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      La molécula del capitalismo

      Jueves, Mayo 30, 2019
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      La tecnología pone a trabajar la naturaleza sobre la naturaleza en provecho del hombre
      Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.
      La molécula del capitalismo

      ¿Vivimos en verdad en una época dominada por la tecnología? La tecnología es la puesta en operación de un conocimiento en una región del mundo. La tecnología pone a trabajar la naturaleza sobre la naturaleza en provecho del hombre. La tecnología permite cambiar, de esta manera, las relaciones con el espacio, el tiempo, la fuerza y la materia, pero de una manera muy particular, a saber, por medio de la información. La ciencia se escribe con letras, con fórmulas, con diagramas. Operando sobre estos últimos, regimos sobre la naturaleza. Así, podemos llegar más lejos, ir más rápido, levantar más peso, desencadenar fuerzas inauditas. Manipulamos las cosas para darles el uso de herramientas, las ensamblamos para hacer máquinas, las dividimos para extraer fuerzas o nuevos compuestos. Modificamos el curso de los ríos, los entubamos para redirigirlos, los acumulamos en presas, los dejamos caer para obtener electricidad. Hemos ido tan lejos que el objeto principal de manipulación es hoy la vida. La diseñamos para que una cabra produzca seda en su leche, para que un pez brille como luciérnaga, pero también para que una planta se vuelva resistente a los pesticidas.

      Pero en verdad no gobernamos la naturaleza, ni sus leyes. Simplemente aprovechamos una propiedad de un conjunto de relaciones naturales para redirigir sus fuerzas hacia otra región de la naturaleza. En esto no hay ninguna grandilocuencia. Las fuerzas desatadas por la tecnología son brutales para el hombre, pero sólo para él. No para el planeta, no para el universo, ni siquiera en el contexto del antropoceno. Por antropoceno se entiende la era geológica en la que el ser humano deja una huella material sobre el planeta. Pero esta huella sigue siendo más bien discreta para la historia del planeta. Más aun, esas fuerzas que manipulamos ni siquiera las podemos utilizar de manera precisa y calculada. Por más que se pueda determinar a priori por una fórmula la cantidad de energía que liberará un proceso de fisión atómica, no podemos controlar los efectos “secundarios” de la radiación. El hombre puede producir plásticos y cambiar con ello el modo de vida de toda la humanidad, pero no puede reciclarlo. Puede pavimentar el planeta, pero no puede evitar que se sequen los mantos acuíferos.

      Frente a todo esto debemos decir que, si bien la tecnología nos promete un dominio general de la naturaleza, de facto, solamente nos entrega pequeñas, humildes parcelas de manipulación, al mismo tiempo que una brutal región de efectos secundarios indeseables, accidentes e impredecibilidad en general. Modernamente llegamos a pensar que la tecnología hacía del hombre el amo del universo. La verdad de la tecnología es, sin embargo, la contraria: impotencia e ignorancia. Impotencia porque no podemos controlar todos los efectos del desarrollo y uso de la tecnología. Ignorancia porque nuestros mejores modelos se quedan siempre cortos de cara a la complejidad. Y habría que ir más lejos: la tecnología está muy lejos de desarrollar su potencialidad. Tenemos tecnología deslumbrante para mandar mensajes de texto en tiempo real, pero ninguna máquina efectiva para separar la basura a gran escala. Conocemos y utilizamos la fisión atómica, pero todavía no podemos nada contra los virus. Hecen falta máquinas, muchas máquinas, no máquinas estúpidas, ni máquinas que aceleren alocadamente la producción de ropa y tecnología. La tecnología está capturada casi enteramente por su utilidad capitalista. Ningún discurso sobre la tecnología puede ser serio si pasa por alto el uso y dirección que le da un modo de producción económico.

      Decimos también que vivimos en una época dirigida por el discurso científico. Por un lado, es cierto que todos los productos y modos de vida se legitiman hoy por un recurso a la “prueba científica”. Tomar una taza de café al día mejora la circulación. Lo ha demostrado un estudio. Tomar una copa de vino rojo diario es perjudicial por los sulfitos que contiene. Lo ha demostrado un estudio. Hay que caminar 20 minutos diarios, ejercitarse con 15 con sudokus diarios para no desarrollar Alzheimer. Los niños deben gatear antes de caminar para el correcto desarrollo psicomotor. Se ha probado que 7 horas de sueño bastan y que la concentración promedio es de 10 segundos. El porno te arruina la memoria, el aguacate te activa el aparato de Golgi, las siestas bajan el colesterol, agacharse causa ciática, oler el humo del cigarro te oxida, los sartenes con teflón dan cáncer, etc. Cuánto comer, cuánto leer, cuánto dormir, cuánto y cómo pensar y realizar el coito, todo está descrito y prescrito por algún estudio. El mecanismo de guía y legitimación para la vida diaria es la ciencia. Los padres, los abuelos y los parientes han quedado vencidos con sus conocimientos “retrógrados” para dar pie al camino seguro de la ciencia. Pero, por el otro lado, esa ciencia es de cuarta. O mejor, es una ciencia puesta a trabajar en el gobierno de la vida para empresas y revistas de lifestyle, ayudadas por correos y "posts" de facebook y mensajes de whatsapp.

      Se horroriza medio mundo por las fake news y muy poco por la fake science. Fake science: ciencia dudosa o empleo dudoso de algún resultado experimental. Nuestra ciencia es pop y, en cuanto tal, debe ser consumida. Estudios ociosos nos revelan, finalmente, la verdad escondida en las nueces de india y el Tai chi para la circulación. Pero ¿qué se dice de la metodología? El tamaño de la muestra, la elección de los casos, la asignación a los grupos, la existencia de grupos control y el grado de aleatoriedad en todo proceso. De eso nada. No se diga ya hablar de significancia estadística o replicabilidad. No es de asombrarse, pues innumerables científicos se valen de la estadística como fetiche y sus diseños experimentales se sostienen sobre automatismos. El médico y el psicólogo aplican sus ciegos procedimientos de estadística. Las encuestas del periódico suelen ser una infamia. No vivimos, ni de lejos, en una era regida por la ciencia, sino por su mero semblante. Negacionistas del cambio climático y de la efectividad de las vacunas o de la redondez de la tierra, creacionistas y scientólogos constituyen grupos poderosos económicamente e influyentes en la política.

      Respecto a la ciencia efectiva de laboratorios y universidades, ésta se encuentra tan limitada como la tecnología. Por ciencia se entiende ya el servicio del saber al desarrollo económico y tecnológico, mientras que la ciencia llamada pura es denostada y privada de financiamiento. Cuán pobre es la aplicación efectiva (tecnológica) de la vastedad de la investigación científica (en vías de desaparecer). Un solo elemento sostiene hoy en día a la ciencia a nivel económico: su aplicabilidad en mercancías.

      Diremos entonces que nuestra época es, frente a todo, capitalista. ¿Pero sabemos qué quiere decir eso? ¿Existe un modo de hablar capitalista? ¿Un modo de copular burgués? ¿Un modo de cocinar derivado del antagonismo de clase? El profundo error de los marxistas consistió en reducir cada creación de la vida social a un reflejo de la diferencia de clases. Arte burgués. Pensamiento burgués. Gusto burgués. Esto no constituye un “reduccionismo”, sino un error teórico fundamental. El capitalismo funciona sostenido en algo más que él mismo. El capitalismo es, al menos: a) un modo de producción económico; b) un lazo social; c) un modo de valorar las cosas del mundo y de organizar el deseo; d) un discurso ideológico (es decir, una lógica y un modo de racionalizar el mundo). En cada uno de estos espacios (económico, social, valorativo, ideológico) el capitalismo se acopla a otros “subespacios”. ¿Qué significa esto? Pensemos estos espacios como estructuras similares a las moléculas. Las moléculas se acoplan en puntos específicos a partir de enlaces para producir una molécula más grande. ¿Qué quiere decir todo esto?

      La escuela de la regulación investigó el capitalismo a partir de dos variables: el régimen de acumulación y el modo de regulación. El primero se refiere al modo concreto en que la producción capitalista se efectúa en una época dada. Un ejemplo clásico es el “Fordismo” de la primera mitad del siglo XX. El nombre proviene del paradigma de la producción de una época, dado por la empresa automovilística Ford: producción maquinal masiva, empleo completo, cierta repartición de ganancias entre los obreros, etc. El modo de regulación se refiere a todo el entramado que sostiene, dicho modo concreto de producción: leyes, políticas, organización política, etc. Un ejemplo es la democracia representativa como institución. Desde el siglo XIX hasta la fecha muchos marxistas acusaban a la democracia representativa de ser una institución burguesa intrínsecamente capitalista. Los científicos políticos también afirmaron, en sentido positivo, que democracia y capitalismo se presuponían mutuamente. Pero la crisis de esta institución, así como los experimentos de capitalismo totalitario como el Chile de Pinochet y la China actual derrumbaron esta convicción. La democracia puede fungir como instrumento de reproducción en un modo particular de capitalismo, pero no puede ser limitado ni a ser producto, ni elemento subordinado de éste. La democracia representativa no puede ser denostada a priori simplemente porque opera en ensamble con el capitalismo. Mucho se puede decir sobre las instituciones burguesas.

      Volvamos entonces la metáfora de las moléculas. Las estructuras de producción, ideológicas, científicas y tecnológicas se pueden acoplar de cierta manera para producir la operación de la molécula que llamamos capitalismo en sentido eminente. No hay, quizá, algo así como un modo de producción capitalista, sino un sistema de sistemas, cuya resultante llamamos capitalismo. Es por ello que no solamente resulta imposible “tomar el poder” (que es una mera trama de relaciones y no la concentración de todas las fuerzas en un lugar privilegiado, como el Estado), sino que incluso resulta imposible encontrar el “secreto” del capitalismo en un solo lugar. El “enigma” se aclara solamente en los enlaces de las diferentes estructuras. Pensar el capitalismo significa entonces pensar todas aquellas ideas, instituciones, modos de valorar, pensamientos y actividades que se entrelazan para dar vida al imperativo de la generación de ganancias.

      El capitalismo se hace en espacios no-económicos, en el modo de desear, en la determinación de lo que se desea, en los usos de la ciencia y de la tecnología, en los medios de comunicación. Esto implica, también, que somos nosotros los que, sin saberlo, damos los insumos para que este Behemot (El Leviatán es el Estado, el Behemot, el mercado) pueda vivir y reproducirse. Somos nosotros los que, en nuestra cotidianeidad, con lo que consumimos, lo que anhelamos, lo que decimos a los otros y a nosotros mismos, pagamos nuestro tributo al becerro de oro. Son las regiones menos económicas y más alejadas de la producción material las que sostienen la vitalidad del mercado. Si no comprendemos esto seguiremos dirigiendo nuestras críticas y esfuerzos hacia meras quimeras, siempre fallando, siempre viendo cómo el secreto que creíamos coger con ambas manos, se nos hace humo entre los dedos. 

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