--Usted tiene ojitos pajaritos --le dije--: chiquitos, pispiringos y... ¡azules!
El hombre rió con el rostro todo.
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--Tiene demencia senil, aclaró su hijo.
--¡Pero sus ojos no!, respondí. Dirigiéndome a él, pregunté: ¿Qué canción le gusta?
--¿Qué canción te gusta, Gallo?, con voz firme hizo eco su hijo.
--¡Ah mire, se llama Gallo de ojo azul!, dije, y le saltaron chispas de los ojos.
Sólo sus familiares saben lo que quiere pero él habla con los destellos de su mirada.
--¡Aaaaaaaaaaaaaaaaay que laureles tan verdes, que rosas tan encendidas!, entonó el hijo.
Busqué su canción en mi celular y se la puse al oído, escucha poco con el izquierdo. Su felicidad brotó de inmediato:
--¿De quién se acuerda usted con esa canción?, pregunté.
--¡Alma!, dijo clarito con voz impostada --que no es la esposa--.
Todos reímos.
Había acompañado a una amiga a ver al hijo y a la esposa de don Gallo por un asunto. Nos recibieron y él se encontraba sentado en el sillón de la sala, ajeno al mundo. Se levantó para dirigirse a la puerta de salida. La señora nos confió que siempre se quiere salir, por eso cierran bien. En su fracasado intento don Gallo y yo nos topamos en el comedor y lo invité a sentarse en la cabecera; fue cuando vi sus ojitos pajaritos azules.
Al escuchar su canción se levantó como resorte. Lo seguí con el celular pegado a su oído para que disfrutara su canción. Sus ojitos brillaban como ardientes soles. Sonreía y, por momentos, reía con franqueza. Estiré mis brazos en señal de ¿bailamos? Y respondió: “Voy por mis dientes”.
--Don Gallo no me va a morder, sólo vamos a bailar, afirmé.
Tomó mis manos y empezó a mover sus pies. En un momento dado, tomó aire, hinchó el pecho y echó tres gritos rancheros. Estaba en sus tiempos de enamorado bailarín y cantaor.
Al terminar la canción –y el baile-- los presentes aplaudimos, me acerqué a darle un abrazo y me dio un beso en la mejilla. Musitó:
--¿Es mi cumpleaños?
--¿Sí, don Gallo? ¿Cuántos cumple?, pregunté.
--Ochenta y uno.
Su hijo le aconsejó decir la verdad: 83.
--Don Gallo, ¡vamos a celebrar! Y dirigiéndome a su esposa pregunté ¿Tendrá usted un pastel, aunque sea pingüino?
Y sí, la señora muy alegre y afanosa sacó uno del refrigerador. Don Gallo se sentó y le armamos la fiesta: pastelito con velita encendida y él ¡a soplar y apagar la velita! Estaba feliz. Pidió café y se comió todo su pastel de cumpleaños.
Habíamos ido por asuntos de mi amiga con sus familiares pero la celebración a la vida de don Gallo nos dio ese momento de alegría que enciende la vida toda.
Gracias, don Gallo: por sus ojitos pajaritos azules que sacan chispas en cada momento de canto a la vida… Y acuérdese de quien quiera, ¡que para eso estamos!
alefonse@hotmail.com