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OPINIÓN

Elecciones en Francia: La Unión Europea en vilo

La dinámica del semipresidencialismo francés. El gobierno de coalición previsible. Ganan y pierden

Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP. Autor de diversos libros. Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

Miércoles, Mayo 10, 2017

El triunfo de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de Francia es bocanada de aire fresco en el escenario mundial. Lo es más para los franceses, identificados con posturas progresistas, cercanas a la tradición republicana; aquella que aún mantiene los derechos del hombre y del ciudadano e intenta empatar sus valores con el fortalecimiento de los procesos de globalización y el integracionismo europeo.

El candidato de la organización política ¡En Marcha! Representó en la segunda vuelta llevada a cabo el pasado domingo, lo opuesto a la extrema derecha.

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No es para menos. La primera ronda electoral arrojó un resultado altamente favorable para el xenfoba, racista, excluyente Frente Nacional.

El segundo lugar obtenido en la primera vuelta (Le Pen 21.3% y Macron 24%) prendió luces de alerta. Significaba la posibilidad de un viraje de la política que hasta hoy ha mantenido el Estado francés respecto a la globalización, la unión Europea, el papel en la geopolítica internacional. Escandalizó, además, la propuesta de acciones drásticas para contener los flujos migratorios. A diferencia de la novel democracia mexicana, las elecciones en Europa  sí definen rumbos en la economía, se eligen programas de gobierno, políticas públicas.

El porcentaje obtenido en la segunda vuelta por el Frente Nacional, a pesar de la ventaja holgada del ganador (Le Pen 33.90% y Macron 66.10%), confirma la tendencia creciente, visible desde el referéndum que definió la salida del Reino Unido de Inglaterra –el Brexit- de posturas anti globalizadoras que provienen de sectores ultranacionalistas, favorables a políticas económicas proteccionistas asociadas a la xenofobia, la exclusión y el racismo.

Una primera lectura de las elecciones indicaría que sus resultados fueron un freno para el avance del proteccionismo económico y el reforzamiento de aquellas posturas que, en el espacio público mundial, pugnan por profundizar las políticas de corte neoliberal. La victoria alcanzada alentaría  a partidos pro-neoliberales europeos y latinoamericanos para continuar, ajustes de por medio, el modelo de mercados abiertos. Sin embargo no es (no debe ser) simple la explicación. El optimismo es en extremo opuesto al realismo político.

La presidencial es la primera fase para formar gobierno. La elección parlamentaria es la segunda y definitiva. Su sistema semi presidencial, obliga al presidente a ganar  mayoría en las próximas elecciones para la Asamblea Nacional, una de las dos que componen su poder legislativo, con suficientes poderes de control de gobierno e incluso atribuciones para destituir al Presidente de la República a través de la moción de censura.

Para ganar las elecciones parlamentarias se requerirá de una política de alianzas de amplio espectro. La traducción de la votación en mayoría de escaños enfrenta el reto del abstencionismo, de los votos nulos  y del  realineamiento del voto duro de los grandes partidos políticos.

Las elecciones para asamblea Nacional tienen el mismo sistema. En las últimas elecciones 541 de los 577 diputados fueron electos en una segunda vuelta. Es previsible el escenario de alianzas. Estamos en puerta ante un gobierno de coalición.

Si bien el ganador ha anunciado la conversión de su movimiento en partido político, es prematuro pensar en una mayoría partidaria por encima de una política de alianzas. Es un presidente con una legitimidad alta, es cierto, sin embargo no debe dejarse de lado que las elecciones presidenciales fueron, en la segunda vuelta, de las menos concurridas en la historia francesa. El carisma y la popularidad no fue factor. El ganador, al contrario del discurso, tendría que agradecer la emergencia de candidatas como Le Pen, pues ello le permitió instarse en una posición cómoda de centro para atraer votantes tanto de izquierda como de  derecha. La sumatoria hacia su movimiento es de rechazo hacia el Frente Nacional y no de adhesión.

En este nuevo tramo de la historia francesa la mayoría no proclive al fascismo es abrumadora, no cabe duda. Sin embargo ¿por qué creció la ultraderecha? ¿Por qué el 33% se inclinó por  una opción excluyente, fóbica a los migrantes e incluso de corte fascista?

Como en el caso de Donald Trump, la oferta se dirigió al segmento que abandonó la izquierda mundial: los sectores empobrecidos de la globalización y, en el caso Francés, de la Unión Europea.

En suma: las elecciones parlamentarias, meterán a la ultraderecha en la agenda pública como un actor de peso significativo.

Ocurre en los distintos parlamentos nacionales e incluso en el europeo, el ultranacionalismo xenofóbico se ha colgado, de modo oportunista, de los negativos efectos globalizadores para incrementar su presencia en el imaginario social como un actor relevante y legítimo, capaz de conquistar gobiernos. 

Las democracias consolidadas siempre arrojan sorpresas: gana la presidencia francesa un candidato ciudadano que de inmediato se apresta a formar un partido político. Pierde la candidata de un partido de ultraderecha que introdujo en el espacio público los temas negativos de la globalización: el aumento de los pobres, el deterioro de la economía, el incremento del desempleo y la deuda pública. Vuelven por sus fueros, los grandes perdedores: los tres grandes partidos políticos, dueños y señores de la Asamblea Nacional Francesa.

En el trance, el presidente electo puede quedar atrapado en su cómoda posición centrista y ser factor clave para el próximo ascenso del Frente Nacional. 

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