Conforme corren los días continúan latentes dos preguntas ¿Quién ganó el debate presidencial del pasado domingo? ¿Modifica las tendencias electorales? En la opinología nacional muy pocos aventuran un ganador, muchos más afirman que el resultado del debate en muy poco incidió en las preferencias. Si hacemos caso a las encuestas, el puntero, Andrés Manuel López Obrador se mantiene en las preferencias, seguido por Ricardo Anaya Cortés y José Antonio Meade Kuribreña. Las tendencias se mantienen. El escenario político no ha sido modificado de manera sustancial.
El debate es un factor más de la campaña y por la distancia entre el primero y segundo lugar, su función para inclinar definitivamente la balanza no es significativa. En ello concuerda todo mundo.
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En nuestro país, los debates presidenciales se han convertido en el principal atractivo mediático del proceso electoral presidencial desde el 2000. Cobraron carta de naturalización por su naturaleza obligada. Su intención democrática sin embargo se ve opacada por ser más un evento parecido al popular pancracio que a una exhibición de virtudes democráticas.
Si bien ningún país escapa del espectáculo donde el foco de atracción es la esgrima verbal y el histrionismo de los candidatos, en México, la primera pelea de dos que siguen, se convirtió en la extensión de la campaña de linchamiento que los contrincantes de Morena traen tras de sí desde hace 18 años. Las mismas acusaciones, los mismos argumentos, las mismas críticas. El evento estelar del domingo mostró que continua la vieja estrategia de linchamiento hacia el López obradurismo.
En el caso mexicano los debates, hasta hoy, se quedan en el espectáculo público esperanzador. El “milagro”. La variable que los de atrás esperan para derribar –aplastar si se pudiera- al candidato puntero.
En general toda esgrima verbal, no necesariamente política, lo gana ineludiblemente el irónico, el mentiroso, el charlatán, el gracioso, el cínico, el ocurrente, el payaso. Las reglas en procesos electorales se orientan a limitar dicha mecánica. Sin embargo, en nuestro contexto, continúa siendo cien por ciento juego de entretenimiento que puede ser útil para quienes compiten electoralmente.
En tanto circo, requiere literalmente, de payasos. De políticos que por obra y gracia del juego electoral se convierten en bufones prestos a satirizar, a ironizarse de sus adversarios, a mofarse. Por ser un evento divulgado masivamente, importa el histrionismo y la retórica que denigra, insulta, descalifica. Las propuestas pasan a segundo plano y las percepciones de futuro también. Más aún, el mayor mérito que puede tener un demagogo en un debate es encubrir en la retórica, su falta de compromiso con la vida pública y su propensión patológica a mentir, descalificando a priori a su adversario. Busca denigrar al adversario utilizando la mentira contumaz.
Si de por sí todo discurso político es interesado, es decir, sus contenidos se encuentran orientados al convencimiento de posibles votantes – lo cual implica que los discursos políticos muestran al mundo, la naturaleza y la sociedad desde miradores parciales, interesados- encontramos que hay quienes elevan al paroxismo dicho supuesto y justo es en los debates donde ubican sus momentos de oportunidad.
En México no solo la población, también la clase política espera, incluso con morbo el comportamiento de los candidatos. En la pelea verbal, que abarca millones de espectadores, los políticos se encuentran a la espera del desocultamiento de escándalos de los actores con la esperanza puesta en el derrumbe de preferencias electorales y el encumbramiento de otros.
En el actual proceso no ha ocurrido y es muy previsible que no llegue a ocurrir.
En la faceta de entretenimiento, hay un ganador inobjetable de la noche del domingo pasado: El Bronco. Las redes así lo confirman. Jaime Rodríguez fue el hombre-espectáculo. Se llevó la noche con su estrategia para contener la delincuencia. El Bronco, sin duda, robo cámaras. En un efecto mediático inesperado para la cofradía anti-amlo, sus ocurrencias opacaron a los demás candidatos. La andanada mediática en contra del candidato de Morena fue diatriba de mal gusto ante las ocurrencias del gobernador neolonés con licencia.
Es notable: el efecto Bronco fue borrado de los medios impresos y electrónicos, no así de las redes.
Una cuestión es clara, si esperaban este evento como el determinante para sepultar aspiraciones presidenciales del tabasqueño se quedaron sumamente cortos y chatos; en el peculiar proceso electoral el debate es un evento más, hasta hoy. Obtusos porque las preferencias hacia el lopezobradurismo se explican por el hartazgo social de un segmento extendido de la población.
Hay fastidio acumulado en la sociedad. En realidad, el alineamiento anti-López Obrador, ratificó la fotografía actual del malestar social: el anti continuismo político se ve representado por López Obrador. Los partidarios del “status quo” refrendaron sus convicciones a favor de la continuidad. El ataque colectivo hacia un candidato no hizo otra cosa que consolidar votantes.
Es cierto que la democracia requiere el debate y la interlocución permanente en todos los niveles y en todos los tiempos. La savia de la democracia es el debate público de propuestas, por ello tendrían que ser recurrentes en la vida política de nuestro país, como sí lo es en diversas partes del mundo.
El debate se queda solo en ser el espectáculo de la temporada, en la función estelar de la media noche electoral. Y desde luego, no depende de los espectadores, sino de quienes fungen como estrellas, que, para nuestro caso, resultan ser políticos exageradamente adversos a la crítica pública, con un barroquismo extendido, y con bastante temor al riesgo.
Es evidente no hubo confrontación de propuestas solo denostaciones. Intentos de poner en evidencia que mostraron desesperación porque el candidato puntero no baja en preferencias. Hay un resultado adverso para la sociedad: la campaña de linchamiento mediático en una sociedad polarizada es un mal augurio. El debate, aparte de mostrar un ganador en el espectáculo, hizo evidente que otra vez hay una estrategia de linchamiento para descarrilar todo el proceso electoral.
Se equivocan. Hoy la inconformidad es mayor y más extendida y lo único que generan es que se siga ensanchando la distancia entre el primero y segundo lugar.