La acepción primordial de la palabra eje, no es del ámbito de la geometría teórica, ni de la geografía planetaria, ni aun de la anatomía ósea humana o alguna más de las ciencias duras, sino de la fabricación de carromatos. Eje deriva del latín vulgar axis, que refiere a la barra que une las ruedas de una carreta. Después vino a designar a la línea que, imaginariamente, atraviesa los polos terráqueos.
En los años 60 del siglo XX, Atahualpa Yupanqui –“el que viene de lejanas tierras a decir algo”- musicaliza un poema de Romildo Risso y nace la legendaria canción Los ejes de mi carreta. En ella, la cadencia de la melodía semeja el bamboleo de un carromato al transitar por cualquier camino, de cualquier montaña, de cualquier país latinoamericano.
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Asimismo refiere la visión del mundo de alguien que ha pasado su vida en la resignación gozosa de su destino y que, en esos momentos, ya no se apresura al vivir cada día y de este toma lo bueno que trae en su cotidianeidad, sin importar el qué dirán. Fue, junto a otros cantos de la época, un himno que plantaba cara a la depredación que presagiaba la desmesura de un mundo sin límites éticos y morales; a lo material sobre lo espiritual.
En la actualidad, una de las acepciones de eje refiere a una guía, un camino delimitado, una orientación o intencionalidad de una o varias acciones para conseguir un fin determinado. Es en este sentido en el cual lo utiliza Alejandra Fraustro en El Poder la Cultura en México, en el apartado: Ejes y líneas de trabajo.
Como lo señalé en algún artículo anterior, este es el más abundante de los rubros de El poder, pues compila siete campos. En esta reflexión abordaré el primero: Redistribución de la riqueza cultural.
La Redistribución, tiene una breve explicación inicial y propone cuatro tareas: Misiones culturales, Patrimonio cultural, Patrimonio cultural inmaterial y Circuitos culturales.
En la breve introducción, Alejandra recurre a la muletilla política –obvia y chabacana-, de la gran riqueza cultural de México, para en seguida, reducir su diversidad únicamente… a las “culturas indígenas”. Esta afirmación es, por decir lo menos, chata, porque la “vasta riqueza cultural mexicana” no se circunscribe, ni en el tiempo ni en el espacio, únicamente a las culturas indígenas. Y no porque no hayan, y sean, importantes, sino porque no son, ni las únicas, ni las más extendidas en la realidad cultural contemporánea. (Y antes que comience la rechifla, aclaro que reconozco -¡cómo no podría hacerlo!- el criminal ninguneo que han sufrido los grupos étnicos nacionales, en forma reiterada y abusiva, pero creo que su reposicionamiento nacional requiere de otros cauces y demanda otros trabajos que únicamente el cultural). Por ello y regresando al hilo conductor de esta reflexión, señalo que, a lo ya expresado en el primer artículo de esta serie (La cultura en los tiempos de AMLO), solo agregaré que las manifestaciones culturales indígenas actuales están, casi en su totalidad, influidas, impregnadas, infiltradas, cooptadas, fusionadas, transmutadas, etcétera, por el sentido, fundamentos, prácticas, insumos, presencia, pasado y futuro de la cristiandad y, esta, es una cultura europea -y, precisamente, castellana-, no indígena.
¿Qué existe una fusión y amalgama cultural y en la Guadalupana se adora de soslayo a Tonantzin? Sí, pero, Guadalupe es una virgen católica y no una deidad indígena. Así es y quien lo niegue, se engaña, confundiendo el sincretismo con ocultación. Y, si bien, en el municipio de San Andrés Cholula se yergue el magnífico templo a Santa María Tonanzintla, en el cual destacan los ángeles y querubines morenos y las frutas, legumbres y verduras poblanas, este recinto no es un tlachihualtepetl, sino un templo católico destinado a la evangelización y adoración de Cristo. Por lo anterior, limitar la cultura mexicana actual a las ancestrales culturas indígenas, es torcer demasiado la vista. Aunque esto lo asevere en su documento base, la futura secretaria de Cultura federal.
Ya entrando a las tareas contempladas en el apartado, estas se agrupan en dos rubros: el patrimonio cultural, y las misiones y circuitos culturales.
En cuanto a su propuesta de patrimonio cultural, Alejandra parece desconocer la definición que la UNESCO emite sobre ello:
El patrimonio cultural en su más amplio sentido es a la vez un producto y un proceso que suministra a las sociedades un caudal de recursos que se heredan del pasado, se crean en el presente y se transmiten a las generaciones futuras para su beneficio. Es importante reconocer que abarca no sólo el patrimonio material, sino también el patrimonio natural e inmaterial.
Por lo que resulta impreciso puntualizar en El poder, que el nuevo gobierno dedicará esfuerzos al Patrimonio Cultural, cuando lo que refiere es el Patrimonio material, para, en seguida, señalar que también hará lo propio por Patrimonio inmaterial y desdeñar al Patrimonio natural. Y esto que tan solo parece un lapsus linguae, podría, en realidad, evidenciar una confusión, o ignorancia, sobre lo que cada uno de ellos es y significa; y no solo como patrimonio cultural, propiamente dicho, sino como posible generador de recursos monetarios y culturales para los mexicanos, directa o indirectamente, relacionados con cada uno de estos. Porque, ¿qué pretende Alejandra Fraustro hacer por el patrimonio cultural mexicano?; según lo plasmado en El Poder, lo mismo que todas las administraciones gubernamentales anteriores a la de AMLO: conservarlo, preservarlo, restaurarlo, identificarlo, estimularlo, etcétera, etcétera, y si se ignoran los límites y particularidades de cada uno de los “patrimonios”, el resultado podría ser una “olla de pobre” en la cual toda cabe… sin cuestionar el origen de la vianda.
Por su parte, el otro par de tareas de El poder, misiones y circuitos culturales, resultan más que atractivas de analizar, ya que contienen en su planteamiento un componente de compromiso supremo.
El vocablo misión proviene del latín missio, que refiere a aquél que será enviado a hacer algo. De ella derivan: comisión: que serían un grupo de personas (con-misión) enviadas a cumplir una tarea y, también, omisión: de ob- (contra), es decir, de no cumplimiento de una misión. Pero, sin duda, en la cultura mexicana, la palabra misión refiere en primera instancia a la labor de los misioneros católicos (hombres y mujeres), los cuales, a partir del siglo XVI, han difundido la cultura cristiana en el continente americano. Y esta tarea, misionar, es el punto de partida de la transformación cultural de nuestro continente, del indigenismo al catolicismo, con todas sus consecuencias negativas y positivas. Pero missio no solo da vida a las dos palabras mencionadas, sino también al vocablo misa, que en el universo católico significa: despedida, ya que en la parte final del rito católico supremo se dice: “Ite, missa est”, “Váyanse, es la despedida”. O sea, que, al final, la misión puede significar: envío y despedida; partir y cumplir, para, en algún momento, regresar a relatar el destino de la misión. Visto así es casi un circuito.
Y ya que llegamos a la segunda tarea de los Ejes y líneas de trabajo, recordemos que en los primeros tiempos de la conversión cultural mexicana se crearon circuitos culturales, acordes a los principios y prácticas que cada una de las congregaciones religiosas trajo a América. En la zona de Tlaxcala y Puebla, sin duda, los circuitos culturales más importantes fueron los de los franciscanos, dominicos y agustinos a partir del primer tercio del siglo XVI. Por su parte, desde finales del propio siglo XVI, pero con verdadera influencia a partir del XVII, el que podríamos llamar: circuito jesuita. O sea, que los circuitos culturales, como las misiones, tiene un luengo arraigo en nuestra historia y, siendo francos, no siempre gratos y benévolos.
Ante este panorama, las propuestas de El poder se antojan un tanto manidas.
¡Ah, pero que no escape la esperanza!, porque una de los misiones (y circuitos) culturales más exitosas y recordadas, es aquella con la cual Federico García Lorca llevó el teatro clásico por las provincias olvidadas de España, en los prolegómenos de la Guerra Civil. Su misión cultural se llamó La Barraca y su escudo era la rueda de un carromato que en su centro eje tenía las máscaras de Talía y Melpómene: comedia y tragedia griegas respectivamente.
Es decir, que no todo está dicho, ni presagiado en la misión cultural de Alejandra y Andrés Manuel; algo puede cambiar o surgir (quizá un García Lorca azteca) y, con ello, mejorar la cultura nacional; pero, apresúrense, pues diciembre está, a paso de carromato, ya en la falda del siguiente cerro.
Es demasiado aburrido, seguir y seguir la huella/ demasiado largo el camino, sin nada que me entretenga…