Los candidatos ciudadanos no son ninguna novedad en las democracias consolidadas, el caso más visible es el de Donald Trump. Fue postulado por el Partido Republicano sin ser miembro de él. Ocurrió también en Francia, el actual gobernante se presentó como candidato ciudadano. Ambos casos no marcaron diferencias significativas en su sistema político. No hay un antes y un después.
El obsequio de la candidatura presidencial a José Antonio Meade Kuribreña, sí representa un parte aguas que concentran tragedia y comedia para los tricolores.
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Contrario a la euforia desatada en las partidarias, la unción formal de su candidato ciudadano es el día que marca la fecha de defunción del PRI. Significa reconocimiento público de carecer de perfiles. No hay quien los represente, salvo un agente externo cuyo nexo con el partido es únicamente haber servido a un presidente de la república emanado del PRI. O sea nada, porque fue idéntica su condición en el gobierno anterior, solo que el PAN no lo hizo candidato.
El seguro abanderado del tricolor es evidencia de debilidad estructural. Sus militantes, organizaciones, gobernadores, senadores, diputados federales y estatales, presidentes municipales no pudieron ser capaces de poner candidato militante. Es una suerte de suicido político y una paradoja: sin el PRI Meade no es nada, ni siquiera candidato. Y desde el PRI, no con el PRI, puede ser presidente. En esa tesitura su nominación, se afirma la imagen de una organización política que por sí sola ya no es competitiva y que solo con un candidato externo y aliada a sectores de otros partidos, araña la posibilidad de entrar en la disputa con cierto decoro. La opción menos dramática ha sido entonces aceptar un externo, lo cual lleva al partido a un callejón sin salida.
Entregarse a un candidato externo significa reducir al PRI a un membrete útil para el registro ante los órganos electorales.
Un ciudadano muestra a la sociedad, que ya no importa el partido, máxime si su sola mención es sinónimo de corrupción, impunidad, violencia social. Lo que queda es convertirlo en el tonto útil para cubrir la formalidad y potencialmente, utilizar sus habilidades de décadas para el trabajo sucio, de los desechos el día de la elección.
Un escándalo más, un escándalo menos es irrelevante para un partido de por sí desprestigiado. Mientras, el candidato ciudadano, por no asumir responsabilidades como militante partidario, no cargará con las irregularidades. Incluso pediría disculpas por la historia negra del PRI y hasta podría castigar la falta de honor electoral del priismo.
El candidato, como ya se ha visto en la operación interna para cicatrizar heridas, de facto se ha convertido en la figura política del partido sin ser priista. El revolucionario se encuentra ausente, como lo estará para armar alianzas de amplio espectro con otras fuerzas políticas. La lentitud del Frentes Ciudadano por México para concretar acuerdos, sirve a la estrategia de Meade. Mientras la candidatura priista no se definía, confluyeron intereses en el Frente Ciudadano de mayor cercanía a los tricolores, sea por adhesión o por descarte, por ejemplo el alcalde de Guadalajara, prefiere seguir siendo ciudadano y servir el próximo año a los candidatos ciudadanos, como Mead Kuribreña.
Es altamente probable que el candidato ciudadano tricolor, establezca acuerdos con los frentistas no solo para valerse de sus estructuras donde ellos son gobierno estatal y municipal, incluso, en el hipotético caso de ganar, por vez primera tendríamos el gobierno de coalición reconocido por la Constitución. Es mucho lo que Meade le debería y pagaría a los demás partidos por levantarle la mano en una elección tan reñida. Les pagaría más a ellos que al propio PRI.
Gracias al resto de los partidos, de ganar (“haiga sido como haiga sido”) la imagen sería casi por consenso. ¿Cuánto vale la foto de casi todos alrededor de un presidente débil en legitimidad electoral de origen?
La elección concurrente le permite a Meade, no al PRI, armar agendas de la representación e incluso de gobierno. ¿Tiene el PRI capacidad para incidir en su candidato ciudadano y convertirse en el fiel de la balanza de una coalición electoral de facto? Ninguna. Si no pusieron peros para modificar sus estatutos, menos lo harán ahora.
La contienda bien debería llamarse el final del PRI por el propio PRI. Su falta de carácter y espíritu de súbdito, desde sus orígenes, ha hecho a esta organización una caricatura de la política. Basta ver el primer video de su precampaña para observar el papel del partido ¿Dónde está en la imagen del México como potencia mundial? En ningún lado. No aparece y no aparecerá. Además hay consenso: son un lastre para México y eso la sabe muy bien José Antonio, por eso nunca se afilió al partidazo. La propuesta de “potencia mundial” es la antípoda del PRI
El escenario es de comedia y pena ajena. Es grotesco observar las escenas de los priistas vitoreando a un desconocido, anodino de la vida partidaria, que no ve ni escucha las distintas voces y cuya única referencia pública es el gesto patrimonial de diseñar la entrega de la hacienda pública a los potenciales amigos que nos son tricolores.
Es una auténtica bufalada la imagen de los priistas buscando la foto con su enterrador, aquel que de ganar reinventará a los aliados, para confluirlos en una gran federación de partidos, los cuales, a diferencia de la vieja usanza del presidencialismo, tendrán sus enclaves regionales donde serán dueños y señores con el beneplácito presidencial.
El Talón de Aquiles del priismo siempre fueron las atribuciones del presidente mexicano. Son tantas y tan fuertes que en el siglo XX construyo un partido político. El ejecutivo federal concentra la recaudación de las finanzas públicas y su distribución, es jefe de las fuerzas armadas, tiene poder de veto por lo tanto puede gobernar sin mayoría en el congreso. Y desde luego, como ahora se ha hecho, puede proclamar la muerte de un partido político o su refundación.
Al priismo no se le debería olvidar que le fue mal, sobre todo a la familia presidencial salinista, designar un candidato no tan cercano al PRI. Y que le fue bien al PAN. Con Meade, en el proceso de construcción de legitimidad de hecho, no es una garantía que a la actual familia y elite gubernamental priista le vaya bien. A los gobernadores panistas, al menos el próximo año, les irá muy bien.
El camino de esta elección es bastante incierto para el priismo. No es tan lejana a ellos la imagen de una debacle. El entusiasmo mostrado en los primeros días asemeja al tropel individual por hacerse presentes para un imaginario reparto de pastel.
El agravio es fuerte, de sombras para su futuro inmediato. Los sectores que se encuentran en todos los partidos y que son afines a la elite y los recursos gubernamentales, están de plácemes. Son los ganadores de esta primera batalla. Dispondrán, como en el Estado de México, de recursos a raudales para “operar”. Les importa entregar resultados y saben que gozarán de la impunidad del aparato gubernamental.
En el inter que significa la elección, sin embargo, la realidad no es tan simple, los cifrados a que está acostumbrado el exsecretario, los datos, los números, representan realidades más complejas. Y el costo de aprendizaje puede dar al traste en la intención de hacer que Meade sea presidente de este país. En pocas palabras, que los nuevos aliados acaben devorando al candidato, como este la ha hecho ya con el partido que lo ha postulado.
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