A Fer, en su cumpleaños.
Y a la memoria de mi mamá,
Más artículos del autor
Obdulia Víquez, en el aniversario
42 de su retorno al Misterio,
con todo mi cariño.
Acudo con mi primogénito Pablo al cine. Hasta el último hombre es una película que nos introduce en una experiencia donde la objeción de conciencia no sólo es capaz de sobrevivir a la violencia del poder, sino de servir realmente a la patria y, lo que es su núcleo, a las personas que la forman. Es el triunfo del no violento sobre el poder, primero, del estado y, segundo, de la guerra.
Es verdad que, por un lado, la historia de la humanidad es la historia de la lucha por el poder, del poder para el servicio del poder: es la historia de las guerras, del nacimiento, desarrollo, crecimiento, decadencia y caída de los imperios. Pero también es, por otro lado, la lucha, el esfuerzo, el testimonio de la razón y de lo razonable para humanizar la convivencia; es la lucha de la razón por ganar un espacio en la historia. Esa lucha racional es lo que en sentido estricto dio origen a la política como un forma de resolver los conflictos de manera no violenta (salir de la ley del garrote). Esa es la verdadera política. El problema es que la violencia habitualmente se impone a la razón y a la política, a la no violencia y a la conciencia.
Desmond Doss, en la película de Mel Gibson, representa las convicciones profundas –que son cosa seria y no una caricatura- frente al poder, frente a esa decisión del poderoso de someter y avasallar (el estado mismo y su sistema burocrático, jurídico, político y administrativo). Es el mismo argumento de fray Bartolomé de las Casas para defender a los indios de la corona española: frente a la conciencia ni Dios puede imponerse. Los límites del poder están trazados, precisamente, por la conciencia. Y claro, cuando ésta está ausente, el poder se vuelve absoluto.
El escenario del país no es halagüeño, en cierto sentido, así lo percibí en la película, es un escenario de batalla, donde enfrentamos a un enemigo poderoso, temible y terrible, vengativo, inmisericorde, salvaje, que no entiende razones y, sobre todo, que busca destruirnos. Es un escenario –estoy siguiendo la metáfora de la película- donde la violencia es inminente, el peligro real y latente, más, y ahí, en medio de unos y de otros, ambos con sus justificaciones y con sus armas de destrucción, está la postura de la conciencia: salvar la vida, salvar cualquier vestigio de humanidad: “Salvemos uno más”, dice Doss. Y termina salvando a más de los que pensaba. Es el fruto del hombre no violento incluso para los resultados de una política efectiva, pues colabora en el triunfo de su país.
Con el gasolinazo y el desatarse de la espiral inflacionaria en todo el país, el gobierno federal ha sido insensible a la voz de los ciudadanos, de las familias, y ha propinado un golpe directo a los bolsillos de todos (excepto de las burocracias doradas). Los legisladores han avalado esto de alguna manera y –ni locos que estuvieran- no han dicho ni pío en estas circunstancias negras. El gobierno estatal, dizque solidarizándose con las familias poblanas al no incrementar el costo del pasaje del servicio público (“que se haga la voluntad de Dios en los bueyes de mi compadre”), ha decidido no escuchar las voces que alertan, por ejemplo, que un procedimiento de designación de notarios públicos se hizo en la completa y llana opacidad. Y lo hace porque, aun teniendo la obligación legal y moral de hacerlo, tiene ganas de no hacerlo, de ni siquiera explicar nada a sus ciudadanos a quienes supuestamente se debe. Lo hace por una razón simple: tiene el poder, un poder sin conciencia.
La conciencia en cambio actúa de otra manera, en otra dimensión, tiene otra fuerza, más humana, más efectiva y, sin embargo, también tiene impacto político e histórico. Quizá el malestar de la mayoría de mexicanos y mexicanas requiere de una buena dosis de esa conciencia que objeta las decisiones de poder –en serio, porque las convicciones profundas no pueden ser sino en serio. De lo contrario, quedará preparado el polvorín más devastador que la explosión de Tultepec.