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OPINIÓN

El muro de las lamentaciones, la fe y la esperanza

La injusticia. El mal en el mundo. Los excluidos. La indiferencia de los poderosos. Su incapacidad.

José Alarcón Hernández

Lic. en economía, con mención honorífica. Diputado Local dos veces y diputado federal dos ocasiones. Subsecretario de Educación Superior de la Entidad y Subsecretario de gobernación del Estado. Autor de 8 libros publicados por la Editorial Porrúa. Delegado de la SEP Federal en el Estado. Actualmente Presidente del Colegio de Puebla. A.C.

Lunes, Noviembre 7, 2016

Cambiar el mundo, amigo Sancho,

no es locura ni utopía, ¡SINO JUSTICIA!

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Miguel de Cervantes

Hace varios millones de años, los seres humanos, el homo sapiens,  habitaron diversas zonas y regiones de esta tierra donde vivimos.

No hay necesidad de recordar en detalle los progresos que fue produciendo la humanidad hasta hoy.

Antes de descubrir el fuego y comer carne asada se alimentaba con productos crudos hasta llegar a los refinamientos, que buena parte de la humanidad disfruta.

Hoy los grupos humanos aglutinados en naciones conforman sociedades, cuya característica fundamental es la desigualdad, que es una expresión de la injusticia.

Las grandes calamidades envuelven a más de mil millones de habitantes que no tienen que comer, ni médico, ni medicinas, ni casa, ni nada.

Nos afligen las convulsiones en que se desenvuelven los grupos humanos, las guerras entre naciones, y por lo tanto miles de muertos, de inocentes.

Con el papa Francisco estamos de acuerdo en que parece que se ha iniciado la tercera guerra mundial.

Dominan las guerras y las luchas fratricidas, no el orden, la paz, ni la justicia.

El mundo está a punto de morir asfixiado.

No hemos podido caer en cuenta de que los desamparados, los excluidos pueden llevar a los que tienen todo, también a una crisis aguda, que produzca más enfrentamientos entre pueblos y aun entre naciones.

Pocos países tienen a sus habitantes disfrutando de “libertades”.

Dominan los monopolios, los más fuertes.

La lucha como siempre ha sido, es obtener ahora la máxima ganancia que es una expresión de la explotación de unos cuantos sobre la inmensa mayoría de los trabajadores.

Vivimos pues en este mundo de conflictos, en el que nadie tiene misericordia por nadie.

Sólo se producen algunas voces invocando justicia y paz.

El mundo no parece entender que la fraternidad y la solidaridad debe ser el signo distintivo de la convivencia entre seres humanos y entre naciones.

Por el contrario las naciones más poderosas se preparan con las armas de exterminio para que puedan vencer a sus competidores o a sus adversarios.

Los seres humanos ciertamente han avanzado, por ejemplo, en el combate de las enfermedades, pero las desigualdades subsisten.

Los tiempos contemplan el encaramamiento de unos cuantos que se convierten en dictadores. En América Latina tenemos muchos casos, nada les conmueve, sólo les importa el poder y el uso de la fuerza pública para gobernar.

A veces parece que el mundo no tiene remedio, pero lo cierto es que la humanidad ha transitado desde siempre por un camino de estrangulamiento de otros, cueste lo que cueste.

Parece que el mal es algo innato en los seres humanos y en los grupos.

Una parte de la humanidad, la mayor cantidad, no tiene otro remedio más que expresar lamentaciones por el estado de cosas que profundizan el encono y envenenan la convivencia.

No hay forma de hacer entender a los que ostentan el poder y dominan a través de las grandes empresas y de los monopolios.

¿Entonces que hay que hacer? ¿Aguantarse?

Conscientes estamos que no podemos abandonar este planeta, huir hacia algún lugar tranquilo y pacífico.

Eso no existe. El hombre tiene que cargar su propia cruz.

La otra cara de la moneda está en advertir que sólo la fe y la esperanza de esos grupos, millones de seres humanos, pueden darles fortaleza para aguantar tantas maldades.

Crímenes por todas partes, abusos por doquier, explotación invisible.

Todos los días, la actitud de muchos es joder al prójimo.

Los gobernantes entienden pero no atienden, se excusan y piden disculpas.

El mundo es más complicado de lo que ahora delineamos.

Sólo la fe detiene su desesperación. La fe es un modo de ver la vida y de vivirla confiando en sí mismo, en el Dios de su consciencia y de su convicción.

La mayor parte de la humanidad cree en  un ser supremo que puede ayudarla a salir de este embrollo envenenado, que se respira de día y de noche.

La fe en sí misma, la fe en otros, la fe en un ser supremo, es lo que sostiene a la humanidad.

La esperanza de que cambien las cosas, de que la justicia domine entre los hombres es un anhelo que es inalcanzable.

¿Cuándo viviremos en paz? ¿Cuándo los desheredados podrán tener casa, vestido y sustento? ¿Cuándo desaparecerá el dominio explotador de unos cuantos sobre muchos?, ¡Nunca!, ¡Nunca!, ¡Nunca!

Frente a este ¡Nunca!, están la fe y la esperanza.

Y lo peor es que el mundo no se va a acabar. Los demonios siempre andarán sueltos.

Los santos son muy pocos que son arrasados por los males y por los diablos.

Los demonios y los diablos son los propios hombres que no entienden, que no comprenden, que no aprenden a ser misericordiosos.

¿Dios creo al hombre así?

Pero si Dios no existe, han dicho muchos filósofos, científicos y políticos, no todos.

Para los creyentes hay fe y esperanza.

El mundo así está y no cambiará, ¿Qué hacer? Aguantarse.  

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