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OPINIÓN

Paz y Convivencia

La fórmula cultural morenista contra la Violencia. Sus ejes.

Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.

Miércoles, Agosto 29, 2018

El segunde eje de El poder de la Cultura del gobierno que iniciará labores el 1 de diciembre, es, sin duda, el más espinoso, ya que al incremento de la violencia (y la impunidad, y la corrupción, y el contubernio gubernamental y judicial, y la voracidad criminal, y la ineficiencia estatal), debe sumarse la descomposición y desgajamiento del tejido social, el secuestro del presente y la nulificación del futuro y, sobre todo, el dolor y desesperanza por los miles de muertos y desaparecidos, cuyo sinsentido macabro, pavoroso y vejatorio no acabamos de entender ni aceptar.

Esto es así y el primero en señalarlo, y proponer un cambio en su forma de afrontarlo, fue el propio Andrés Manuel López Obrador. “Vamos a pacificar el país”, prometió durante su campaña política y, ya triunfante, agregó: “lo vamos a pacificar, sin balas”. Pero, ¿cómo se propone hacerlo?

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El Proyecto de Nación 2018-2024, le dedica un parte sustancial de su contenido a los factores precursores y alimentadores de la violencia: corrupción, impunidad, pobreza, inequidad distributiva de la riqueza nacional, y el largo etcétera que el ahora presidente electo señaló durante años. Los modos y maneras en que combatirá todos estos males forman el grueso de su proyecto nacional y las señales y acciones que ha presentado en su camino hacia la toma de posesión, dan cuenta de su intención por cumplir con lo prometido. Pero, como bien sabemos los mexicanos, prometer no empobrece, por lo que vale la pena detenernos a sopesar la distancia entre la realidad y lo prometido.

El primer aspecto que destaca en el Proyecto de Nación es que al proponer la Recuperación de la Paz (p. 7, 98 y ss.), tácitamente acepta que la violencia ha escalado de ser un mal nacional para lindar los perímetros de una cultura nacional. De tal suerte, la violencia ya no es solo tema y discurso de los noticieros, sino que se ha incorporado a la cotidianeidad y se refuerza por el entretenimiento, manifestaciones artísticas y reconocimiento social de sus ejecutores. Cualquiera puede constatar que el estilo, los signos y parámetros que emanan del narcotráfico –generador del porcentaje mayoritario de la explícita violencia cotidiana-,  son buscados, aceptados e incorporados por un mayor número de mexicanos a su personal forma de ser y actuar. Actualmente, aspirar a ser narcotraficante, sicario o huachicolero, no se considera un despropósito en muchas zonas del país. Más aún, se anhela y persigue “ser un Señor de los Cielos” ante la realidad de vivir en alguno de los infiernos mexicanos. Y así como consideramos “culturalmente normal” la existencia de vendedores informales –que inundan las aceras, venden productos piratas, no pagan impuestos y se sienten dueños del espacio público, violentando con ello normas y derechos ciudadanos-, también consideramos “normal” que los narcos se maten, extorsionen, trafiquen, etcétera, y además pretendan imponer, casi como un derecho constitucional, sus faenas delictivas; pensarán que, después de todo, si la rumba es cultura, la violencia no tendría porque no serlo también.

Y a esta realidad sobre la Cultura de la Violencia, ¿qué pretende enarbolar la contraparte Cultural (aquella responsable de la Cultura cultural) del gobierno que vendrá para paliarla?: nada más, ni menos, que la Cultura para la paz y la convivencia.

Este proyecto de paz cultural formulado por la próxima Secretaria federal del Ramo, Alejandra Fraustro, consta de cinco propuestas: Acercamiento de las artes desde la primera infancia; Polos culturales comunitarios; Vida a la infraestructura cultural; Recuperación afectiva del espacio público; Programas específicos para minorías; todos ellos precedidos de una advertencia:

La violencia es un problema que se abordará con un enfoque multidisciplinario en colaboración con la Secretaría de Gobernación. Desde la cultura, contribuiremos con el fortalecimiento de los lazos comunitarios.

O sea, antes de implementar su proyecto, Alejandra recurre a la culturalmente aceptada fórmula del deslinde anticipado de futuros yerros y culpas políticas, ¡vamos, a “curarse en salud” macho! Muy “cool-to”, no hay duda.

La primera de las propuestas, Acercamiento de las artes a los niños, obedece a una lógica factible en el papel, pero cuestionable en la realidad real del país, ya que Alejandra da por sentado que en México existe una uniformidad –justa, equitativa, proporcionada, abordable y receptiva- de “niñez”: sana, alimentada, instruida, radiante y feliz, ansiosa de sumergirse en la creación artística. Olvida (o ignora) que tan solo en Tlaxcala, donde estará su  despacho, el diagnóstico de su gobernador en materia educativa –base para una intelección mínima de la creación artística, ya que, al menos, hay que saber leer y comprender lo leído para aproximarse a la enseñanza de las artes-, contiene esta perla:

Las pruebas estandarizadas de logro académico en la entidad no son satisfactorias. La falta de educación integral es una barrera para el desarrollo productivo del estado, ya que limita la capacidad de la población para crecer de una manera eficiente, trabajar en equipo, resolver problemas, usar efectivamente las tecnologías de la información para adoptar procesos y tecnologías superiores, así como para comprender el entorno y poder innovar.

Dos más de los proyectos culturales: Vida a la infraestructura cultural y Recuperación afectiva del espacio público, creo que se corresponden y aproximan, por lo que los abordaré juntos.

El primero señala la necesidad de recuperar el aprovechamiento comunitario de los “cientos de espacios culturales en desuso”, mientras que el segundo también pretende recuperar espacios, que Alejandra califica de “públicos”: parques y plazas primordialmente, en los cuales propiciar la convivencia, principalmente, en “zonas de conflicto”, es decir, donde la violencia ha escalado a niveles cuasi “culturales”. Lo más sorprendente del diagnóstico espacio temporal cultural de Alejandra, es que trasluce pesimismo, al tiempo que en sus propósitos derrocha optimismo. Admite que los espacios están perdidos –aunque en la realidad tangible de la movilidad humana en las comunidades, ningún espacio se “pierde” puesto que algo o alguien siempre termina ocupándolo- y, para recuperarlos, propone llenarlos de manifestaciones culturales “potenciando (preferentemente) el talento local” mediante “proyecciones de cine al aire libre, narraciones orales, música, danza, acciones de fomento a la lectura e intervenciones escénicas”. Bien, pero ¿esto es factible? Bueno, no es común por las obvias razones de que es difícil dialogar culturalmente con un “cuerno de chivo” por en medio en las “zonas de conflicto”, pero, siendo justos, diré que al menos conocemos un proyecto exitoso de esta naturaleza: el proyecto cultural Tepito arte acá. De ahí que, al menos en la teoría, se puede y solo se necesita encontrar e involucrar a algunos artistas como Daniel Manrique y Francisco Marmata. Ojalá Alejandra los encuentre en todos los espacios que pretende recuperar, aunque se antoja complicado porque Tepito arte acá surgió como reacción comunitaria a una iniciativa presidencial de Luis Echeverría Álvarez de “reedificar” (“dignificar”, se decía entonces en el lenguaje político) el tipo de viviendas de los barrios como los que abundan en las centros históricos o marginales de las ciudades mexicanas, en un tiempo icónico nacional como lo fue la década de los años setenta en el México posterior al movimiento estudiantil del 68. Hoy Tepito arte acá continúa, sobre todo en las artes escénicas, pero, fuera de ello, el barrio no ha mejorado sustancialmente en lo social, cultural y comunitario. La existencia del cartel Unión Tepito y sus cuitas nos lo demuestran.

Por su parte, el proyecto Programas específicos para minorías pretende atender a grupos determinados por su condición exclusiva: migrantes, presos, viejos, etcétera. Más de una iniciativa de este tipo ha habido en el país, con resultados disímbolos. Yo participé de uno, en la colonia Pensil de la ciudad de México. El director teatral y promotor cultural, Guillermo Díaz Madrid, dio vida al proyecto Teatro callejero, que atendía a muchachos desbalagados (hoy se les llama “en situación de calle”). Participé dos años y solo recuerdo a un muchacho que, mediante la fotografía, salió de la dinámica social y cultural de esa zona brava de la ciudad. Quizá un solo chavo reencauzado sea un logro, pero no deja de ser pírrico ante la inmensidad de “niños halcones”, trata de blancas y feminicidios y abandono de los viejos.

He dejado para el final el rubro Polos culturales comunitarios por su proximidad, al menos semántica, con lo expresado por Andrés Manuel López Obrador en su Proyecto de nación 2018-2024.

Al respecto  Alejandra Fraustro afirma:

Se desarrollarán proyectos de formación artística y creación colectiva de niñas, niños y jóvenes bajo el esquema de colectivos comunitarios de creación y agrupaciones musicales comunitarias.

Por su parte, Andrés Manuel señala:

Se reconocerá la fuerza de la cultura como imprescindible en los procesos de paz, de reconstrucción de comunidad, concordia y armonía de las comunidades.

Como vemos la intención de este proyecto, al igual que los otros cuatro, es el “refriteo” de lo ya manido: acercar a los niños y jóvenes al arte y la cultura como tabla de salvación a su marginación, olvido, abandono, precariedad, pobreza, fragilidad, etcétera. Se ve difícil, pero, no obstante, merecen el beneficio de la duda. Después de todo, ni han definido completamente el programa cultural de la Cuarta Transformación Nacional, ni aún comienzan a gobernar. Es decir, todavía tienen tiempo para aclararse las ideas y plasmarlas en un proyecto escrito en lengua romance, privilegiando la buena estructura sintáctica de: sujeto, verbo y predicado.

No puedo dejar de señalar que en ambos textos destaca el concepto: comunitario; mismo que mueve a la rasquiña, ya que a pesar que dicha palabra proviene de latín comoine que significa: conjuntamente, en México comunidad/comunidades ha tenido un uso preferente para referir a agrupaciones indígenas, rurales y ancestrales, más que a las mestizas, citadinas y contemporáneas. Ante ello, resulta urgente que Andrés Manuel y Alejandra, puntualicen si comunidad seremos todos o solo unos cuantos.

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