Después del V Congreso Nacional Extraordinario de Morena realizado el 19 de agosto de 2018, las perspectivas del partido triunfante en las últimas elecciones empiezan a vislumbrarse. Las dirigencias nacional y estatales del partido permanecerán un año más y aquellos integrantes de dichas direcciones forzados a abandonar sus puestos de dirección porque ocuparán cargos en los distintos ámbitos del Gobierno y del Estado, serán sustituidos por delegados nombrados por la dirección nacional. El sentido de esta medida es plausible. Morena ha crecido de manera extraordinaria en los cuatro años que lleva de haber sido fundado. A groso modo se calcula que tiene ya tres millones de afiliados. Morena ha triunfado plenamente en las últimas elecciones y esto ha desatado ambiciones, algunas legítimas y otras no tanto. Además, no tengo empacho en decirlo: el éxito del partido ha hecho que ya estén circulando en su seno elementos oportunistas que ven en Morena no un instrumento de transformación política y social, sino la escalera para sus ambiciones personales.
En este contexto, he visto dos noticias que me han llamado la atención. Noticias hechas de manera interesada y publicadas en el marco del conflicto poselectoral que ha vivido Puebla. La primera de ellas nos informa que la decisión de quiénes serán los delegados que sustituirán a los dirigentes que hoy cumplirán otras tareas, será una decisión personal de la Secretaria General, Yeidckol Polensky. Esta información ignora que el Comité Ejecutivo Nacional tendrá que deliberar de manera colegiada y tomar las decisiones respectivas al menos en aquellos cargos que serán neurálgicos en los próximos doce meses. La segunda nota periodística, nos informa que nuestro candidato y eventual gobernador, Luis Miguel Barbosa, tendrá un papel fundamental en los asuntos internos de Morena y por tanto en la designación de los cargos dirigentes del partido en la entidad. Esta información ignora que en la última sesión del CEN se informaron de dos directrices fundamentales que guiarán el desempeño de Morena. La primera es que se buscará fortalecer al partido en términos políticos e ideológicos y por ello se han tomado decisiones como la de la postergación de las elecciones internas. También se ha adoptado una más de carácter estratégico: la fundación del Instituto de Formación Política que contará con recursos suficientes como para convertirse en una institución sólida.
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La segunda directriz es la de que se buscará una separación esencial entre Gobierno y Partido. Esto implicaría una ruptura con la tradición priísta de que el gobernante de turno resultaba ser “el jefe nato del partido”. Luis Miguel Barbosa resultó ser además del candidato recio que resistió la embestida brutal del morenovallismo, un hábil político para conciliar las distintas expresiones en el seno de Morena. Pero una vez en el gobierno, y expreso mi optimismo en que será el próximo gobernador de Puebla, su papel será el de gobernar haciendo historia y no estar inmiscuido en la lógica interna del partido. El propio Luis Miguel ha expresado que su eventual gobierno será integrado por ciudadanos y ciudadanas poblanos, no necesariamente integrantes de Morena. Y estoy de acuerdo con ello. Como lo ha hecho Andrés Manuel a nivel nacional, el gobierno de Morena en Puebla deberá estar integrado por hombres y mujeres honestos, expertos en sus carteras y eficientes en la gestión. Deberán compartir el sentido general del proyecto alternativo de nación, pero no necesariamente deberán ser militantes de partido. Lo mismo debe acontecer en Morena, sus dirigencias deberán tener una autonomía con respecto al gobierno. He aquí la lógica renovadora que nos debe guiar.