Las instituciones educativas constituyen uno de los espacios más importantes y de mayor influencia para el desarrollo humano, a nivel personal y social. Sin embargo, es bien sabido que las escuelas aportan a los estudiantes herramientas educativas y conocimientos especializados; no así, la familia, la casa o el hogar, que da la formación en valores, civismo, principios, moral y ciudadanía.
Ambos núcleos deben nutrirse con ideas de igualdad y convertirse en espacios libres de discriminación y violencia de género. Así es como los adultos, desde el ámbito de nuestras competencias debemos asumir la responsabilidad y compromiso para promulgar no sólo este principio, sino todos en la esfera de nuestras actuaciones con la coeducación de la infancia, adolescencia y juventud mexicana y por añadidura de la adultez.
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La coeducación es la herramienta más eficaz, transformadora y revolucionaria para el fomento y promoción de la igualdad entre hombres y mujeres, entre niñas y niños; a fin de desaparecer el sexismo y machismo e iniciar la construcción del paradigma igualitario a través de la transmisión de valores coeducativos.
Hace falta, de manera lúdica, construir una nueva forma de relacionarnos libres de violencia contra las mujeres y las niñas; empecemos con la visibilización y reconocimiento del sexo femenino en todas la áreas de conocimiento, fomentando nuevos modelos referenciales más libertadores, diversos e igualitarios.
Desde el nacimiento vamos forjando nuestra identidad de género; los mensajes recibidos cubren un amplio rango de temas, desde los aspectos biológico-reproductivos hasta los tópicos referidos a valores y actitudes sobre el sexo, amor y relaciones románticas; apariencia física, formas de comportamiento (personal y socialmente prohibidos, permitidos, reforzados o penalizados) y juicios de valor, entre otros. Si bien es cierto que los procesos de aprendizaje y socialización duran toda la vida, es especialmente en la etapa infantil y juvenil cuando son más influyentes. Las formas y normas de comportamiento nos obligan a adaptarnos a patrones que no siempre corresponden a las capacidades y deseos.
Para llegar a la igualdad social, es necesario romper con los modelos tradicionales de masculinidad y feminidad; eliminando de los varones la orientación hacia la dominación y superioridad, la represión de afectos y empatía como signo de debilidad, o la tendencia a sobrevalorarlos, sobreexigirles o infraprotegerlos, dejándoles vulnerables a conductas de riesgo con dificultad para la adopción de conductas preventivas. En el caso de las niñas, urge eliminar la orientación al espacio doméstico de la crianza y cuidado invisibilizando o minusvalorando la contraprestación económica y aumentando la vinculación a la dependencia; así como la relación del autoestima con la capacidad para generar agrado en su entorno, el impulso a postergar sus propios deseos y necesidades; así como el desarrollo de la dimensión afectiva en detrimento de la cognitiva.