En esta época llamada de la posverdad el asesinato de un periodista es la más evidente refutación del término. Si no valiera lo que se dice, lo que se pronuncia en público o lo que se pone en negro sobre blanco, no sería comprensible esta catástrofe que se cierne sobre la expresión pública en México y en el mundo. El término “posverdad” intenta coronar un impulso cínico de nuestra época, donde en efecto la presa y las declaraciones públicas se han devaluado dramáticamente, pero no hasta el punto de hacer la verdad pública algo inútil.
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En realidad debemos leer este término en su tensión inmanente, esto es: el término nos remite por un lado, a un momento histórico en que los hechos parecen contar menos que nunca, hecho que hace coincidir las aspiraciones posmodernas de un mundo poblado de “libres interpretaciones” del mundo con una clase política y económica cínica que no se siente obligada a responder ni por lo que dice, ni por lo que hace y que puede desdecirse sin ninguna consecuencia. Pero, por el otro lado, vemos que la verdad pública sigue siendo decisiva. La importancia de la verdad periodística la apreciamos no solamente el caso mexicano, donde atestiguamos el asesinato sistemático de periodistas y el espionaje sistemático a enemigos políticos, como recientemente salió a la luz. En el mundo, la verdad existe bajo el rótulo de información. Repárese en el gran escándalo de Wikileaks. Julian Assange, su fundador, se encuentra literalmente preso en la Embajada de Ecuador porque pesan sobre él acusaciones que buscan derrumbar su sistema de filtrado de información.
Hoy que hablamos de la “era de la información” a propósito de Internet y la libre circulación de informaciones de todo tipo, el espionaje y el secreto de los estados es todavía más importante que en los años de la guerra fría. Si resultaba escandaloso el espionaje de la vida privada por parte de los regímenes comunistas a manos de la KGB o la STASI, el caso de la NSA hiere profundamente el discurso de la libertad en occidente. Snowden, quien filtró parte de esta información que revelaba el espionaje calculado a ciudadanos de naciones occidentales como EU y Alemania, se convirtió en el enemigo número de aquellas. El recientemente abortado tratado de cooperación entre E.U y Europa fue negociado en absoluto secreto, sin que la población, ni la prensa, ni grupo de la sociedad civil tuviera acceso. También la ley de Trump que reemplazará el Obamacare, se redactó en la máxima secrecía y se pretende aprobar de manera exprés.
No es ningún secreto que la información es decisiva para inclinar la balanza política y económica en el mundo. El economista norteamericano Stiglitz ganó con sus compañeros el premio nobel por demostrar matemáticamente que el mercado mundial no puede llegar a ningún equilibrio, como supone la teoría, pues las asimetrías de información deciden a priori sus resultados. Si en los siglos XIX y XX se hablaba de los propietarios de los medios de producción material, hoy tiene que discutirse el papel de los propietarios de los medios de producción, almacenamiento y recuperación de información.
Que grandes compañías como Google, Facebook o Microsoft sean las más poderosas del mundo, es porque son ellas las que tienen la propiedad sobre la información de una gran parte del planeta, sin pagar un centavo por ello. La vía pública virtual que constituye internet, está, de facto, privatizada, de modo que todo lo que circula en ella, va a parar a manos privadas. Nadie puede consultar los servidores de Facebook: la información mundial es privada, lo que no tiene nada que ver con la protección de datos. La información desorganizada es basura. Una secuencia de números es inútil si no se puede convertir en información útil y con sentido para nosotros, de ahí el interés de Google por contratar a lingüistas y filósofos, buscando posible hacer preguntas a una base de datos con un lenguaje natural. Actualmente escuchamos un término rimbombante: el Big Data, que supuestamente reemplazará a las encuestas nacionales como fuente de información sobre todo tipo de características de la población. Se trata tan solo de grandes volúmenes de información sobre todo el planeta, que se recolecta y se ha recolectado por medios electrónicos. Esta información puede ser filtrada, organizada y cruzada para obtener predicciones muy certeras de todo tipo de comportamientos: de consumo, sentimentales, de criminalidad, de intención de voto.
A lo largo del siglo XX hubo un movimiento de desindustrialización de las naciones desarrolladas, acompañado de grandes procesos de automatización de la producción y la vida, pero también un giro de las actividades productivas en el sentido clásico, a los servicios, que, en su última etapa, han virado hacia los ramos de la información y la comunicación. El mundo se vuelto más “virtual” no porque haya desaparecido el trabajo manual (¡todo lo contrario!: las formas de explotación material son tan salvajes como hace un siglo), ni porque todos tengamos acceso a computadores e internet (la brecha tecnológica ha disminuido, ciertamente, con el abaratamiento de costos de aparatos electrónicos, pero ésta se encuentra todavía muy lejos de producir una comunidad electrónico-comunicativa mundial), sino porque los destinos del mundo se deciden a partir de los resultados de interpretación de información.
La economía se decide a partir de modelos matemáticos alimentados por variables numéricas; la bolsa de valores se va alejando de esa imagen donde los “brokers” compraban y vendían acciones gritando y con cinco clientes al teléfono; hoy se trata de computadoras que mueven grandes capitales de acuerdo a algún algoritmo. Las decisiones estatales en los rubros de salud y educación toman como base “indicadores” matemáticos. Nuestra escritura está ya tamizada por el modelo que nos ofrece una pantalla, un teclado y el programa Word; nuestras bases de datos caseras se acoplan al modelo de Excel. Nuestra comunicación se adapta a los formatos del correo electrónico y los mensajes de Whatsapp, etc. Incluso en los sitios del planeta aparentemente más alejados de la tecnología, el destino de poblaciones enteras lo deciden organismos internacionales con base en su procesamiento técnico de información.
El mundo entero, en tanto que gira alrededor de un modelo capitalista de generación de valor, que a su vez descansa en procesos computables, es ya radicalmente virtual en ese sentido. Y el trabajo inmaterial sobrepasa ya en importancia al trabajo material. Entiéndase por ello: que decide más directamente las direcciones que toma el mundo. Por esta misma razón, el que la información sea privada y se pueda vender significa que sus usos están a merced en un puñado de personas. No puede haber un mundo democrático donde la información de los habitantes del planeta sea privada y, repito, utilizada para inclinar balanzas políticas, sociales y económicas, haciendo que el ámbito de la discusión política y la democracia, como instancia de decisión popular, se vuelvan un accesorio suntuario. Sólo hay que hacer una precisión aquí: no se trata aquí de la imagen de Orwell del gran ojo que nos observa, o del panóptico de Bentham, esa estructura de la cárcel diseñada para poder mirar simultáneamente a todos los presos. En semejantes modelos era todavía un ojo vivo el que nos vigilaba, un sistema que escondía tras de sí la figura de un “amo” personal. Por el contrario, la recopilación de datos es tan genérica que no abona a la fantasía de ser mirado por “el sistema”. Al contrario, esta observación es de una naturaleza tan automática y devaluada, que la alarma de peligro solo suena con el cruce de ciertas variables. Esta observación no aterra ya a nadie, incluso se fantasea como nunca con ser observado; basta con echar un ojo a Facebook, a quien los usuarios se entregan sin miramientos. A sabiendas de ser espiados y de que sus datos se recopilan, es como si inconscientemente ese sistema los defraudara porque no los observa lo suficiente. Pero insisto, por otro lado, esta vigilancia-control genérica que necesita muy poca censura y castigo porque la gente se autocensura y se autocastiga motu proprio, tiene lugar al mismo tiempo que la observación de personas concretas, eso sí, muy dirigida, quirúrgicamente, con nombre y apellido.
Pero parece que si al pensar la verdad nos conformamos con los meros datos y las constataciones de los hechos, decimos algo bastante pobre. En esta lógica, no parece urgente una persecución tan decidida como la de Snowden, ni el asesinato y descarado espionaje de periodistas en México. La verdad tiene siempre consecuencias y no es por decir tal o cual cosa que vemos aflorar la violencia estatal. El periodismo no recaba datos, sino que los expone en el contexto donde aparecen las consecuencias inmediatas y a largo plazo de los hechos que se pretende disimular. En otras palabras, la verdad hace aparecer el dato en su inteligibilidad. Pero más concretamente: toda verdad de este tipo es peligrosa porque se pronuncia. El periodista pone su persona como garante de su palabra, él o ella sostiene lo que pronuncia. Y por ello se le mata. Es así que el asesinato de un periodista es violento entre las violencias porque no está dirigido a matar una persona, sino un sujeto, es decir, a sofocar el soporte de una enunciación, y la agencia de alguien que irá hasta el final. La verdad debe permanecer un bien público. Hay, sin embargo, que aclarar algo. La verdad no puede conformarse con la certeza subjetiva, sino que, en tanto común, participa tanto del ámbito de lo polémico, de lo que se discute, como del ámbito de lo que se impone. De ahí que la verdad aparezca en ese cruce entre enunciación (posición subjetiva), evidencia (relación con el mundo y sus hechos, dados en su validez inersubjetiva) y argumentación (la verdad no se posee, ni se impone, se juega y se debate según diversas reglas del juego).
Resulta entonces necesario interrogarse más de cerca por aquello que aquí llamamos verdad. Pero dejaremos esta tarea para la próxima columna.