En un tiempo no muy lejano, los militantes de un partido político lloraban juntos los fracasos electorales. Era común ver los rostros tristes que llegaban a la sede partidista a cobijar a un candidato derrotado; no era su culpa, era el sistema corrupto que desde el poder compraba votos a diestra y siniestra (al menos eso querían creer).
Antes de que en ese partido las imposiciones desplazaran las aburridas convenciones internas donde emanaban los candidatos electos con velo de democracia, los personajes más influyentes intentaban cerrar filas para dar juntos una pelea competitiva. La unidad no era perfecta pero la hipocresía si.
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Cuando en ese partido político se dieron cuenta que ganar no era un sueño guajiro entonces las asambleas se volvieron cuadrilátero. Un día, dos grupos antagónicos terminaron aventando sillas y rompiendo cristales de un salón social. Hubo heridos leves y muchas mentadas de madre. La lucha por el poder tuvo episodios similares.
Poco a poco los líderes de ese partido dejaron de arengar a sus seguidores a votar en familia y denunciar las mapacherías del gobierno tirano. Cansados de los fracasos y deseosos de experimentar triunfos, abrieron una auténtica caja de Pandora. Vieron en un nuevo perfil -sin afinidad a ellos- que sabía ganar elecciones con dinero y operación política. Importaron las prácticas anti democráticas que criticaron durante años a sabiendas del costo interno.
Fue entonces que ese partido empezó a transformarse en un monstruo de mil cabezas. Quienes se sintieron dueños del balón se quedaron en la banca; algunos por convicción y otros por resignación. Un nuevo grupo político adquirió forma y se fue alimentando con pago de favores y traiciones. Mandaron la ideología al caño y dieron la bienvenida al pragmatismo porque entendieron que los buenos deseos no llevan a gobernar.
Ese partido que había emanado de un anhelo colectivo adquirió un poder ilimitado; empezó a manejarse con un estilo poco convencional pero funcional para los nuevos objetivos electorales. Los fundadores y los candidatos mártires quedaron en el pasado. Los fieles militantes debieron elegir entre el exilio y la sumisión; sin embargo hubo quienes intentaron remar en sentido contrario y trataron de ahogarlos. No hubo muchos sobrevivientes.
En un tiempo no muy lejano, los cuchillos no estaban tan afilados contra quienes decidían caminar en paralelo a los designios partidistas. La congeladora era su destino, sin tanto agravio personal ni político. Conforme pasaron los años, los castigos se volvieron implacables para demostrar que la casa tenía nuevo dueño.
Quienes alguna vez comieron del mismo plato decidieron denostarse públicamente. El terreno político lo llevaron a un tema personal convirtiendo las redes sociales en un pantano donde enjuagan sus puntos familiares más frágiles. En un tiempo no muy lejano, el respeto era eje central del partido; hoy, puro canibalismo.
Ante los próximos retos electorales, "el partido que competía como nunca y perdía como siempre" ha decidido reforzar sus alianzas externas. Hay mucho en juego: Poder y dinero. Sacrificarán a quien sea necesario porque en esta nueva visión política la derrota ya no es opción.
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