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Opinión



Aburriéndose con Nietzsche

Jueves, Agosto 22, 2019 - 19:00
 
 
   

Lo que sucede en el mundo no es siempre y necesariamente amargo. Pero la amargura sucede.

El café (…) es de derecha, también el cuarto de baño con tina es de derecha. La regadera, por el contrario, es de izquierda. (…) El erotismo es de izquierda, la pornografía es de derecha. (…) También la penetración es de derecha; mientras que los preliminares, por su parte, son de izquierda (…) La norma es de derecha, la locura es de izquierda. (…) La heterosexualidad es de derecha, la homosexualidad, por su parte, tiene un profundo valor transgresivo, por tanto, es de izquierda. (…) El café Marocchino, el afgano, la hierba y las diversas parcelas de hongos son de izquierda, mientras que las anfetaminas, la heroína y los alcaloides/(cocaína) son prendas de fascistas (…) En lo que respecta a Nietzsche, ha sido revalorado, es decir, ahora es de izquierda. Marx es de derecha (…).

Película: Maledetti Vo Amerò de Marco Tullio Giordana, (1980) (Trad. Francisco. Anaya).

 

Nietzsche es de izquierda. Marx de derecha. Transgredir es de izquierdas. Normar, de derechas. Por las mismas razones, Foucault es de izquierda y Habermas, de derecha. Y así podríamos continuar la lista: disolver es de izquierda, organizarse, de derecha. Perder es de izquierda. Ganar, de derecha. Lo imposible es de izquierda. Lo posible, de derecha. La poesía es de izquierda, la lógica, de derecha. Los sentimientos y las sensaciones son de izquierda. La razón y sus conceptos, de derecha. Lo orgánico es de izquierda. Lo procesado, de derecha. Los martillos son de izquierda, las motosierras, de derecha. La madera es de izquierda. El plástico, de derecha. La unidad es de derecha, la multiplicidad, de izquierda. La conciencia es derecha, el inconsciente, de izquierda. El azar es de izquierdas, la causalidad, de derecha. La estética es de izquierda, la metafísica, de derecha. La espontaneidad es de izquierda, la mediación y la disciplina, de derecha. Lo inmediato es de izquierda, las mediaciones, de derecha.  ¿Cómo sucedió todo esto? Cuando Nietzsche triunfó. La inversión de todos los valores que él prescribía tuvo realmente lugar. Nietzsche llegó a triunfar. Nietzsche representa nuestro statu quo.

Pero precisamente por eso, por vivir en una época Nietzscheana es que, finalmente, nos hemos curado de Nietzsche. Se ha vuelto un clásico. Para nosotros no tiene nada de intempestivo. Los que lo invocan para “demoler” el cristianismo o la tradición occidental, o la moral, simplemente remueven el lodazal que ya habitamos desde hace más de un siglo. No hay nada que demoler. No en la era de las ruinas cotidianas. No después de la muerte de Dios, del hombre, de la verdad, de la historia, etc. No es algo que debamos festejar o lamentar. Simplemente lo constatamos. En ello tuvo que ver su forzamiento por la derecha y por la izquierda. Pero simplemente ya no da miedo a nadie. El ocaso de Nietzsche se lo debemos a la bancarrota actual de la locura y de las promesas estéticas de vanguardia, pero también al agotamiento de la política clásica de izquierda. Nietzsche es nuestro contemporáneo, por supuesto, como Kant. Y si es claro que Nietzsche dirigía sus embates contra Kant o Hegel, es porque formaban parte de un mismo círculo. Nosotros, en cambio, no tenemos la urgencia de rebatir a Kant o a Hegel. Están tan desvencijados como las promesas políticas etíco-políticas modernas (la moral kantiana y el estado hegeliano, para decirlo rápidamente), tal que el martillo de Nietzsche no tiene mucha superficie que golpear.

Fuimos nietzscheanos. Hasta el final. Ahora henos aquí. Con el bigote afeitado y la locura domesticada. ¿Pensamiento abismal? ¿¡Pero qué no lo es hoy!? ¿¡Y el superhombre!? Una franquicia para nostálgicos. ¿El eterno retorno? Un pálido divertimento frente las ciencias contemporáneas y un juego de niños para el cinismo actual. ¿El juego de máscaras? Un videoclip. ¿La voluntad de poder? El imperativo posmoderno-capitalista. ¿La inversión de todos los valores? ¡Ya tuvo lugar! En efecto, celebramos ya la realidad de la diferencia, la apariencia, la multiplicidad, la intensidad, la licuefacción de los viejos valores, la emergencia de lo nuevo, los flujos de poder sin restricciones. Falso que todavía falte un esfuerzo más por liberarnos de las últimas cadenas del “sentido” o la “verdad”. Hemos ido tan lejos como se puede ir. Incluso si diéramos un paso, hacia la psicosis, no habría ahí ninguna esperanza que un neuroléptico no pudiese evaporar. Fuimos nietzscheanos. Verdaderamente. ¡Y míranos ahora!

La crítica a la moral, a occidente, a la filosofía, a la tradición, al cristianismo, ya no levantan de su butaca a nadie. Son nuestro cine mudo y en blanco y negro. En esos temas asentimos condescendientemente y sin sobresaltos. Seguro que todavía usamos palabras como la de “nihilismo”, y que van de la mano con el pesimismo denunciado por Nietzsche. Pero esas palabras no tienen ya filo. Sacan moretones, no hacen sangrar. Es dolorosamente simple: lo encomiamos como al Che y como Frida Kahlo, figuras de la “diferencia” y de la “soledad”, del “compromiso revolucionario alternativo” o el “heroísmo existencial”. Abusamos de Nietzsche por más de cien años para nuestras batallas contra la tradición occidental; fue el vocero del dios venidero; el consuelo de los últimos hombres; la ambrosía de autoproclamados superhombres. Hasta que no dio más. No es un perro muerto, sino un animal que seguimos lanzando al palenque junto con perros y gallos. Nietzsche mismo se encuentra quizá también cansando de ello. Habría muchas otras cosas qué hacer con él. Pero no. Lo imprimimos en la camiseta que visten los maudites adolescentes, por edad o por corazón. Nietzsche abunda en citas para el depresivo y el misántropo (abierto o de clóset): las dos condiciones más extendidas en nuestra época. La risa de Zaratustra es el fondo grabado de un sitcom. Los psicólogos contemporáneos están por reconocer que uno no puede atravesar sanamente la adolescencia sin ser nietzscheano. Pero ¿y después?

Siguiendo a su maestro Schopenhauer, Nietzsche reconoce la miseria de la vida. Miseria que no se sigue de ella, sino de la expectativa que se fabrican los hombres sobre ella. Debilidad que se sigue de un supuesto alejamiento de la naturaleza y que lleva el nombre de moral. La moral enferma porque aleja de las pretendidas fuentes de la vida. La naturaleza, en cambio, rebozaría en salud. Dionisos es el nombre de este principio vital saludable. Pero se trata de un truco que convierte el veneno en cura, la condena en redención, por una sospechosa inversión de todos los valores. Todo consiste en aprender a querer lo que no se quiere. ¡Pero qué chapuza! Simplemente dejar de odiar lo que se odia y amarlo, abrazarlo. ¡¿Pero cómo si la estructura de deseo permanece intacta!? Y preguntamos también: ¿es en verdad Dionisos más originario que Apolo, es decir, es más viejo el desorden que el orden, la vida que la forma? Retornar a la naturaleza: aquí la trivial medicina. ¿Pero  no es tan natural la enfermedad como la salud? ¿No es igual de originario el ataque que la huida, el incremento que el decremento, el nacimiento que la muerte, la aurora que el ocaso? ¿Hay un sol que no se pone nuca, un eterno lucero que nos sostendría más allá del látigo de la vida? A menos que se oculte aquí la figura de un masoquista que crece con cada golpe, un estoico que goza con suplicios mayores para afirmarse en un ser pretendidamente por encima de todo sufrimiento y toda falencia humana.

Nos preguntamos: ¿por qué y para qué incrementar la intensidad ciegamente, como los cánceres? La potencia tal celebrada, ¿qué es fuera de su relación con lo imposible y la impotencia? ¿No requiere toda fuerza una resistencia, una oposición? ¿No son los límites condición indispensable y anterior a toda medición del incremento o del decremento?

Pero Nietzsche no cuenta su secreto, simplemente lanza, como Kant, otro imperativo: ¡ama tu vida como un destino! Pero ¿cómo? ¿No es esto una mera racionalización de la vida que se considera inevitablemente trágica? ¿No debería ese amor más bien neutralizar tragedia? Pues la tragedia que no se sufre ya no es tragedia, sino comedia. O farsa. ¿Es que alguien ha reído en verdad algo leyendo a Zaratustra?  Nietzsche es una indigestión que promete ligereza de estómago.

Nietzsche contra Conrad. Propongo este nuevo antagonismo entre ateos. Nietzsche contra Conrad. Esto significa abandonar la obsesión cristiana de Nietzsche, su obcecado vuelo de buitre sobre el cadáver de occidente y sobre todo ese chapucero remedio que transformaría veneno de rata en miel recurriendo a un “pensamiento abismal”. Conrad no es luminoso. No pretende serlo. No es tampoco merolico que venda superhombres en el mercado intelectual. Es un pensador de la tiniebla, pero no es trágico. Lo que sucede en el mundo no es siempre y necesariamente amargo. Pero la amargura sucede. Se repite aquí y allá. Y destroza la vida. Y suele apagar las fuerzas para vivirla. Conrad no pide a las aguas un naufragio grandioso, ni exige del capitán que estalle en una ficticia risa gozosa mientras su nave se hunde irremediablemente en la negrura del océano. Los naufragios suceden. Como las muertes y los abandonos, la enfermedad y los accidentes. Pero para Conrad lo que mide al hombre no es su autoproclamada superioridad sobre el destino, sino la nobleza de la respuesta en el momento crítico.

En la soledad del barco de mi existencia soy capitán y sobrecargo, piloto, oficial y polizonte. Me puedo contar las historias más heroicas esta y todas las noches de insomnio. Pero en el barco de madera nos hundimos todos. Y nos hundiremos un día. Eso sucede. Mas la nobleza de los actos de cada uno será escrita en las estrellas eternas del instante. El que corre, el que se aprovecha de la situación, el que presta mano a otro, el que se amarra al timón, el que se lanza al agua, el que se da un tiro. En vez de engañarse con hacer de la propia vida una obra de arte (vaya manera de inflarse un ego de pavorreal, como si yo pudiese ser el receptor, último juez de mi vida como obra), Conrad hace un llamado al arte como ese intento por lograr el más alto tipo de justicia en el universo visible (The Nigger of the Narcissus; ah sí, habrá que detenerse a pensar todas las consecuencias de la n-word en este título y de los resabios coloniales en su escritura, pese a todo, especialmente los apoyos al Carlismo). El arte es aquí sutil, un murmullo de mar, pero duradero, que evoca el sentimiento latente de compañerismo con toda creación-y la sutil pero invencible convicción de solidaridad que reúne (knits together) la soledad de innumerables corazones, la soledad en los sueños, en la alegría, en el dolor, en las aspiraciones, en las ilusiones, en la esperanza, en el temor y que une a los hombres (ties together) entre sí y a toda la humanidad-los muertos a los vivos y los vivos a los no-nacidos (unborn). No llama a abrazar nuestra miseria hasta amarla, sino a tener altura frente a ella, al saberla solitaria, pero compartida. Hacerse digno. Kant hace una distinción entre lo que posee precio y lo que posee dignidad. El precio entra en el juego del poder y las potencias. La dignidad, en cambio, se sigue de la singularidad invaluable de un acto. La humanidad no existe. Es verdad. No hay, como lo hace ver de manera peculiarmente aguda John N. Gray (quien ha escrito sobre Conrad precisamente en el sentido en que aquí hablamos), ninguna humanidad que progrese, ni que vaya hacia su destino… o en contra de él, porque sencillamente no hay destino; no hay camino fuera de la naturaleza o retorno a ella, porque ella misma ofrece caminos de entrada y de salida. Aun así, se puede hablar de humanidad cuando en el instante de zozobra tiene lugar un acto justo, que hace a la existencia digna. Y nada más. 


Semblanza

Arturo Romero Contreras

Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.

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