La propuesta de acciones culturales de Alejandra Frausto termina, como lo vimos en el texto de la semana pasada, con la Vida creativa, pero el proyecto no acaba ahí ya que El poder aún tiene varias apartados más. Hoy abordaré el denominado: Herramientas institucionales.
El ámbito que mejor le asienta al Presidente electo, es el mitin. Doce años de su continuo ejercicio le han dotado de una maestría y destreza indiscutibles. Ha hecho de él su ambiente natural y lo domina a la perfección. Al igual que todos los grandes encantadores de auditorio, Andrés Manuel ha creado su propio estilo de llegar a la masa, al pueblo, a los partidarios y a sus enemigos. Nada es casual; ni el peinado, el atuendo, los gestos, los movimientos corporales, los epítetos –“mafia del poder”, sin duda el más exitoso-, las pausas en el discurso (cual aparentes olvidos), los calificativos (“riquín, canallín”), la mirada y, sobre todo, la sonrisa –que todo vela y desvela en su ligero movimiento ascendente.
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Cientos, miles de horas frente al público –formado de tiros y troyanos, amigos y enemigos, paleros y detractores- han pulido su estilo hasta crear el equilibrio perfecto, el balance exacto. ¿Su sello de autor?: dar a la audiencia la dosis suficiente de nutrimentos democráticos, mezclados con breves, pero sustanciosas, vetas de verdades o verosímiles corruptelas de los mafiosos y una generosa cantidad de esperanza, para hacer de sus apariciones públicas un rito –casi iniciático- de sanación de los males que padecemos en esta Patria desde tiempo inmemorial. Treinta millones de votos corroboran la magnificencia de su prestancia discursiva. Así es y, lo demás que se argumente, hoy por hoy, es falacia o envidia.
Y los estilos, sobre todo entre los gobernantes mexicanos, crean escuela (recordemos las guayaberas de Luis Echeverría o los sacos de piel y suéteres cuello Mao de López Portillo o las chamarras Salvatore Ferragamo de Enrique Peña Nieto), por ello, no es de extrañar que Alejandra Frausto busque hacerse un traje a la medida con el modo discursivo de AMLO. De tal suerte que, en el apartado Herramientas institucionales que ahora abordamos, Alejandra haya trastocado la prosodia y sintaxis de consulta intelectual –con las que presentó su programa-, al de mitin cultural. Veamos para apreciar lo dicho.
En el mitin, a diferencia del texto escrito, el orador apela a los sentimientos primarios, más que a la razón. Entonces sus palabras, punzantes y ardientes, abrasan la piel y fustigan los oídos con la intención de sulfurar a su auditorio, para que, pleno este de ebullición, demande solución o castigo a lo expuesto. Un botón de muestra sustenta lo aseverado:
“Aquí mismo, en el zócalo, hace cerca de cinco años, tomamos entre todos y todas la decisión de seguir luchando hasta logar la transformación del país. Porque si después del fraude nos hubiésemos retirado, o, peor aún, hubiésemos tranzado con la mafia del poder, hoy no existiría este Movimiento que es la única esperanza para millones de mexicanos; sobre todo, para los más desamparados y pobres de México”. Andrés Manuel López Obrador, publicado en Facebook 1 de abril 2012.
Debo confesar que nunca he presenciado una arenga pública de Alejandra Frausto, por lo que no tengo modo de discernir qué tanto de lo dicho en las Herramientas es de su autoría, pero conozco bien el del Presidente electo y, a mi entender, parece todo su estilo de tribuno. Vamos al texto Alejandrino para analizar.
En su Introducción, Herramientas afirma:
Para fortalecer la cultura debemos transformar las instituciones. Le vamos a cambiar la cara a la Secretaría de Cultura: un gobierno es fuerte en la medida que fortalece a la comunidad.
¿Y cómo pretende cambiarle la cara a la institución cultural? A través de cinco acciones: 1. Una política de la escucha y el diálogo: “La política de la inclusión se materializará en consejos regionales multidisciplinarios y vinculantes”. 2. Simplificación administrativa: “Urge eficientar (sic) trámites y procesos. Se revisarán las duplicidades en cargos y funciones”. 3. Reducción de costos: “Revisaremos cada partida presupuestal y cada programa de gobierno”. 4. Reorientación del gasto: “Se revisarán los mecanismos actuales de asignación y ejercicio presupuestal, así como las becas y fondos. La transparencia y la rendición de cuentas estarán en el centro”. 5. Transversalidad: “Se coordinarán los tres órganos de gobierno para que la cultura llegue a todos lados. Se requiere, también, la participación directa y activa de la ciudadanía. Se alentará el diálogo y se reconocerá la riqueza de la diversidad”.
No sé a ti, pero a mí me parece: 100% mitin y 100% AMLO. Y, por supuesto, que no habría nada que cuestionar si el documento se tratase de la transcripción de alguna arenga de López Obrador sobre su parecer y sentir de los retos y derroteros de la Cultura en México, pero, como lo señalé desde el primer artículo de esta serie, él nunca habló públicamente sobre sus sentires y pareceres de los problemas de la creación y la cultura nacionales; no puntualizó las debilidades o fortalezas institucionales del sector; no señaló –ni fustigó- a la mafia del poder cultural de nuestro país (que la hay y sobre de ella escribiré en su momento); no destacó los problemas y cuitas que enfrentan creadores y promotores culturales… ni nada de nada. Entonces, tanto por la ausencia de un planteamiento programático coherente y la manifiesta imprecisión de un diagnóstico, evaluación y recomposición la estructura institucional cultural del país, lo plasmado en las Herramientas no logra alcanzar a ser propuesta de acción, quedándose tan solo en la champurrada transcripción de un mitin, mal engullido y peor digerido. Porque, qué nos deja a los creadores, artesanos, promotores y trabajadores de la cultura la aseveración que: la política de inclusión se materializará en consejos multidisciplinarios y vinculantes, sin precisarse a quiénes se incluirá, así como los sujetos sociales y empresariales de la vinculación. O la “eficientación” (conjugación horrísona del verbo “eficientar”) de los trámites y procesos o de los cargos y funciones duplicadas en el sector. O, peor aún, el que la revisión de cada partida presupuestal redunde en la disminución efectiva del financiamiento a la Cultura, producto del “sospechosismo” o realidad de malos manejos, cuando lo justo sería la sanción inclemente a los responsables y no el castigo al sector.
Debo señalar que una de las aseveraciones de las Herramientas me parece más que acertada: un gobierno es fuerte en la medida que fortalece a su comunidad. Y a ella apelo al concluir este texto.
No dudo de la intención sincera y bien intencionada de Frausto y colaboradores en su pretensión de procurar una mejoría al Sector Cultural mexicano y creo que la intención, señalada líneas arriba de fortalecer la comunidad, va bien encaminada en ese sentido, pero también sé que en una realidad como la actual que vivimos en nuestra nación: enunciar, pronunciar, arengar desde la tribuna a la masa, al pueblo, ha cumplido ya su cometido y hoy la gobernabilidad debe concretarse en etapas y proyectos perfectamente ejecutables. Precisar los pasos para, de una vez y para siempre, implantar a la Cultura y sus sectores en el primerísimo lugar en el cual, propios y extraños, siempre la han temido, al considerarla como salvaguarda y asiento de la identidad, como reservorio inagotable de la humanidad que nos conforma en pueblo y raza, y, como exuberante cornucopia de recursos referenciales tangibles e intangibles, de eso que denominados Cultura Universal. ¡Aceptar, sin argucias ni remilgos, que somos un grupo humano inmensamente rico en tradiciones, monumentos, personajes y manifestaciones culturales, que no solo nos precisan y singularizan en el mundo, sino que asombran y atraen a millones de seres de otras sociedades y latitudes a constatar y admirar lo que fuimos y somos!
Por esto, y más, es hora de que las autoridades electas dejen de mirarse como líderes vociferantes de mítines ya superados y se apresten a dirigir, con mente y alma de estadistas, a todos los que queremos, deseamos y merecemos más que despojos y dádivas de desvencijadas políticas culturales, “concedidas” –cual gracia divina- por aquellos que echamos del poder el pasado 1 de julio.
Por ello, pregunto: ¿sí están haciendo su tarea –Alejandra, et álii- y en un par de meses los mexicanos tendremos un proyecto cultural coherente, razonable, benéfico, certero, ejecutable, presupuestado y fondeado con recursos financieros y humanos suficientes, sin que este parezca, o sea, un “chipote” o apéndice de las políticas públicas del sector turístico? O, por el contrario, seguiremos perviviendo en el mitin, donde todo se promete pero nada compromete su cumplimiento.
Espero –esperamos treinta millones- respuesta, en y desde el Proyecto de Nación; y no en y desde la tribuna.