En la Presentación de El Poder de la Cultura, Alejandra Frausto señala que:
“A lo largo de los últimos meses hemos convocado a diversos sectores de la comunidad cultural con la misión de escucharlos e imaginar en conjunto el horizonte futuro (de la cultura en México)”.
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Debió ser muy ardua la labor de esos meses de trabajo, pues en los últimos apartados –quinto y sexto- se evidencia una fatiga de la comunidad intelectual convocada, al tiempo que languidecía su imaginación del horizonte cultural, ya que ambas propuestas: Jóvenes en la cultura y Vida creativa, son, por decir lo menos, dispersas e insulsas. Veremos en esta ocasión la de los Jóvenes, y, en la siguiente, la Vida.
El apartado Jóvenes comienza con una aseveración ambiciosa: “La cultura es un agente clave para la construcción de la paz”; seguida de una simpleza: “Los programas dirigidos a los jóvenes han sido insuficientes”.
Desde que leí por vez primera la afirmación fraustiana que la paz tiene como ingrediente clave a la cultura, no logro desentrañar cabalmente su sentido. Es verdad que suena atractivo y tiene buena forma, pero, en el fondo ¿qué pretende significar, que a mayor desarrollo cultural, menos violencia y, por ende, paz más sólida y duradera? Sí así fuera, el Nationalsozialismus no habría existido, porque el desarrollo cultural, científico, intelectual y artístico de Alemania en el primer tercio del siglo XX fue de una riqueza vasta y sólida. Hannah Arendt, Theodor Adorno, Walter Benjamin, Martin Heidegger y Ernst Jünger en la filosofía; Gustav Mahler, Richard Strauss y Carl Orff en la música; Max Weber en la sociología y filosofía; Wilhelm Ackermann en las matemáticas; Erich Auerbach en la filología y Albert Einstein en la física, por mencionar solo algunos. De ahí que un pueblo culto no necesariamente construye una sociedad pacífica.
El otro componente de la ecuación para la paz propuesta por Alejandra, son los jóvenes como instrumentos constructores de ella. Esto es, a todas luces, un despropósito, puesto que la paz social no puede, ni debe ser, únicamente labor y tarea de ellos, sino de todos, bajo la orquestación del estado, ya que este es el ente sobre el que recae la responsabilidad, tanto de la instrumentación de los planes y programas para logarla, como el de la ejecución sancionadora de las taras, abusos y desmanes violentos que la desarticulan.
A todo lo anterior se suma que, los estudios sobre la pacificación de una sociedad con los índices de violencia actuales de México, indican que son necesarios diez o más años para obtener resultados tangibles. Rudolph Giuliani aplicó por casi una década su plan de Tolerancia cero, para disminuir el crimen neoyorquino en un 65%.
Ante este panorama, se mira complicada la aplicación del apartado de los Jóvenes en la cultura como vehículo de pacificación nacional. Sobre todo porque sus cinco propuestas no tienen nada que ver directamente con la paz. Veámoslas: 1. Apropiación cultural digital: “El juego es la mejor herramienta de aprendizaje. Fomentaremos una cultura tecnológica para resolver rompecabezas y encontrar patrones. Así formaremos a la siguiente generación de artistas y programadores”; 2. Fortalecimiento de artes y oficios: “Se crearán redes de colaboración, organización, proyección y distribución de capital artístico. Nuestras culturas se destacarán en el mundo con ayuda de las tecnologías de información y comunicación”; 3. Narrativas digitales: “Se producirán a partir de contenidos digitales que reflejen la diversidad de voces e historia entre los jóvenes”; 4. Innovación social: “A través de maratones de creación colectiva se encontrarán soluciones a las problemáticas de la comunidad”; 5. Inserción en la economía cultural: “Se implementarán sistemas de apoyo directo a través de la construcción de capacidades para la autogestión”.
Nada de paz, pero bueno, eso es lo que dice El Poder y a ello hay que atenerse para intentar entender este galimatías cultural propuesto, que, como puede verse, tiene de todo menos acciones pacificadoras. Tiene otras cosas y a ellas me abocaré, pero debo aclarar que, de lo propuesto, el planteamiento de Jóvenes en la cultura que me provoca mayor rasquiña es: ¿cuál sería la relación entre resolver rompecabezas y formar una generación de artistas y programadores? Misterio total. Aun así, las demás no van a la zaga en su encriptada intención, por lo que analizaré dos de ellas: Innovación social y la nebulosa Apropiación cultural y digital, que contiene esto de los rompecabezas.
Innovación social. Innovar significa renovar en el sentido de mejorar, y ello refiere que se pasa de un nivel dado de bienestar a uno superior. Y los índices de bienestar primordiales que se miden en México son: Accesibilidad a servicios; Comunidad (relaciones sociales); Educación; Balance vida-trabajo; Ingresos; Medio Ambiente; Compromiso cívico y gobernanza; Salud; Satisfacción con la vida; Seguridad; Empleo, y, Vivienda.
Los resultados de México en bienestar, según los datos de OCDE, nos ubican en el último lugar de la lista en Seguridad, con 22.9 homicidios por cada 100,000 habitantes, más de cinco veces el promedio de 4.2 del grupo de 34 países, que incluye desde economías avanzadas como Estados Unidos hasta países emergentes como Turquía (CNN). En Ingresos ocupamos el lugar 33, penúltimo de la lista –solo arriba de Chile-, con 6,554 dólares per cápita, contra un promedio de 18,907 dólares para los socios del grupo (CNN). Último lugar en acceso a Internet (25% contra el promedio de 67.2%). Empleo, México 63.8%, OCDE 66.7%... Hay más, pero deprimen y enervan. Ante ello parece ocioso preguntarnos ¿por qué los jóvenes, niños y adultos –hombres y mujeres-, corren a refugiarse en las actividades delincuenciales? Y, en cambio, resulta más que pertinente cuestionarnos (y a Alejandra Frausto primordialmente), en esta horripilante forma de vivir ¿qué papel innovador podrían tener los maratones de creación colectiva para solucionar las problemáticas de cada comunidad?
Vamos a la segunda acción de El poder.
Apropiación cultural y digital. Otra forma de llamar a la apropiación cultural es: identidad. Lo idéntico me reconoce y lo reconozco, porque está en mí. Y lo que está mí no es meramente biológico, sino mayoritariamente adquirido; o sea, que lo tengo porque alguien más me lo dio. Verbigracia: el idioma, la alimentación, cosmovisión, espiritualidad, etcétera. Por ello, la identidad no solo es generacional, sino también: transgeneracional, transgeográfica; transtemporal y transgénero, porque el componente primordial de la identidad es la cultura humana; es decir, las formas y maneras en que enfrento la existencia y su trascendencia. Basado en lo anterior, las actividades propuestas por Alejandra Frausto como sustanciales en el rubro Apropiación cultural y digital, lucen igual que un par de pistolas en el atuendo de San Francisco, o sea, incongruentes y absurdas. La aseveración “El juego es la mejor herramienta de aprendizaje” verdadera en ciertos momentos de la vida, pretende sustentar que el mejor camino para que los jóvenes se apropien –¡se identifiquen, pues!, con una cultura tecnológica, es resolver rompecabezas y encontrar patrones. Es decir, en vez de la apropiación de los fundamentos de ciencias sociales y humanas o de las ciencias exactas, hay que apropiarse del juego cultural y artístico. ¡No! El arte no es un juego –en el sentido de diversión ludêre-, es una actividad que tiene códigos y técnicas claras y definidas. Para ilustrar, comentaré lo que me respondió el poeta Tomás Segovia cuando le pregunté cómo se llegaba al verso libre: “Después de dominar el rigor del soneto, los metros de arte menor (de dos a ocho sílabas) y los de arte mayor (del endecasílabo al alejandrino)”. O sea, que primero se debía conocer y hacer propias las técnicas y figuras clásicas para, de ahí, buscar la deconstrucción del poema en metros libres y, aparentemente, arbitrarios. No juego, compromiso –cuasi benedictino: Ora et labora.
Para finalizar, una digresión más sobre el país de jóvenes que, algunos creen, aún somos.
Como lo señalé líneas arriba, considero que la pacificación del país no depende de los jóvenes, sino de todos. Y considero que hay una perversión actual sobre el concepto joven/jóvenes. No somos una raza joven. Nuestra historia mesoamericana existe desde hace dos mil quinientos años a.C. Es decir que, a la fecha, vamos hacia los cinco mil años de existencia. Sin embargo, en nuestra era actual somos una nación todavía –pero no absoluta- de jóvenes y niños, más que de adultos y ancianos. En los últimos cincuenta años del siglo XX multiplicamos nuestra sangre joven hasta el delirio, pero hoy, atemperada nuestra desaforada natalidad patria, estamos a punto de llegar al equilibrio poblacional, pues los estudios demográficos nacionales e internacionales auguran que, para el 2054, la población será 50% jóvenes y 50% viejos. O sea, que si seguimos el ejemplo del Nueva York de Giuliani y solo nos tardamos en pacificar al país diez años, estaremos llegando al umbral de la tercera década del siglo XXI cuando el equilibrio poblacional será de, más o menos: 40% viejos y 60% jóvenes, ya que los que hoy tienen 50 años formarán parte de la Tercera edad y los jóvenes de 20 años contarán con 30 o más. Pero si nos tardamos más, veinte años por ejemplo (recordemos que ya llevamos 12 de guerra contra el narco y no se le ve fin y, ni siquiera, atenuación, sino todo lo contrario), no tendremos jóvenes que, desde la trinchera de la cultura y el arte, luchen por la paz, puesto que son ellos, los jóvenes, el segmento poblacional que registra la mayor cantidad de muertos por la violencia creciente en el país; y, hasta donde sabemos, de nada han servido para apaciguarla, ya no diga el arte y la cultura, sino ninguna de las acciones hasta hoy emprendidas por las autoridades gubernamentales, ONGs, autodefensas civiles y familiares de las víctimas. De tal suerte, que el culto a los jóvenes como esperanza de paz a través de la apropiación y multiplicación de la cultura y el arte, luce frágil. De nosotros –¡todos!- depende que se fortalezca, con algo más que rompecabezas y maratones.