Sin duda las seis demandas del pliego petitorio del movimiento estudiantil de 1968 presentaron un tinte esencialmente político, pues, según se puede advertir, ninguna de ellas presentó un fondo personal, privado, individualista, sino esencialmente, general, comunitario, social. La libertad de los presos políticos, la derogación del art. 145 del código penal federal, la desaparición del cuerpo de granaderos, la destitución de los jefes policiacos: Coeto y Mendiolea, indemnización a las víctimas estudiantiles de actos represivos, deslinde de responsabilidades de funcionarios de actos represivos contra estudiantes.
Todas ellas sintetizan el profundo deseo de Justicia y de libertades políticas en nuestro país. Y he aquí el significado profundo de ese histórico movimiento de los estudiantes. La misma demanda fue el impulso esencial del movimiento campesino de Rubén Jaramillo asesinado en 1966, del movimiento ferrocarrilero de 1959 encabezado por Valentín Campa y Demetrio Vallejo, del movimiento expropiatorio de las empresas petroleras, de las compañías mineras, etc., durante el periodo cardenista. La misma demanda fue el grito libertario de los Flores Magón, Fco. I. Madero, de la Familia Serdán, del general Emiliano Zapata, del general Fco. Villa, etc., durante la Revolución Mexicana. La misma demanda significó al grito de dolores encabezada por el cura don Miguel Hidalgo y Costilla, proseguido por el generalísimo don José María Morelos y Pavón, y formalmente culminado por Vicente Guerrero, etc., concluyendo el movimiento de independencia.
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Pero ese mismo deseo de justicia y Libertad, tuvo un origen más remoto, siéndole concomitante en ese su inicio un <<extraordinario impulso de resistencia>> que ha significado a nuestra raza donde quiera que esté. Tal inicio no fue otro que la entereza de espíritu ante el suplicio y la tortura a que fue sometido el último emperador Azteca: Cuahutemoc (o el águila que cae) y Cuitlauac. El primero soportó el dolor <<riéndose>> al sentir que le quemaban sus pies, y así despreció la tortura y el sufrimiento que le infligieron los represores españoles. Con ese extraordinario gesto de un espíritu indómito dio inicio a más de cinco siglos de resistencia y de desventajosa lucha. Ese mismo desprecio al dolor, al sufrimiento, al peligro, fue el fondo que alimentó la lucha de los muchachos del movimiento estudiantil del 68.
Por esa razón, al parecer, nadie preguntó sobre los “riesgos” de encerrarse entre edificios, placas de asfalto y nefastas voluntades envilecidas y sumisas al poder del capital, en una suerte de callejón sin salida, tal y como ocurrió en esa “horrenda matanza” la del dos de octubre del 1968. Nadie vaciló ni titubeó ante la oscuridad de la noche por partida doble, una porque el astro rey, ese día dos de octubre, ya se había ocultado, y otra porque las tinieblas de la traición y el acecho a quemarropa ya seguían un dispositivo “fraguado” desde las puras ansias de arribo al poder oficial. Pero ¿cómo fue esto?, sí fue el poder el que dio la orden. Pero el poder se traspasa, no sólo es un “continum”, también se cifra por “rupturas”, por discontinuidades, incluso por asaltos inéditos. Y he aquí la ejenización de los muchachos a esos laberintos.
Las condiciones, empero, estaban dadas y las voluntades heterógenas, las grandes, las menores y aun las muy menores, al movimiento que ya eran presas de la pura perfidia, de la ceguera de poder en esas condiciones, procedieron, así con toda saña, a hacer presas y víctimas a todo aquel que dentro del movimiento se opuso o creían que se oponía a ese “santo patrono” de la perfidia y que así si acaso no acertaba a salir del espacio presidencial, los medios alámbricos que ya existían auxiliaban al cumplimiento expreso de esa dantesca tarea de sumergir en su propia sangre a un pueblo, que era el mismo pueblo del que habían salido, más aun que por vestir en su estilo estudiantil despertaba los mismos rencores y odios de quienes “presos” en la casaca y casco soldadesco pensaban paradójicamente que así se liberaban asesinando a su propia raza, aplastando a su misma sangre: Craso error tras la saña, solo se alzaba aún más la <<chispa>> de un impulso mayor, de un grito mayor, de un movimiento mayor mucho más contundente de un pueblo mayor, que si muchas veces no se alzó en armas fue porque siempre se ha sabido manejar con la inteligencia debida. Esa inteligencia que ya se ha sabido manifestar de diversos modos. Su <<chispa>> sigue y por ser la inteligencia misma del pueblo mexicano, no puede tener por interlocutores sino la propia inteligencia que sabe y así se verifica en un puro saber que no se distrae sino en los propios trazos de una arquitectura que por no haber concluido se traza su propio infinito.