Enrique Peña Nieto anunció el cambio de titular de la Secretaria de Relaciones Exteriores. El lugar de Claudia Ruiz Massieu Salinas fue ocupado por el ex secretario de Hacienda y Crédito Público. La sustitución pasó inadvertida, escasamente atendida por los analistas a pesar de la importancia estratégica de las sustituciones en los gobiernos presidenciales.
El cambio de estafeta en el gabinete presidencial siempre ha llamado atención pública. Son los hombres del presidente y apuntan a convertirse en piezas sucesorias. Ocurrió desde Lázaro Cárdenas hasta Felipe Calderón, exceptuando a Vicente Fox y al ex gobernador del estado de México.
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La composición del gabinete y sus modificaciones subsecuentes –en todos los periodos sexenales del priismo- siempre han apuntado a mostrar radiografías de la distribución del poder presidencial. Si bien el ejecutivo es la figura fuerte del sistema político mexicano, no sustituye todas las funciones que las otras partes desarrollan.
El presidente y el equipo de gobierno son componentes de rutinas de disciplinamiento jurídico-político. A través de las funciones constitucionales se consigue cohesión, disciplina y lealtad de toda la clase política hacia la figura presidencial.
El llamado primer mandatario busca equilibrios sustantivos. Se convierte en el fiel de la balanza en las disputas por el poder económico, político y social que mantienen soterradamente, a veces, o de modo visible, crudo, en otras, los distintos grupos, organizaciones, familias, personajes, facciones y fracciones de toda índole, legales e ilegales, visibles e invisibles, institucionales o para- institucionales.
En el universo cerrado que constituyó durante 80 años el poder autoritario, el sistema de gobierno presidencial fue denominado por Cosío Villegas, monarquía sexenal, transversal, no hereditaria. Dicha cualidad fue acompañada de un partido, que a través de procesos electorales, controló el poder legislativo y judicial, permitiendo al ejecutivo sobreponerse a los otros dos poderes. La fórmula, aún y a pesar de sus accidentes, permitió que la élite política mexicana resolviera más o menos pacíficamente sus conflictos. Si bien nunca de modo óptimo, sí con amplia aceptación de todas las partes. Los cambios en el gabinete, siempre fueron de la potestad presidencial sin mayores contratiempos. Si un miembro renunciaba o era despedido, la funcionalidad institucional se imponía sin que llegara a ser considerado como la evidencia de escisiones, anomalías, quiebres o rupturas de todo el sistema.
Tal dinámica otorgó cohesión, posibilidades de reproducción y un normalizado reciclamiento y circulación de la clase política. Evidentemente, ayudaron y ayudan, mucho, las atribuciones constitucionales. El sistema político mexicano conserva una figura presidencial fuerte. Todos estos elementos prodigaron estabilidad y durabilidad al sistema político mexicano.
No ocurre lo mismo con el regreso del supino internacionalista.
Hay una adelantada salida del período sexenal. La representación política de Peña Nieto se mantiene sostenida por el orden jurídico. La legitimidad ha venido a menos desde el segundo año de gobierno. Hoy el presidente aparece en los medios pero ya no es un factor determinante de la política del país. Incluso es tan débil que no se vislumbra en la escena pública. Nació de los medios y gracias a ellos se fue perdiendo el presidente. Solo quedó la persona.
La vuelta del ex secretario de Hacienda es la debacle. ¿Qué tan útil puede ser para la política presidencial una figura que señala en su primera declaración que viene a aprender?
Un aprendiz de brujo en un gobierno que se extingue en la demagogia no es desde luego un buen síntoma. Significa que la tersura en los hilos y las redes políticas, los acuerdos entre élites, sus negociaciones, sus compromisos, las lealtades, los pactos, el reparto pacífico del poder, la cohesión alrededor de la presidencia, justo por el oficio de experiencia política, se rompió.
El principal impulsor de la nefasta política hacendaria que hoy tiene incendiado al país regresa en el peor momento y de la peor manera.
La salida de Claudia Ruiz Massieu Salinas significa la salida del salinismo del gabinete presidencial (paradójicamente, la parte encargada del oficio político), lo cual es evidencia de que el presidente, metafóricamente hablando, se quedó solo.
Primero fue Manlio Fabio Beltrones. La caída de las siete gubernaturas fue el pretexto. Voces internas denunciaron que la estrategia de los “técnicos” del gabinete persiguió, desde el inicio, expulsar al sonorense del edén presidencial. Ahora es la sobrina de un ex presidente.
En pocas palabras, los fundamentalistas neoliberales trasnochados se mantienen en los escombros del actual gobierno. Nadie puede negar que dicho grupo, muy previsor en la política y malo para la economía, pretenda quedarse con la presidencia. No en dos años, sino ahora.
Luis Videgaray no busca milagros para cambiar la política económica de Donald Trump. Tampoco la candidatura presidencial del priismo. Regresa al gabinete sobre la suposición de una posible renuncia de Enrique Peña Nieto.
Si las dinámicas que dieron estabilidad y perdurabilidad del sistema político mexicano se han roto (la renuncia de los salinistas, el enfrentamiento con las Fuerzas Armadas, el alejamiento de los antiguos partidos aliados, la inconformidad de diversos actores, económicos, sociales y eclesiásticos; la iglesia, televisa; la crispación social violenta) la salida anticipada de Peña no parece tan lejana.
En dicho escenario el grupo de los técnicos no desea ser marginal, aunque sea su miseria intelectual y humanista la causante de la inestabilidad social. No quieren perder el poder antes del 2018.
En cuatro años, cohabitaron con la vieja clase política, solo que a diferencia de ellos, se hicieron compactos, después acabaron desplazándolos del primer círculo. Salvo la Secretaría de Gobernación, que no hace absolutamente nada, controlan todas las instituciones, sea porque las dependencias estén en manos de los técnicos puros o bien porque su hegemonía es tal que redujeron a empleados de quinta a políticos y políticas como Rosario Robles.
El cálculo de esta novel elite, sin miramientos de ningún tipo, contempla la sustitución del presidente.
En un escenario extremo, la renuncia de Peña Nieto desaceleraría la protesta social y al mismo tiempo permitiría la aplicación de la política fiscal. Ahí una figura cercana al actual ejecutivo, creen ellos mismos, se convertiría cuando menos, en el nuevo factor de poder.
¿Por qué el ex secretario de hacienda? Porque alrededor de las arcas públicas, tanto del estado de México, como desde la comisión de Hacienda en el congreso federal y siendo secretario de Hacienda, participó en el diseño de una amplia red de intereses económicos que quedarían en el desamparo si ocurriera una caída presidencial abrupta.
Fuera de ello Videgaray no representa una fuerza nacional, tampoco es cabeza de algún grupo de presión política. Es un empleado de trasnacionales, voz de inversionistas que han acompañado a la actual elite política y que hoy velan la salvaguarda de sus intereses económicos en la anunciada larga noche de crisis económica y política.
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