Al escribir sobre el amor de pareja aparece un alboroto de teorías e ideas como gaviotas, pelícanos y garzas que se juntan a la hora que los pescadores vuelven y los peces saltan desesperados tratando de salvarse y sobrevivir. Otra vez advertimos de principio que las cosas ya no son como antes, Zigmunt Bauman nos advierte de la fragilidad de las relaciones actuales, de la inconsistencia de los compromisos, de que encontrar el amor implica despedirse de la propia libertad, que se tienen que hacer acuerdos permanentes supeditados a ciclos, momentos, épocas, proyectos de vida, cambios o, incluso, acuerdos de replantearse una relación abierta, donde participen otros de su amor, nada que ver con el antiguo “hasta que la muerte nos separe”.
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El amor de pareja termina resultando un accesorio más de la individualidad moderna. Los que siguen practicando la religión del matrimonio tradicional pagan importantes cuotas de sacrificio para lograrlo y a la fecha, no dejan de sentirse anacrónicos por su propia persistencia, aunque lograr su meta los llene de satisfacción y orgullo con los demás y consigo mismos. La caída de las instituciones sociales (familia, iglesia, estado, escuela, partidos políticos) pega duro en nuestra credibilidad y en nuestra fe de que todo sea estable y duradero. Por su parte Lipovetsky en “El imperio de lo efímero”, plantea que vivimos supeditados a las modas, a los antojos, cambiamos de ropa, de auto, de carrera, de relación todo el tiempo, el fenómeno de las modas amenaza una vez más nuestra idea de permanecer, de estabilizarnos, de sentar cabeza como decían nuestros padres.
La ligereza la buscamos en todo, comemos comida ligera, ropa ligera, teléfonos celulares cada vez más pequeños y ligeros, computadoras que son una tablita ligera, televisiones planas y ligeras -todos estos aparatos generan adicción en las personas y duran poquísimo tiempo, llenan el mundo de basura-, cuerpos ligeros, por eso vamos al gimnasio, autos ligeros, relaciones ligeras, preferimos a las personas ligeras, nunca a la pesadas, hacemos fiestas ligeras bailando, no discutiendo, compromisos ligeros, trabajos ligeros, sexo ligero…, el hedonismo hipermoderno nos ha convertido francamente en seres inaguantables.
El sexo, que antaño se guardaba celosamente como un tesoro para entregarlo al verdadero ser amado en el matrimonio, hoy lo hemos vuelto una vulgar necesidad fisiológica que se practica después de ir al antro. Tenemos sexo como nos sonamos la nariz en un resfriado. Todo es efímero.
Y por otro lado, la monserga de melaza pastosa de los que andan con los rollos de otras vidas en los que nos habíamos conocido, de la energía que es la que nos conecta, de los karmas y los dharmas y mis tejocotes bien pelados para el ponche. O que hay ángeles invisibles que nos han unido o que esta irremediable química, física y matemáticas que nos unen, que nuestros sistemas inmunológicos se conectaron como si tuvieran Wifi, que tú en realidad fuiste el perro que tuvo una tía y que le gustaba mucho a una hermana de mi abuelita y por eso tú y yo tenemos que estar juntos para siempre.
Tener una linda pareja y estar enamorado es una de las experiencias más maravillosas del ser humano, vivirlo y perpetuarlo es sin duda una de las más grandes satisfacciones, yo creo que la edad, el interés, la disposición, la circunstancia, la coincidencia del encuentro y todo lo demás tienen que ver con esto. Un viejísimo libro publicado en NY en 1974, llamado Cambio de marchas, de Nena y George O`Nell, dice que vivimos en constante movimiento, pasamos de una cosa a la otra y de una pareja a la otra, no sabemos vivir el cambio, detenernos por un tiempo, hacernos de conocimientos diferentes sobre nuestra naturaleza verdadera y la de los demás.
Si hay algo con lo que tenemos que rifarnos hoy en día es con el constante desencuentro y el constante desamor, prepararse para ello me parece hoy la materia más necesaria: aprender a cuidarse, a protegerse del otro, de su indiferencia, de su desprecio, de su mentira, de nuestro propio desinterés, de la famosa incompatibilidad de caracteres, de que los acuerdos del contrato de pareja lleguen a esta parte irracional que nunca previmos, que jamás nos imaginamos, como siempre lo digo, “no sabemos por dónde es que saltará el conejo esta vez”. Creo que el gran tema es la verdadera elección, no el encuentro permanente, sino la elección donde realmente nos quedamos con una persona. ¡Cuanta ignorancia tenemos acerca de las relaciones de pareja, cuán ciegos y a tientas caminamos para juntarnos unos con otros, cuán irremediable es la fatalidad de lo irremediable! Cuán hermoso es el amor y la completud, cuán duro es el olvido. Mi cariño para todos.