Parece que ahora está saliendo el trumpcito que todos llevamos dentro. La pobreza de Centroamérica y el drama de la migración ilegal, es un llamado a la unidad, solidaridad y empatía de los mexicanos.
Una vez firmado el acuerdo migratorio con Estados Unidos, todos los muertos tratando de cruzar la frontera los cargará México. La década de los ochentas con todo y sus flequitos, chamarras de mezclilla y pantalones de cortina, vivió un auge inmenso, de poco más de 3 millones de personas, tratando de cruzar ilegalmente la frontera norte cada año. La pobreza disparada por las terribles decisiones de un gobierno corrupto e ineficiente como fue el de José López Portillo, -que en el colmo del cinismo vivió a su manera la “administración de la abundancia”-, llevaron a pueblos enteros a iniciar una diáspora que se mantuvo fluyente hasta finales de la década de los noventa. Comunidades enteras se vaciaron de hombres y rebosaron de mujeres, niños y ancianos. De esos tres millones, poco más del 60 por ciento eran mexicanos. En estos años el sur de Estados Unidos terminó reconquistado, por las hordas latinas hambrientas de oportunidades y trabajo. En aquel tiempo, los migrantes ilegales de Centroamérica representaban una menor proporción, y estos a diferencia de los nuestros paisanos, los alentaba el huir de las guerras civiles, intervenciones internacionales, dictaduras impuestas y la pobreza endémica que estaba arrasando sus países de origen. Fue precisamente durante esta década en que estados como California, -increíblemente bajo el gobierno republicano de Ronald Reagan-, iniciaron procesos enormes de legalización migratoria que beneficiaron tanto a los que buscaban el famoso sueño americano, como a las economías locales que potenciaron su crecimiento con el incremento de mano de obra fresca y dócil. Los años dorados pues.
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Con el TLC en ascenso, la migración mexicana comenzó un declive que hasta el momento ha cambiado ese panorama ochenta-noventero. Hoy los números son totalmente distintos, con cruces anuales menores al millón de personas y con un porcentaje inverso de mexicanos haciéndolo. Nuestros hermanos de América Central, principalmente de Honduras, Guatemala y El Salvador, se han convertido en los actores fundamentales de este drama humano. La violencia y carencia de oportunidades en sus bellas tierras sigue siendo la gasolina que mantiene andando la estampida, aumentada con el surgimiento de organizaciones criminales como la Mara Salvatrucha, los modernos látigos sociales que dañan aún más el ya de por sí lastimado tejido social. América central definitivamente está en crisis. En algunos de estos países se calcula que casi la mitad de sus economías, sobrevive con las remesas enviadas desde Estados Unidos. No es que México esté sustancialmente mejor. No. Pero siendo francos, ellos se encuentran en condiciones mucho peores y con menos posibilidades. Sin la migración ilegal y sin estos recursos, regiones enteras de Centroamérica serían como Haití, literalmente.
El dolor de este fenómeno es lo que enmarca el tratado migratorio acordado entre México y Estados Unidos. Fue malo ceder, por las formas y fondo que mueven al gobierno americano. Sin embargo, hay que reconocer que el Presidente de México en este caso puntual, actuó con mayor altura de miras. La semana pasada fue publicada una encuesta en el Universal que reflejaba una realidad: el 48% de los mexicanos acepta el tratado migratorio y el 46% está en contra, lo que significa un aumento del rechazo entre los mexicanos amorosos y cálidos hacia la inmigración ilegal en nuestras tierras. Sorpresa, sorpresa, todos tenemos un trumpcito latiendo en nuestro coranzoncito. Todo indica que, conforme aumente la estancia de estos hermanos migrantes en nuestro país, las tensiones sociales se incrementarán, volviéndose una tentación para su uso político en contra del gobierno federal. Esto simple y llanamente no puede suceder. Ahora si vale la pena llamar a la unidad nacional, ni más ni menos.
Valeria y su papito Óscar murieron persiguiendo una aspiración tan sencilla como universal, existir felizmente como familia. Así lo certifica brutalmente la imagen última de su existencia, fundidos en un abrazo fraterno ahogado en la desesperación de la pobreza, con la ilusión impedida por los daños colaterales de un juego político que parece no tener fin.
Los mexicanos podemos ser mucho mejores que eso. La migración está en nuestro ADN social. La empatía y solidaridad hacia los otros, esa la tenemos que aprender y aplicar.
#TodosSomosMigrantes
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