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OPINIÓN

Comunidad de origen: 1968, 2014 y 2018

Vínculos que unen a los tres movimientos. El espíritu juvenil.

Samuel Tovar Ruiz

Catedrático de la Maestría en Ciencias Políticas de la BUAP.  Autor de los libros: Hume: el Fundamento del Estado y Derecho Moderno, Epistemología de las Ciencias Sociales y Políticas

Jueves, Septiembre 27, 2018

1. Lo común entre Ayotzinapa y el movimiento estudiantil del 68 deriva de que ambos movimientos se inscriben en la contradicción social característica del poder político en México. ¿Cuál es esa contradicción? Por una parte, al presentarse como esencialmente poder social, no es sino poder de todos quienes conforman una sociedad, pero, por otra, quien lo detenta o ejerce no es el todo de miembros de esa sociedad sino sólo una parte de ella.

El poder, entonces, en ese sentido, primeramente representa no sólo una reunión granalítica del poder de cada uno sino su síntesis superior, si es cierto que el todo es más que la reunión de sus partes y por tanto una cualidad socialmente enriquecida o distinta del átomo de poder que en simple concentración correspondería a cada uno.  De acuerdo a esto, tanto en el caso de Ayotzinapa del 2014 como en el caso del 2 de octubre del 1968, lo que se exhibió consistió en que en uno y otro caso las minorías que detentan el poder, es decir que lo ejercen, no sólo no estuvieron en consonancia con las mayorías de que emana y por lo mismo lo constituyen, sino, y aquí lo más grave, sólo lo ejercieron como “minorías”, a contrapelo de las mayorías, más aun, en contraposición con los intereses de éstas.

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Ahora bien, ambos movimientos no sólo fueron conscientes de ese hecho en sí contradictorio, sino con cabal conciencia lo patentizaron a través de demandas concretas, en que ponían de manifiesto esa contraposición.  Que la minoría que ejerce el poder, consciente o no, lo ejerce sólo con arreglo a sí misma, sólo bajo el estrecho horizonte a sus intereses de “minoría” sesgada o asumida así bajo la vetusta idea de privilegio de “casta”, y por tanto a contrapelo de los intereses de quién sólo con su aporte, con su esfuerzo diario, con su contribución social productiva o reproductiva, lo hace posible, creándolo o recreándolo, es decir, a contrapelo de quien lo constituye en tanto su verdadero productor, esto es,  su verdadero hacedor o productor directo. 

2. De ese modo los estudiantes de uno y otro movimiento no siendo el “ego-poder” centrado en sí mismo, es decir no siendo parte de la “minoría” que formalmente lo detenta, no reclamaban para sí sino ser expresión clara de la otra cara del poder; del de la mayoría social que sin atenerse a formas prestablecidas directa y materialmente lo produce, pero que en México, desde hace mucho, aquella, la “formal”, sólo con arreglo a “formas” o conforme a ellas oficialmente “cuasi-sacralizadas” o solemnizadas, pero no menos excluyentes incluso discriminatorias, injustamente lo venía detentando.

Residiendo en ese reclamo incluyente la <<legitimidad>> de sus demandas. Pero también residiendo en ello la “peligrosidad” (para uno y otro extremo) de las mismas, llevadas al límite, como en efecto, ambos movimientos lo hicieron.  Al exigir su cumplimiento no hicieron sino  poner en su límite a los detentadores de un poder que por ser “minoría”, para sostenerle, no recurrieron sino de modo necesario al “trillado” recurso a la letalidad de la “fuerza ciega”, o de su ejercicio “compensatorio” y por lo mismo irracional de la misma, al acrítico, doloso y absurdamente inconsciente ejercicio de un poder a todas luces socialmente repudiable.

Así, recurrieron a mecanismos “ciegos”, entre más obtusos y oscuros  mejor, pues solo así, bajo esa condicionante, podían y pueden tanto mantener su “coto de poder” como atentar contra quienes paradójicamente con su esfuerzo diario alimentan y procrean a la “bestia” que habría de devorarles, incluyendo con una alta probabilidad a sus familias, es decir a potenciales devoradores suyos.  La “ceguera” de esa fuerza les es además muy conveniente, pues sólo así mediante ellas, con ese carácter ciego, hombres formalmente humanos pueden atentar contra otros, que no sólo los son de modo formal como los de esa minoría, sino real, consistentemente, incluso los primeros, por ejercicio de ese poder ciego, o de su letalidad, podrían programar la eliminación de los segundos o desaparecerlos de manera anónima pero no menos letal y bestial, como ya hemos lastimosamente advertido.

3. Por otra parte, ambos movimientos, si bien contaron con la aquiescencia social, en sus respectivos contextos y tiempos históricos, igualmente tuvieron en común el ser encabezados por jóvenes: lo que nos indica muchas cosas.  Por ejemplo, que lo nuevo, como necesidad de cambio, no puede venir de otra parte, sino de lo nuevo en que siempre se anuncia y cifra lo humano; es decir, los jóvenes (aquí hacemos alusión a los jóvenes vistos en su espiritualidad enérgica, fresca, cósmica, como profundidad de pensamiento y de conciencia).  En ellos, no sólo anida la potencia de las grandes proezas que conmocionan o dan sentido al necesario tránsito a lo humano, a lo esencialmente civilizatorio, sino también está en ellos la inconmensurable <<chispa>> de lo humano genial que tras de sí anuncia la gran posibilidad de un futuro mejor para todos los que nos reclamamos a la especie que produce, piensa y habla.

4. De otra parte, los dos poderes que se enfrentaron en los movimientos aquí invocados, por la anterior y otras razones, no dejaron de presentar diferencias cruciales.  El de la minoría, se mostró como un poder vuelto ególatramente sobre las “ruinas” de un pasado que ya no es, y por lo mismo, por sus tonos y devaneos arcaicos, no sin merecimientos propios a su necesaria cancelación social, a la caducidad (o lo digno de caer) que al serle epidérmica, siempre estuvo y está a la vista de todos.  Así, lo “paranoicamente” defensivo o lo reactivo de su respuesta intolerante, no hizo sino mostrar todavía más esa radical impotencia o carencia de imaginación para entender situaciones a un modo distinto que el de la letalidad de la “fuerza ciega”.  El segundo, el de los jóvenes, siendo esencialmente ecuménica potencia, concreta posibilidad real o lo que, por lo mismo, aún no es, no aparece en los jóvenes sino como <<sueño>>, como <<inminente utopía>>.

Ernst Bloch lo ha descripto como <<principio esperanza>>, como razón utópica.  Nosotros agregamos, se trata simplemente de un <<ir más allá>>, y por tanto de una superación consciente, critica, social, pues lo que allí, ya, ésta, en su desenlace, al ser necesario, no puede pararse a riesgo de hacerse todavía más ineluctable, más necesario, más imparable.  Entonces ¿qué caso tiene caer en el descrédito social? Y contraponerse contra esa tendencia encabezada por el joven, pues éste, siéndolo verdaderamente, nadie lo para, nade lo aquieta, ni mucho menos lo silencia.

Nuestro ejemplo, los dos movimientos aquí modestamente homenajeados, como hemos sido testigos, después de la intentona de silenciarlos en el 68 o en el 2014, se volvieron todavía más ruidosos, más iconoclastas e irredentos, y si nos apuramos un poco, más rebeldes, más reacios a aceptar el ejercicio mediocre, medroso, calculador, sólo utilitario del poder.  La gran lección de ambos movimientos ahí ésta, no hay que darle muchos rodeos.  No basta con recordarles sentados cómodamente en las butacas de un circuito de salas de audición de temas sólo emotivos, sólo parlanchines, o solo clientelares. Pues su ruido, el de ambos movimientos, que es ya nuestro, más bien nos espera creativos, propositivos, rebeldes. Metámosle entonces ruido a nuestro propio movimiento y de ese modo mejor conmemoremos su memoria. Gloria eterna a ambos movimientos. La del 1º de julio aún está por escribirse y todo ello bajo el grito sonoro de ¡Juntos hagamos historia!

5. Se ha cuestionado sobre la actualidad no tanto de los 43 desaparecidos, quizá por ser demasiado recientes, sino del movimiento del 68, pues ya transcurrieron, casi sin sentirlo, 50 largos años. Desde luego ni uno ni otro han sido tramitados realmente por la justicia, continúan sin esclarecerse, continúan sin saberse los verdaderos responsables, y mucho menos continuamos sin que se supla y colme ese gran déficit de justicia en nuestro país. Pero sobre el problema de la actualidad, desde luego, hay mucho más.  Ambos movimientos lucharon contra el autoritarismo, contra la cerrazón de las autoridades en turno ante las demandas ciudadanas, contra un régimen reacio a autocriticarse y cobrar conciencia de su falta de coherencia incluso con su misión general de gobernar.

En síntesis ambos movimientos lucharon por algo que es esencial a cualquier planteamiento democrático, por mayores y mejores libertades políticas y desde luego por justicia.  Lo primero caracterizó sin duda al movimiento del 68, lo segundo fue el grito de los de Ayotzinapa.  Pero unos y otros esencialmente coincidieron en la demanda histórica de toda sociedad en movimiento, el derecho a una vida mejor, más digna, más humana, más libre y más igualitaria. Si nos apuramos un poco en la reflexión tal es la misma demanda histórica del reciente 1º de julio, La actualidad de esta fecha es esencialmente la misma que la del 68, y la del 26 de septiembre del 2014.  De este modo tenemos que mientras los movimientos entre más actuales más legítimos y enriquecidos; la actualidad sin movimientos apenas puede pensarse, pues no es sino la toma conciencia de las contradicciones que nos aquejan y la necesidad de resolverlas desde nuestra perspectiva y específica circunstancia histórica, política y social.

Por tal razón, la relación entre ambas determinaciones no es sino simbiótica, afluente, inherente. Incluso demasiado íntima y por lo mismo no menos crucial o apremiante.  Así los demás no podemos sino preguntar sobre nuestra propia actualidad, si sigue siendo la del 68 o la del 2014 o la del 1º de julio, pero al intentar respondernos veríamos cómo, con éste sencillo ejercicio, comprenderíamos más la necesidad de la respuesta a la pregunta que nos hemos planteado.   Sentiríamos en definitiva que nos es igualmente pertinente, crucial, pues no despierta sino aquella tensión esencial en muchos otros sentidos advertida por cualquiera que se reclame humano.

Los movimientos aquí aludidos son un claro llamado a esta actitud vital que si no somos “solo formales” o entes fetichizados, nos despiertan siempre esa <<comunidad de origen>> de que aquellos emanaron pero a la que también nos debemos.  La actualidad entonces de ambos movimientos esperan nuestro esencial aporte siempre. Una especie de <<ruido ecuménico>> que paradójicamente se hace más grande no por silenciarse, sino por tomar por asalto la vida, y así convertirse en más vida para todos. Tal es la enseñanza y brota cada vez con más fuerza no solo desde ellos sino desde nosotros mismos, cuando vemos, como ambos movimientos incluso con su sacrificio, no hicieron sino tomar por asalto la vida, incluso donde era inhóspita o no la había, o era muy difícil que la hubiera, pero lo más extraordinario que hicieron fue tomarla por asalto desde la vida misma; por ello a nosotros nos ha sido relativamente fácil emparentarnos y asumirnos en esa su hazaña, y así desde ahí, desde la vida, emprender la hermenéutica de comprendernos comprendiéndolos.              

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