En efecto, el factor TRUMP respecto a la reciente política mexicana parece ser el mismo que AMLO jugaría, como pieza importante, respecto a la próxima política en EE.UU. Pero tal movimiento, prima facie, no es político sino esencialmente financiero. Este giro no es en absoluto incomprensible si asumimos que no es la política la que marca el paso a la variable financiera, sino a la inversa. Es en el núcleo y estructura de ésta donde encontramos la radiografía exacta de los inesperados movimientos de lo que se representa como real política o política real. Así es el mundo de los negocios primeramente quien hace los trazos, luego corresponde a los políticos ejecutar esas grandes líneas convertidas en desideratum de negocios. Tal lógica es lo que configura por otra parte a la economía como economía política y a ésta como lógica económica. Esta lectura es esencial si se quieren tener datos de primera mano sobre los movimientos y giros de la política real. No obstante esto, la política no deja de contar con una cierta autonomía, pero sólo la logra al costo de entender el giro copernicano de lo económico. De ese modo puede alzarse sobre la economía pero sólo para volverse de nuevo acto económico; es decir economía política o política económica.
En la sustitución del TLC o TLCAN, o NAFTA (por sus siglas en inglés) por el USMECA, ¿cuál es la apuesta de los EE.UU. no tanto respecto a Canadá sino respecto a México? A primera vista pareciera no percibirse, sin embargo, no hay que darle muchos rodeos para darse cuenta que el NAFTA, si bien a la parte de las tres “acordantes” que desde un inicio benefició mayormente, fue a la que tiene una mayor cantidad de negocios, como dicen los europeos, con “tradición”. Siendo sin duda tal parte la de los EEUU. Pero ese mismo NAFTA, siendo un instrumento trazado hacia el futuro, obviamente ante la falta de experiencia tenía mucho de incierto, no les resultó, a los EE, UU., absolutamente benéfico en todos sus aspectos. Así tan pronto corrió la administración y ejercicio de ese acuerdo, esa parte comenzó a percibir una especie de “trampa” en que los negociadores estadounidenses habrían caído. Y esto a pesar de ser los principales beneficiarios del NAFTA.
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En efecto, resultaba que para sus mismas empresas las condiciones de producción de su propio país EE. UU., sobre todo en términos de “costes de producción” no les eran tan favorables o rentables. De ese modo al advertir que su vecino, la parte más débil, México, les ofrecía mejores condiciones de beneficio, de rentabilidad, al tener “costos productivos” (mano de obra mucho más barata, materias primas cuasi-regaladas, paraísos fiscales ad hoc mucho más atractivos, etc., etc.), de inmediato ya bajo el ejercicio recién inaugurado (revísese la migración de grandes empresas estadounidenses hacía nuestro país, ya, desde los periodos presidenciales de Salinas de Gortari, Zedillo) del NAFTA, las grandes empresas sobre todo de la industria automotriz, hicieron realidad aquel famoso adagio que reza que los “capitales” no tienen patria, transfugándose a nuestro país. Y de ese modo, de la noche a la mañana el nuestro aparecía no sólo como un extraordinario importador de capitales sino como “gran exportador” de manufacturas, sobre todo de automóviles. Con gran éxito en términos de competitividad en el mercado externo o en el ámbito de la macroeconomía abierta. Los demócratas no percibieron ese hecho tan claramente como el republicano TRUMP, fincando en este aspecto (desde luego más diversificado) el éxito de su campaña presidencial, prometiendo recuperar la fortaleza de su país; es decir, de los grandes negocios radicados en éste .
De esta forma, ya ubicados en las elecciones presidenciales en el nuestro, TRUMP hizo algo inédito a pesar de los esfuerzos del presidente en turno, sobre todo de su canciller que hizo lo imposible por granjearse los favores y buenos oficios del presidente norteamericano, empero no lo consiguieron, pues lo inédito que no tanto se inscribe en el movimiento político de nuestro país sino en el movimiento comercial económico o financiero del suyo, trató si no con desprecio sí despectivamente al “despistado” y “desconcertado” todavía presidente de México. A diferencia de lo que esperaban Peña y Videgaray, TRUMP les trataba con peros, con desaires, por decirlo así, les sacaba la vuelta, como si los identificara herederos responsables de aquella “trampa”, de la que hablábamos más arriba. Igualmente ni siquiera se fijó en el relevo presidencial del PRI ni del PAN, pues los juzgó dos “absurdas versiones” de la misma familia, de la misma fórmula. Algo así como más de lo mismo que le había causado perjuicio a su país. De ese modo, lo inédito en un presidente Norteamericano, consistió en volver la cara con gran beneplácito hacia la antípoda del PRIAN; es decir, hacía AMLO. Así casi por arte de magia, apenas éste obtuvo el resultado que lo confirmaba como presidente electo de México, pareció que traía una “llavecita mágica” que abría las puertas para destrabar las dificultades apenas recientes, en ese momento, que los Peña, Videgaray, Guajardo, etc., habrían tenido que enfrentar para celebrar el nuevo USMCA. De ese modo, lo que representa el factor AMLO es en gran medida una de las condiciones que requiere TRUMP y bajo las cuales se auspician la recuperación prometida a sus conciudadanos en los EEUU. Muchas de estas condiciones poco a poco se irán viendo cada vez con mayor claridad. Uno de los que ya las entendieron es al parecer Gómez Urrutia. El subsecretario de economía todavía anda algo perdido. Se espera se ponga las pilas. La estrategia de TRUMP no deja de ser una moneda en el aire dada la complejidad de variables sobre todo en el ámbito macroeconómico abierto; es decir, en el ámbito propio der la economía internacional o del mercado externo. Aquí igualmente no se trata la complejidad propia de la política interna de México, misma a la que ya se enfrenta AMLO y su proyecto de nación.