Las elites de nuestro país no digieren la elección de Trump. Es su trauma. No atinan a comprender. Incrédulos, aún dudan de la traducción de la campaña electoral en actos de gobierno nacionalista.
En nuestro país, su principal vocero Enrique Peña Nieto, insiste en la quimérica “integración con América del Norte”. En el paroxismo y ridiculez, sectores usufructuarios del viejo y autoritario mito en que se convirtió el proyecto de sociedad nacional del siglo XX, apelan hoy a la unidad nacional para contener el torque de vuelta del TLCAN.
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Unidad es el reclamo de la fanaticada neoliberal mexicana convertida hoy en irredenta nacionalista. Son amnésicos. Un primer efecto del tratado comercial trilateral fue la expulsión de millones de nacionales, cuyos derechos nunca –salvo por el defenestrado ex canciller Castañeda- fueron reclamados por los gobiernos mexicanos ni por alguno sus voceros oficiosos. En más de 20 años tampoco opinaron sobre la acción destructiva para la industria nacional.
Dice Carlos Heredia, investigador del CIDE: “con el TLCAN se apostó todo a la manufactura, sin crear cadenas de suministro sólidas y teniendo que importar casi todo [y] eso ha generado un desbalance: el superávit que tenemos con Estados Unidos está interrelacionado con [un déficit con] China”... “Descuidamos el mercado interno, y ahora vemos las consecuencias”. (http://www.forbes.com.mx/asi-sera-la-vida-despues-del-tlcan-para-mexico/#gs.ystuMnng)
Las secuelas para el tejido social son desastrosas. El libre comercio significó privatizar todo: salud, educación, derecho a la vivienda, educación, investigación, agua, petróleo, seguridad pública, espacios públicos, transnacionalización delincuencial, descontrolada corrupción de los sistemas de seguridad pública en todos sus niveles y ensanchamiento de la brecha social.
El influjo redujo al mínimo la función social del Estado. Las elites mexicanas, fanáticas y con vocación de súbdito, hicieron del país el mejor lugar del mundo para un remate globalizador de garaje.
El razonamiento absurdo y dañino, por ingenuo, establecía una ruta irrevocable en la historia dirigida al libre tránsito de mercancías para concluir en libre tránsito de personas. ¿Por qué preocuparse entonces de lo que podría ocurrir en nuestras fronteras? Convirtieron en anticuado y ahistórico el proyecto de sociedad nacional, de patria, de nación. Proclamaban tendencia sin regreso en la integración económica. Lo peor, siempre pensaron que lo estaban haciendo bien.
El mercachifle consumado, presidente de los Estados Unidos, los sorprendió. La plataforma de acciones gubernamentales -que no es lo mismo que el modelo propagandístico electoral que incluyó xenofobia, racismo y misoginia-, ha echado a andar un programa de base extractiva y de talante nacional, para apenas resarcir el daño social de la globalización a su sociedad nacional.
Entre otras cosas, apunta a reducir el déficit fiscal y fortalecer la hacienda pública gravando a consumidores con cierta capacidad adquisitiva. Su estrategia incorpora criterios de austeridad, reducción de salarios y recorte de personal en la burocracia federal así como adecuaciones sustantivas al programa de salud y defensa.
El engrosamiento de su base fiscal son los impuestos a importaciones, que pagarán los sectores medios, consumidores y contribuyentes cautivos. El mercado norteamericano es exigente en sus controles de calidad y no mermará significativamente la adquisición de productos mexicanos o extranjeros. Incluso, baratos con todo y gravamen extra. La mano de obra mexicana es de pago miserable.
La fórmula gubernamental no es compleja, tampoco atiende criterios de fundamentalismo político, ideológico, supremacista o totalitario. Es realismo económico. Adaptación del capitalismo norteamericano a los desfases de carácter nacional que generó el modelo neoliberal. Cuidan y fortalecen su mercado interno para no llevar a la sociedad nacional norteamericana, a un estado crítico por el aumento del número de pobres y deterioro del tejido social. Atraviesan por una crisis significativa de hartazgo: la violencia delictiva es incesante como la desmejora de la calidad de vida y la falta de empleo.
Trump no es un estadista, se encuentra lejos de ello. Su estatura llega hasta donde el modelo republicano liberal quiera. Ni siquiera cumple el requisito totalitario o fascista de generación de consenso a punta de bayoneta. Sus alcances terminan donde empieza una sociedad profundamente dividida. Es un buen vendedor de fobias racistas y xenófobas con una fórmula política que apunta a reconstruir “su sociedad nacional”.
Como vendedor y no como supremacista, se ha instalado en la Casa Blanca para sacar las mayores ventajas en los intercambios comerciales internacionales. Si algo caracteriza a las elites norteamericanas es precisamente su pragmatismo, más cuando de economía se trata.
Cierto, el WASP (blanco, anglosajón y protestante) gobierna diversos estados de la Unión Americana, mantiene fuerte presencia en la cámara de representantes y en el senado, controla segmentos de la opinión pública, canales de televisión, estaciones de radio e influyentes programas de opinión, sin embargo las políticas gubernamentales son producto de debates que incorporan una fuerte discusión en el espacio público, con influencia en esferas gubernamentales. La opinión pública es vigorosa y apunta con severidad y crítica. Además y sustancialmente, se encuentra presente una sociedad civil que no duda en salir a la calle para ejercer protesta, resistencia y confrontación con el gobierno.
El fuerte activismo social mueve los dispositivos de control de las decisiones gubernamentales y funciona con alta probabilidad de detener las acciones, incluso aquellas derivadas del endurecimiento de la política anti migrante.
A las elites mexicanas les incomoda reconocer la operación del sistema republicano y son absolutamente desconocedoras de su plataforma social plural así como de la rica y paradigmática historia de su sociedad civil. Un importante segmento apoya hoy en día la defensa de los derechos de los migrantes. A contrario de la postura sumisa y asustadiza de los políticos mexicanos, quienes no piensan en claves nacionales y sí con orgullo, se asumen como los mejores compradores de espejos y lentejuelas y los vendedores de clases mundial de la globalización.
La prueba es precisamente la construcción del Muro de la ignominia. Paradójicamente representa la derrota anticipada de los integracionistas; su construcción inicia el mismo año de implementación del Tratado de Libre Comercio: 1994.
En vez de construir una agenda anti muro. Los gobiernos mexicanos asumieron actitudes de complacencia y beneplácito; les faltó Matría. Les sigue faltando. Seguramente los próximos meses serán significativos para el futuro del país. Trump dio la puntilla a la actual elite política.
Insistimos: la sociedad mexicana tendrá que construir el futuro en claves nacionales. Largo el trance que espera.
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