubiloso degustar haciendo crítica sin comprometernos, nos gusta desaprobar las injusticias de lejos, probamos las bondades de las mieles de la imaginación rápida, escueta, pero sin gozne o asidero. ¿Cuánto tiempo hemos de esperar para salir de nuestro ego criticón y dejarnos sentir por la vastedad de este mundo herido? Hoy más que nunca estamos llamados a padecer seriamente, en soledad o en un nuevo vínculo de soledades, pero este dejarme afectar no puede ser por el masoquismo que se adhiere al débil, no se trata de una sumisión, sino de fortaleza desde nuestra vulnerabilidad. Hace falta potencializar una educación donde el eje central sea aprender a padecer las crisis sin excusas, sin evasivas. Necesitamos educarnos para sentir la brazada terrible del acechante hundimiento en donde nos encontramos. Y desde ahí levantar nuestra mirada.

En conclusión, considero que una crítica que no sea fugas, es la que comienza poniendo el cuerpo ante las situaciones conflictivas. La que rompe con la lógica de “sálvese quien pueda”, esa lógica que se sostiene desde el miedo al otro y que aumenta el deseo de inmunidad. Necesitamos tener el valor de salir a las calles, en medio de la tormenta, tratar de sostenernos en comunidad, hay que sentir primero la problemática antes que pensarla. Un ejemplo claro de cómo dejarnos afectar poniendo el cuerpo, son las manifestaciones multitudinarias que se están presenciando en el centro de Sudamérica y otros países asiáticos.  En esta línea, criticar no es, pues, una manera de arrebatar una verdad absoluta de las cosas, más bien la crítica es estar en un tiempo de desamparo de toda seguridad y certeza, es desnudarse de todo concepto establecido y, desde ahí, construir la esperanza de alumbrar mejores posibilidades para humanizarnos.

 

*El autor es profesor de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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Manuel Antonio Silva de la Rosa

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