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OPINIÓN

En defensa de los cultos trabajadores

La debacle de la cultura en Puebla

Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.

Domingo, Febrero 17, 2019

Una vez asimilada la contundente realidad de la muerte de Martha Érika y Rafael, comenzó la debacle para sus partidarios, amigos, correligionarios, subalternos y empleados afines y beneficiarios de su poder político, económico y social. Todas las áreas gubernamentales de Puebla en las cuales ya se tenían planes, proyectos y personajes, se han ido desmoronando en estos casi dos meses de su ausencia.

El sector Cultural no ha sido la excepción, pero a diferencia de otros espacios de gobierno, este tiene una contraparte social actuante y demandante que busca incidir en la estructura organizacional, la planeación programática y la distribución de los recursos asignados. Admira la velocidad de respuesta y manifestación de los hombres y mujeres de la cultura poblana, quienes, literalmente en un santiamén, levantaron su voz para apoyar o denostar a personajes, demandar participación activa en el rediseño del prometido renacimiento de la Secretaría de Cultura y exigir la inclusión de planes, programas, sujetos y organizaciones culturales: unas serias, otras incipientes, algunas sospechosas y dos o tres ni lo uno ni lo otro.

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Como dije, me parece loable esta presencia y actuación, pero al calor del entusiasmo y la manifestación se han insinuado, o señalado abiertamente, hechos y argumentos que no son del todo precisos o verdad absoluta, como han pretendido mostrarlos sus emisores. Uno de estos asuntos refiere a los trabajadores del sector cultural institucional, sobre los que veladamente pesan aseveraciones mal informadas o francamente falaces. En defensa de ellos, de los cultos trabajadores del sector, es esta colaboración.

Durante la campaña político electoral del 2010, el marinismo acotó los espacios radiofónicos y televisivos poblanos a Rafael Moreno Valle, en un intento, fallido por cierto, de descarrilar su proyecto. Uno de los contados informadores que le dio oportunidad para explayarse fue Fernando Canales. No recuerdo las ocasiones en que Rafael fue al programa de Fernando pero, durante una entrevista, dos respuestas de Moreno Valle mostraron, a todo aquél que quiso verlo, la esencia de lo que sería su gobierno. En la primera, sobre el libro favorito de Rafael, este contestó, sin dudar: El arte de la guerra; a la segunda, relativa al destino de la institución cultural poblana durante su gobierno, palabras más o menos, Rafael respondió (para ejemplificar el supuesto o real desgarriate del sector), que los festivales artístico culturales poblanos, estatal y municipal, iban cada uno por su lado, con la consecuente atomización de los recursos y los resultados. Es decir, no había orden, ni consenso, ni voluntad en el sector cultural y no toleraría que continuara así.

Al referir el libro de Sun Tzu como lectura preferida, advertía a sus amigos y enemigos sobre la estrategia política de su gobierno; misma que cumplió a sangre y fuego. En cuanto a su diagnóstico sobre la cultura y sus operarios –creadores y trabajadores-, nos tildaba de inmaduros, volubles, derrochadores, displicentes, casi improductivos y acaso desechables. Es decir, también nosotros, quizá con más saña, éramos sujetos de aplicación de su código de batalla. El resultado: la desaparición de la Secretaría de Cultura y, sobre todo, el estigma de imprescindibles, por improductivos, a los trabajadores del sector. Esto, cuando menos, fue injusto y desmesurado; y, la solución, el esperpéntico CECAP, nunca remedió ninguna de las fallas y taras que se nos endilgaron. Lo único que pervivió en el ámbito gubernamental de esos años es que los trabajadores de la cultura éramos los malos de la película gubernamental, pues los recursos que nos destinaban no se convertían en tangible bienestar y prosperidad para los poblanos. Y así, en la condición de apestados, vivimos los seis años de Rafael.

La llegada de Tony Gali alivió un poco nuestro devenir, pero los grandes errores y estupideces pasadas habían mermado el cuerpo y el espíritu de los cultos trabajadores y en calidad de arrimados fuimos “asimilamos” a la Secretaría de Turismo. Por supuesto, en condición de empleados de segunda, pues nunca se nos dio plenamente la igualdad de trato y remuneración que a los “turísticos” y, por ende, soportamos que personas ínfimamente informadas sobre el quehacer cultural, planearan, dirigieran y supervisaran acciones y actividades de las que poco o nada conocían, siempre con un dejo de sospecha y duda sobre nuestro desempeño o lealtad.

Pero Tony no era Rafael, ni Roberto Trawitz era Jorge Alberto Lozoya, y, al final, a base de labor y buenos resultados fue reconociéndose la participación y valía de los trabajadores de la cultura, si bien no se enderezaron del todo las torceduras, porque a lo largo de los casi dos años del gobierno galista, cuando había una vacante de dirección de área cultural u otros niveles de decisión, poco o nada fuimos tomados en cuenta aquellos que teníamos mayor experiencia y conocimientos del sector y del estado, con la consecuente llegada a esos puestos de personal importado y ajeno a la problemática y formas locales. Pero, como dije, la buena labor y satisfactorios resultados de los trabajadores de la dependencia  llevaron a la cultura adosada al turismo estatal por el camino del reconocimiento. Nadie nos regaló nada, todo nos lo ganamos, y sí seguimos aquí no es porque seamos morenovallistas o no, pues la mayoría de los actuales empleados de la dependencia cultural del estado que pervivimos, trabajamos en el sector cultural desde el tiempo de Melquiades Morales, pasando por los días de Marín, Rafael y Tony.

Por todo lo anterior, es que resulta preocupante, por injusta y falaz en algún sentido, la creciente ola que ha comenzado a gestarse en coloquios, foros, manifiestos y demandas insertas en las redes sociales, pretendiendo acotar a “la creación” el máximo galardón de la cultura, con la consecuente argumentación velada de que en la ecuación cultural lo más importante son los creadores y, por ende, resultarían menos importantes y decisivos en la cultura, los restauradores, conservadores, administradores, museógrafos, curadores, contadores, abogados, programadores, informáticos, editores, correctores, arquitectos, choferes, secretarias, archivistas, etcétera, etcétera, etcétera, que de manera cotidiana mantienen funcionando el aparato organizacional, financiero, administrativo, prospectivo y promocional de la cultura en Puebla. De tal suerte, resulta indispensable señalar, y aceptar, que los creadores son tan importantes como los trabajadores especializados en el manejo y desarrollo cultural y, por lo tanto, estos últimos nos merecemos el reconocimiento y respeto ciudadano e institucional a nuestra labor, misma, sin la cual, el más connotado de los creadores estaría perdido en el inconmensurable mar de la promoción, conservación, divulgación, rescate y difusión de la cultura estatal y nacional. Todo esto aunado al hecho incontrovertible y verificable, que no pocos de los trabajadores de la institución cultural también somos creadores.

Finalmente, quiero recordar lo dicho al inicio de este texto, que el injustificado desdén hacia la labor de los trabajadores del sector cultural poblano derivó en la implosión de la Secretaría de Cultura y que la sangría de recursos sufrida (sobre todo en el personal capacitado y comprometido con su labor), han dejado un enorme boquete institucional que no sería posible llenar únicamente con creadores. Y, desde luego coincidimos con los demás, que los puestos de desarrollo cultural deben ocuparlos aquellos que demuestren capacitación y sapiencia para llevarlos a buen puerto, sin que la cuatitud o la llana afiliación partidista sean los parámetros más importantes para su contratación.

De tal suerte, aceptemos, sin remilgos ni dispepsias, que las estrategias propuestas por Sun Tzu deben matizarse cuando se trata de ganar la batalla estatal de la Cultura; y en esta, como en todas las batallas, si solo participan soldados, sin el apoyo de estrategas, operarios logísticos y personal experto y entrenado, de antemano se tiene perdida la guerra.

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