No hay duda, en todos estos meses, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos se convirtió en el personaje de mayor popularidad, o más exactamente, en la figura más repudiada por los mexicanos; una encuesta muestra que para el 76 % proyecta una imagen negativa.[1]
Visto bien el tema, la contienda presidencial de Estados Unidos significa un auténtico choque cultural. De pronto, la emergencia de una figura (“sui generis”) y su reciente visita a nuestro país, mostró entre otras cosas, paradojas en la relación de los dos sistemas políticos.
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Nunca antes nos habíamos interesado masivamente por las elecciones presidenciales de quien no hemos visto con buenos ojos; fue intrascendente a quien elegían sus votantes. En esta ocasión, a contrasentido, amplios segmentos de mexicanos, incluso, quisieran que ganara Hillary Clinton.[2] Aunque sea ella la represente del WASP (blanco, anglosajón y protestante), clase mediero norteamericano.
La aversión del imaginario social, de bases históricas, fue alimentada por la instrumentalización política que el régimen autoritario hizo del antiyanquismo. La combinación de los dispositivos simbólicos del nacionalismo revolucionario con las claves de resistencia social provocadas por la invasión norteamericana del siglo pasado y antepasado, inhibió cualquier tipo de hibridación de cultura política transfronteriza de venia democrática. El aislacionismo atravesó transversalmente a la sociedad mexicana. Gracias al muro nacionalista, el régimen hizo a un lado la incomodidad que siempre le representó observarse en el espejo de la competencia electoral presidencial de Estados Unidos. La democracia, el desenvolvimiento de su sociedad civil, las largas luchas por la defensa de los derechos del pueblo norteamericano, la acción social contra el segregacionismo racial, la emergencia de los grupos ecologistas contemporáneos, nos fueron totalmente ajenos. Sus valores políticos –no de los elitistas halcones del orden social y económico WASP- fueron “rara avis” gracia a la aversión absoluta sintetizada en el mito de la nación mexicana.
Una vez enfilados en la globalización, se perfiló en la propaganda globalizadora de los fundamentalistas neoliberales de casa, el integracionalismo. Parecía que el nacionalismo había quedado atrás. El referente ideológico del imperio colonizó a nuestras elites creando una fantasía como proyecto de futuro.
La retórica xenofóbica se encargó de despedazarles el sueño, que no es todo su contenido. No debe pasar por alto la oferta de futuro para el white trash gringo (la “basura blanca” de la casa del imperio compuesta por los pobres blancos y negros, cuya franja se ensancha gracias al agresivo desarrollo del capitalismo mundial). Ofrecen recuperar desde el Estado, el originario proyecto de nación, que significa empleo para sus pobres si se excluye a los migrantes y castigan las importaciones.
El núcleo de su oferta de gobierno toca fibras colectivas del elector norteamericano. Fue el éxito inicial de su discurso. Identifica a los enemigos del sueño norteamericano, ofrece mecanismos para combatirlos y promete un futuro luminoso para los americanos white trash.
Su retórica sigue teniendo eco. Los desplantes xenofóbicos y las amenazas hacia los inmigrantes provocaron un auténtico shock que desenterró los usos del nacionalismo mexicano y además, en un juego de efecto indeseado, mostró que la proclama del bloque de América del Norte de nuestras elites políticas son sueño, quimeras, engaño y luego entonces no queda sino voltear la vista, considerar la recuperación del horizonte local, que significaría en principio, reconstruir el tejido social.
Es posible que el recurso antimexicano haya llegado a su fin; los últimos sondeos muestran declive en su popularidad; la xenofobia dejó de tener positivos mediáticos y es poco probable que mantenga su función de utilidad; el tema del muro fronterizo va perdiendo centralidad.
En apariencia el republicano inició una curva de descenso en la intención del voto después del pasado debate, lo cual indicaría una posible derrota. No son pruebas suficientes. Faltan eventos mediáticos cuyos efectos hacen mucho más incierta la competencia y no sería extraño un repunte en la etapa final.
La contienda continúa cerrada. La mirada nacional apunta como deber ser, un desenlace favorable para la ex primera dama por mantener un discurso que no confronta a la comunidad mexicana. Sin embargo, el diagnóstico puede ser equivoco, el futuro promisorio republicano sigue calando entre los pobres de estados unidos.
Mientras, las elites mexicanas -especie de tío Tom- se truenan los dedos porque creen depender de la elección presidencial. Para ellos la victoria demócrata apunta optimismo. Donald Trump significaría el fin del desvarío.
gnares301@hotmail.com
[1] http://www.elfinanciero.com.mx/nacional/el-75-de-los-mexicanos-repudia-a-donald-trump.html
[2] http://www.ansalatina.com/americalatina/noticia/mexico/2016/08/16/mayoria-de-mexicanos-apoya-a-hillary-clinton_767d7f23-ae34-41cf-af62-746bca39b9fa.htmlo