“¿Que sea yo taxista y no saber?”, me retó riendo doña Guadalupe en el momento que nos encontramos en la esquina de la casa. Doña Guadalupe Ávila no es ‘pinky rosa’, como ella lo llama. Hace 30 años fue la primera mujer que manejó taxis en Puebla, también microbús y combis. Entonces tenía 25 años, estaba soltera; a un compañero taxista le dijo que quería entrar de chofer y que iría a ver a su patrón para que le diera la chamba. El joven respondió que no había mujeres taxistas que a lo mejor no se la daban. Pero se presentó con el patrón y le dijo que quería entrar de taxista, que como mujer no era irresponsable, que no fallaría: que no se iba de parranda y menos dejaban votada la chamba por irse con los amigos sin importarle; que conocía a la doctora Lolita de la 5 norte que la recomendaba. El patrón, don Miguel, a quien le decían ‘el Diablo’. le dijo que no, que no había mujeres y que no pedían trabajo de taxistas, que había puros hombres. Pero algo dijo Guadalupe que le gustó al ‘Diablo’, y le dijo que fuera al día siguiente. Ese día faltó un muchacho y le dio ‘oportunidá’, y cubrió al muchacho: no le pidió fianza y le dio chance que supliera a los que faltaban pero que se pusiera cachucha y chamarra para que los muchachos no empezaran a molestar. Así empezó a trabajar y estuvo 3 años hasta que balacearon al ‘Diablo’ y vendieron sus coches. Lo que le gustó escuchar al ‘Diablo’, fue cuando Guadalupe le dijo: “¿Por qué a nosotros como mujeres no nos quieren dar la oportunidad si no somos irresponsables? No nos quieren dar el trabajo porque no somos hombres.”
“Así trabajé con chamarra y gorra siempre, se me quedó el hábito. Después trabajé con otra señora, doña Mary por dos años: ‘Joven me lleva a tal parte’, y sí, en ese tiempo no había tanto peligro. Trabajaba de las doce del día a la una de la mañana. Dejé como medio año de trabajar taxis para irme a los micros. Me daban ‘posturas’ de micros y combis sólo los domingos y me medían el tiempo. En domingos eran sentadas y siempre traía llena mi combi con tres rutas: la 54, la 21 y la 11. Después de medio año me volví a subir al taxi y ya no lo dejé porque tuve a mi bebé a los 32 años. Yo manejé embarazada pero con la panza ya no cabía en el asiento. De ahí pague mi cesárea. Empecé a subir al coche a mi bebé en su moisés; ahí le daba sus papillas, comíamos los dos en el taxi, era nuestro hogar; ahí crie a mi hijo. Nos la pasábamos en la calle mi hijo y yo y sólo llegábamos a dormir a un cuartito que rentaba. Tenía muy bonito mi coche. Yo estudié enfermería y trabajo social y eso me ayuda ahora, pero mi vicio era la manejada, pero se me quitó- ahora no manejo ni el carro de mi hijo-. Su papa me dejó porque era yo taxista y decía que igual que los hombres tenían muchas mujeres, pues creía que yo tendría muchos hombres. Cuando creció mi hijo, en el taxi lo llevaba al kínder, a la primaria y los sábados, que eran los días fuertes, trabajaba conmigo hasta muy noche. Domingos sólo íbamos a Cholula, a Tlaxcala pero más lejos no. Nunca quise porque me daba miedo y andaba trayendo a mi hijo. Hoy tiene 28 años y nunca le enseñe a manejar. Yo decía: “Yo soy chofer, yo no quiero que mi hijo sea chofer; pero ahora él es chofer de una empresa.
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“Mi hijo y yo hicimos base en el mercado Morelos con un vocho de una persona que me dio permiso de estacionarme y ahí tenía mis dejadas. Después le quitó las placas y ya era dejadas pero sin placas, ya con mi clientela. Después me quiso quitar las dejadas como particular pero le dije que no me quitara el trabajo porque le estaba pagando sus estudios de bachiller a mi hijo, él tenía 18 años; yo, 25 años de taxista. Nunca quedé mal. Ahí tenía compañeros que me echaban tierra de ser la única mujer que trabajaba el taxi sin placas y me decían ‘Adiós la pirata’, y el Güero sacaba cara por mí porque decía que era yo su vieja pero nada que ver, le decían que les presumía; él fue quien me llevó a los bares de noche para esperar pasaje porque se gana más. Una vez me tocó un ‘mariconcito’ que le pegaron y nadie lo quería llevar, y yo lo llevé. Lo subí y muy agradecido el muchacho. Fue mi cliente y lo llevaba a su trabajo, ‘viene por mi manita’, me decía. Cuando se subían borrachitos me decían: ‘¿Gustas una cerveza, carnal?’ Uno que otro se daba cuenta que era mujer pero me decía que mejor otro día me invitaba a salir. Luego se subían las muchachas del bar: ‘Ay papacito llévame pero no traigo dinero’ y otra le decía: ‘Pendeja, ¿qué no te das cuenta que es mujer?’ Pero al ver tantas cosas que pasaban en la calle de noche, mejor me quedé en el mercado de día a hacer dejadas. Para mí fue una experiencia muy padre, porque mi trabajo era mi vicio. A mi mamá nunca le gustó, ‘mami me gusta’, le decía, y me puse tan feliz cuando me dieron el Tsuru y lo llevamos a bendecir.
“Mi hijo y yo compramos ese carrito Tsuru 92 en abonos y empecé a trabajarlo. Exprimí a mi cochecito hasta que dio de sí y se agotó hace 10 años; se desvieló y ya salí del carro. De ahí salió mi casita. Llevo 7 años que no trabajo de taxista; me gustó mucho ser chofer, era mi vicio. Yo soy enfermera pero la enfermería no se me dio, y después de tantos años de ser chofer ahora ya no me gusta manejar, y prefiero andar en micro, ahora ando más mejor así. El taxi fue una adicción, como los que fuman…”
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