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OPINIÓN

El ‘querer’ del sonido

El niño de las cubetas y la cuchara de palo.

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Jueves, Septiembre 20, 2018

Este era un niño que soñaba con ser músico y tener un grupo de jazz. Su papá es bajista pero al niño no le gustaba el bajo, porque decía que tenía muy poquitas cuerdas y él quería una guitarra pero de muchas cuerdas; además al bajo, no le encontraba el ‘querer’ del sonido. Su papá le dijo que al sonido que emite el bajo se le llama “grave”, y él le dijo que le gustaba lo contrario de grave, es decir, “sano”, y el padre le corrigió que en sonidos lo contrario de grave, es agudo.

El niño, sin hacer caso, dijo que de todas maneras no quería tocar el bajo, tampoco el alto. Y empezó a experimentar con sonidos de batería, usando las cubetas de aluminio de su mamá, colocándolas boca abajo, pegándoles con una cuchara de palo.

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No tocaba mal las cubetas que acompañaba con botes de lata de chiles de diferentes tamaños que encontró en casa de su abuela quien lo consentía y le ofrecía todo lo que se pareciera a un tambor, aún las tapas de las ollas para acompasar como platillos.

Fue agudizando el oído para emitir diferentes y nuevos sonidos de su “batería” que se encontraba desparramada entre el patio de las casas y la cocina y alacena de la abuela: la cubeta grande en medio del patio, la lata chica atrás del árbol de higos, la cubeta chica cerca del lavadero, dos lata de sardinas encima de la silla de madera donde su abuela se sentaba a tomar el sol. Había una lata grande de manteca de cerdo a medio llenar en la alacena, y el niño entraba de corridito a tocarla con su palita de madera después de chocar en la cocina sus dos tapas de ollas como platillos.

Era un corredero a la hora de sus prácticas musicales, que volvió locas a la abuela, la tía y la mamá, quienes decidieron que eso no podía seguir así ya que ellas, a la hora de la guisada, también corrían de un lado al otro y chocaban con el niño que, para no derrochar el ‘querer’ del sonido, ni se inmutaba y, hasta en medio de las piernas se les pasaba para no perder el ritmo. El día cero llegó cuando el niño le tiró a la abuela una gran cantidad de chiles secos que llevaba en una charola. Entonces decidieron juntar todos sus instrumentos en un solo lugar. Jalaron cubetas, grande y chica; latas de sardina y la de manteca que estaba casi vacía y tuvieron que prescindir en la cocina de las tapas de las ollas para que el niño tuviera sus platillos. Así, todo junto, se lo acomodaron en una esquina del patio.

El niño cogió la silla de madera de la abuela y lo convirtió en su banco de la batería, junto con el cojín y la señora no tuvo más remedio que regalárselos. Al darle con la palita a la lata de manteca, se quejó que no sonaba igual, quería le devolvieran su sonido característico y las mujeres no tuvieron otra más vaciar lo poquito que quedaba de manteca y llenar la lata con arena. Ya sentado en su magia, empezó a afinar el “querer” del sonido. Las mujeres paradas en la puerta de la cocina detuvieron sus actividades para escucharlo y le preguntaron qué era ése, su “querer” del sonido. Él contestó que es la melodía que tiene dentro de su cabeza y que quiere salir.

alefonse@hotmail.com   

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