Érase una vez una filarmónica mágica, con nombre de día festivo de un estado en una república bananera para el arte y la cultura, y que a su genial director, en su grandiosa imaginación, se le ocurrió realizar una presentación, pública y gratuita, con algo que fuera, también, hermosamente visual y que la unión de sus melodías y cadencias de música y baile abarcaran los confines de los sentidos para apreciar y tener la experiencia de la máxima belleza que al más despistado le hiciera sentir que la muerte no existe.
Con esa intención de crear un círculo virtuoso, este director de esta filarmónica invitó a una magnífica academia de danza con nombre francés pero genealogía inglesa, donde niñas, niños y jóvenes aprenden a bailar todo tipo de danzas. Pero les confieso: realmente no es una academia; es un laboratorio de alquimia de arte y belleza donde los alumnos adquieren alas en los pies, soplos de viento en brazos y manos, movimientos inauditos del cuerpo cual olas de una mar embravecida o serena; rictus de perenne satisfacción y plenitud con un halo de inmortalidad que permea, y una misteriosa profundidad en su interior que sólo la alquimia ahonda.
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Verlos bailar durante diez años al ritmo que marca la filarmónica es un flujo y reflujo armonioso entre sonido y mirada, mirada y sonido que purifica el aire y siembra pétalos y mariposas. Se cosechan en los espectadores, innumerables espasmos de hechizo y alegría suprema al hacernos sentir omnipotentemente vivos y retomar el mundo afinado de lo visualmente bello e intensamente sonoro, con la certeza interior que esta otra dimensión pertenece a un universo inmenso y abundante que es, también, nuestra potestad.
Les confío: el autonombrado rey de ese estado cuya filarmónica le pertenece a los súbditos, cedió los derechos del piso, del cielo y los alrededores de los espacios de presentación a un holandés que le hizo creer que venía a conquistar el estado, y cuando llegó y vio la avidez y hambre de cultura del pueblo, la consigna fue: “lucras y te quedas”. “Sin oro, no hay arte” era el salvoconducto más siniestro del rey y del holandés, ante la solicitud de cualquier espacio para eventos y, sobre todo, para compartir gratuitamente lo bello con el pueblo, porque orquesta y academia no cobran ni un céntimo.
El rey salió de ese estado para intentar ser dios, por lo que dejó a un provisional, mismo que siguió sus enseñanzas y órdenes y al querer parecer benévolo en algunas presentaciones, cedió el cobro de derechos del gobierno pero, junto con el holandés y con franquicia en mano, exigieron el altísimo costo por el rubro de “limpieza de recinto” --negocio lucrativo-- que los pobladores propusieron realizar ellos mismos, sin serles permitido.
Así las cosas, un día, tiempo antes de que el provisional rey ya no fuera ni provisional ni rey –con una pretendida autoproclamada reina, heredera al trono-- en la última presentación de este círculo virtuoso de filarmónica y academia, con órdenes de no cobrar lo pingüe sino lo parco, a regañadientes el holandés cedió y en venganza de no poder embolsarse más de lo que ya se ha embolsado, cerró el foso de la orquesta del auditorio con madera y clavos. ¡Pero nada detiene los efectos de la unión de la magia y la alquimia! En respuesta, cerraron el pasillo inmediato para la orquesta, ampliaron el espacio del escenario con el foso sellado y lucieron insuperablemente mejor en una presentaron con cupo lleno.
El virtuoso acuerdo entre filarmónica y academia tuvo una fecha precisa de inicio. No se le conoce final porque la amalgama formada por este dúo, magia y alquimia, orquesta y bailarines, filarmónica y academia de danza, ha hecho suyo el lema: “Hacer del veneno, miel”, y nos ha ofrecido, --seguirá ofreciendo en bandeja de plata--, un insuperable espectáculo gratuito.
Corrijo el inicio de este cuentito: “Érase una vez que la magia y la alquimia se unieron y convirtieron el veneno, en miel; así, ofrecieron al pueblo hechizos, y la gente se sintió feliz. ¡¡Tan, tan!!
alefonse@hotmail.com