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OPINIÓN

Desarrollar la razón democrática: ¡cuestión de urgencia!

Como el agua estancada, la democracia que no opera genera bacterias, enfermedades

Samuel Tovar Ruiz

Catedrático de la Maestría en Ciencias Políticas de la BUAP.  Autor de los libros: Hume: el Fundamento del Estado y Derecho Moderno, Epistemología de las Ciencias Sociales y Políticas

Martes, Octubre 10, 2017

En la naturaleza frecuentemente se observa que cuando alguna de sus fuerzas se estanca, no tiene salida, puede emergen por todas partes, desde sus interiores; otras fuerzas cuya tendencia de comportamiento no es exactamente hacía adelante, sino hacia atrás, en franca y abierta regresión. Un claro ejemplo de esto es cuando el agua se estanca en cualquier parte, entonces no solo se torna pantanosa, fangosa, expidiendo hedores de todo tipo, sino además brotan por todas partes bacterias y gérmenes diversos, cuya mayor espesura y concentración termina por descomponer la textura original del vital líquido.  Los animales sedientos que para colmar su sed, consumen esa agua, de inmediato enferman poniéndose los más al borde de la muerte, o sin más mueren.  El agua así de ser nutriente fundamental para la vida, se torna lo contrario, en veneno que mata bajo esas condiciones.     

Pero ese mismo fenómeno no es exclusivo de cosas naturales, sino igualmente se repite en cosas sociales. Por caso tenemos la fuerza social de la democracia cuando se estanca puede intoxicarse si no suicidarse.  Si ésta no deja de ser un mero slogan que en épocas de elecciones sólo sirve para discursos retóricos que sólo la declaran en abstracto o de manera muy general; o bien en la ley desempeña una función meramente ideológica, declarando los derechos en abstracto, mientras en concreto, en la práctica no pasan de der letra muerta; es decir, mientras los derechos de las personas, por un lado, solo son idealizados en su “forma legal”, en tanto que, por otro, en la práctica, son sistemáticamente negados o discriminados, y todo esto a pesar de que la ley se asume así misma como democrática; o bien si no se desarrolla y transita de su forma meramente general y abstracta y por ejemplo se profundiza en los espacios sociales particulares, y así, si no deja de ser sólo legitimación ideológica y mercadotécnica de discursos de campañas electorales, o si no se responsabiliza de una vez por todas, mediante mecanismos políticamente eficaces, como el referéndum periódico del cargo, a quienes ocupen un cargo de elección popular, o si no se desarrolla, de manera efectiva, la educación y la cultura política de la gente, etc. Así, si no se profundiza y se muestra en claros avances, entonces, lo que se advierte son inequívocos efectos regresivos: tendencias de gobierno  fascistas o autoritarias, confusión entre los negocios ilícitos y la función pública, o la puesta de ésta al servicio del “crimen organizado”, líderes y autoridades desequilibradas de coyuntura con manías demenciales, instituciones públicas al servicio de intereses privados y mezquinos, cretinismos mesiánicos apoyados en una gran ignorancia de la cosa pública o en increíbles distorsiones de la educación y la cultura, y sobre todo en defraudaciones al por mayor de la riqueza y el presupuesto público, mientras los servicios públicos son encarecidos, escaseados o más aún escamoteados.

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Bajo estas circunstancias no puede sostenerse que no es urgente la profundización de la democracia. Pero ¿qué es esta?   A esto respondo que es algo sumamente sencillo y por lo mismo difícil de captar.  Recordemos que lo inmediato, justo por sérnoslo resulta difícil verlo, observarlo; empero, aquí hagamos rápidamente un ejercicio de memoria para traerlo a cuenta.  La profundización de la democracia es, en efecto, no sólo llevar el voto directo, universal y secreto a cualquier comunidad particular de hombres y mujeres: parlamentos, universidades, rancherías, comunidades étnicas, sindicatos, oficinas, familias, iglesias, capillas, escuelas, sociedades de padres de familia, sociedad de alumnos, clubs, institutos, centros, asociaciones, colegios, etc., sino poner en práctica programas, proyectos, campañas, seminarios, talleres, mesas redondas, conferencias, intercambios nacionales e internacionales, discusión de experiencias democráticas entre pueblos,  etc., que desarrollen la educación y la cultura política en las más diversas comunidades. Hacer obligatorias éstas y otras similares actividades, declararlas por decirlo así exentas de obstáculos o impedimentos oficiales o privados. No se olvide que la razón democrática esencialmente consiste en crear condiciones para que se exprese el consentimiento del pueblo, de la ciudadanía, respecto de: leyes, instituciones o cargos de elección popular, políticas de gobierno y administración,  cuyo fin no puede ser otro que servir a quien les ha constituido o nombrado.  Bonito o desgraciado sería aquel pueblo que da su consentimiento solo para que “vivales abusivos” se sirvan de las instituciones, leyes y puestos,  que así consensualmente crea, más aun, cuando es víctima de aquellos que erróneamente lo consideran idiota y pretenden venderle la cínica versión de que la democracia solo consiste en el mero acto de “votar” y no en gobernar o administrar, quien piense así, no es más que un “defraudador social” en potencia. ¡Aguas con él!         

 

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