La elección del 4 de junio en el Estado de México, es para muchos electores un buen día para vender su voto al mejor postor y no una magnífica oportunidad para elegir un buen gobernador.
Más artículos del autor
Jornadas cívicas importantes, deberían ser las elecciones para que los ciudadanos voten por los mejores candidatos a puestos de elección popular, no por los candidatos que tengan mayor facilidad de corromper electores a base de obsequiar baratijas que a final de cuentas son adquiridas con dinero no de ellos, sino proveniente del financiamiento público.
México, en América Latina y en materia electoral, es un país distinto a la Venezuela gobernada por la mancuerna Hugo Chávez-Nicolás Maduro, desde el 2 de febrero de 1999 y hasta el día que los venezolanos se decidan a derrocar al presidente que habla con los pájaros. A la Cuba de los hermanos Fidel y Raúl Castro Ruz, gobernada por ellos durante 58 años consecutivos, contados desde el 1 de enero de 1959 y hasta 2018, año en que Raúl prometió dejar el poder. A la Nicaragua del demócrata Daniel Ortega Saavedra que gobernará cinco periodos, entre el 18 de julio de 1999 y los que se acumulen después del 10 de enero de 2022. Y México, en materia de elecciones, también es diferente a la Bolivia de Evo Morales Ayma, que gobernará del 22 de enero de 2006 al 21 de enero de 2020, si acaso no se le ocurre reelegirse por cuarta ocasión.
Aquí, los mexicanos, tenemos oportunidad de ejercer, mal o bien, el derecho constitucional de elegir, cada seis años, a nuestros gobernantes, entre buenos, malos y pésimos candidatos. Pero, al fin, electos por decisión popular.
¡Valoremos, ejerzamos y defendamos nuestro derecho a votar!
Sin embargo, hoy domingo 4 de junio de 2017, específicamente en el Estado de México, por citar la elección para gobernador más relevante, una parte importante de los electores, cuya cantidad es difícil precisar, no votarán por el candidato que consideren, desde su particular punto de vista, el mejor o el menos malo, sino por quien haya pagado su voto con mayor esplendidez.
Una computadora para un niño a cuyo padre resulta difícil comprarla; becas escolares repartidas sin verificar previamente si quien las recibía eran merecedores de ellas; la promesa de un sueldo rosa para una ama de casa a quien el salario de su esposo es insuficiente para cubrir los gastos del hogar; una ayuda económica para una madre soltera o para un hijo de padres desobligados.
Degradantes apoyos de dinero en efectivo de 500 a 3 mil pesos, repartidos a tontas y locas; tinacos, sacos de cemento y techos de lámina para viviendas humildes, pantallas, tabletas y baratijas de plástico que van desde cubetas, bolsas para el mandado hasta pelotas y camisetas con la imagen y nombre de Alfredo del Mazo, fueron utilizados por el PRI como elementos para tratar de comprar votos y voluntades a favor de uno de los integrantes de la tercera generación del cacicazgo atlacomulquense que fundó su abuelo hace 62 años.
Lamentablemente, la oportunidad de elegir un gobernador diferente a Eruviel Ávila Villegas (que seguramente continuará, hasta el 14 de septiembre de 2017, sirviendo de alfombra al presidente Peña cada vez que visita el Estado de México) no augura ni garantiza un mejor destino para los mexiquenses, porque los candidatos Alfredo del Mazo del PRI, Delfina Gómez del partido político propiedad de Andrés López Obrador y Josefina Vázquez del PAN, han demostrado que son buenísimos para descalificar a sus adversarios y hacer promesas electorales de corte populista como el sueldo rosa que el primo presidencial, ofrece a las amas de casa a cambio que voten por él, pero malos para presentar propuestas de gobierno que no estén basadas en derrochar fondos públicos.
Los tres, Del Mazo, Gómez y Vázquez carecen del perfil idóneo para gobernar con honestidad, eficiencia y de manera responsable, a la entidad federativa más poblada del país.
Juan Zepeda, al parecer, puede ser el mejor candidato a gobernador ─o el menos malo─ porque tuvo la decencia y el buen tino de hacer una campaña electoral de propuestas y no de intercambio de acusaciones con sus contrincantes.
Siendo constitucionalmente los partidos políticos, entidades de interés público, los procesos electorales deberían ser la herramienta más certera y eficaz para que éstos ofrecieran a los electores buenos candidatos a puestos de elección popular y con ello se tuviera la posibilidad de seleccionar a los mejores prospectos de gobernantes.
Si esto ocurriera, México sería mejor país y sus habitantes tendríamos mejores gobernantes.
Pero no sucede así.
Hoy el voto es una mercancía, que en muchísimos casos, se utiliza como instrumento para empoderar políticos inclinados a la rapiña.
Los ejemplos sobresalientes más recientes de gobernadores corruptos son: Andrés Granier Melo (PRI) de Tabasco. Guillermo Padrés Elías (PAN) de Sonora. César Duarte Jáquez (PRI) de Chihuahua. Roberto Borge Angulo (PRI) de Quintana Roo y Javier Duarte de Ochoa (PRI) de Veracruz.
Esta fábrica de gobernantes corruptos, que es el PRI, con la ayuda remunerada de sus comparsas, desprendimientos y ramificaciones, como el PVEN de Jorge Emilio González, el Movimiento Ciudadano de Dante Delgado, el Partido Nueva Alianza que fundó la priista Elba Esther Gordillo, ha prostituido las contiendas electorales desde la segunda mitad del siglo veinte, donde el robo de urnas cedió el paso a los primero obsequios que, a diestra y siniestra, repartía el PRI en los segmentos bajo y medio de la población, en términos de ingresos económicos.
Así empezó el PRI a comprar votos y corromper voluntades.
Los obsequios electorales y el dinero que reparte el PRI con el propósito de comprar votos y supuestos simpatizantes, se han incrementado en cantidad y valor en proporción semejante a la que los partidos políticos opositores al PRI, adquieren mayor competitividad electoral. Se trata de una maniobra de autodefensa.
El ejemplo más reciente de esa perversión que ha convertido al voto electoral en moneda de cambio, es el caso de la elección para gobernador del Estado de México, en el período 2017-2023.
No se trata de una simple elección. Tampoco de cambalachear obsequios por votos. Ni de una elección común y corriente como otras. Allí están en juego, hoy domingo 4 de junio de 2017, varias cosas.
La estadía de 88 años del PRI en el gobierno mexiquense. También la permanencia del PRI en la presidencia de la república. La supervivencia como grupo de poder político, del Grupo Atlacomulco ─o Atracamulco─ como le dicen sus malquerientes y la maltrecha popularidad del presidente atlacomulquense Enrique Peña Nieto.
¿A quién apuesta usted, amable lector?