¿Cuándo seremos una sociedad, cultura, nación que ampare e integre a todos, a los distintos pueblos, razas, lenguas, historias y concepciones ideológicas? ¿Seremos un país dinámico, moderno y en constante desarrollo, plenamente integrado con el norte y el sur y con un nuevo perfil en el mundo?
El breve vistazo a nuestra historia nos muestra líneas que marcan continuidades, deseos latentes, tendencias y concreciones que debemos fortalecer y lastres que debemos eliminar pues sólo responden a un falso nacionalismo que encubre disparidades e injusticias con discursos que nos confunden e impiden encontrar el hilo conductor que nos saque del laberinto, de la soledad inútil.
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Cierto, alcanzar esa sociedad no sólo depende de nuestra voluntad, pero tampoco puede alcanzarse sin ella. A esta voluntad hay que agregarle una actitud: los problemas que enfrentamos son nuestros, independientemente de su origen o circunstancia, y como tales debemos reconocerlos para entenderlos y encontrar soluciones.
Las profundas transformaciones vividas durante los últimos cuarenta años no hubieran sido posibles si el país -su gente, su pueblo- no estuviese dispuesta a cambiar, lo hemos estado desde siempre y esta voluntad de cambio, convulsiva incluso, ha sido históricamente recurrente.
Hoy la política vuelve a tener la enorme responsabilidad de conducir esa voluntad, impedir que se desborde y encausarla a terrenos fértiles.
En este periodo de alternancia los errores han sido avisos de un desgaste y de políticas ajenas que nos fueron impuestas.
La democracia que enarbolan nuestros políticos se ha reducido a una visión que utilizó la libre empresa de este nuevo estadio de liberación del comercio. Ahora, en la repartición del capitalismo, debemos preguntarnos ¿por qué los bienes de consumo y el progreso son para unos cuantos países desarrollados, mientras a otros sólo nos ha tocado la pobreza?
Nuestros gobernantes se encuentran enfrascados en una lucha electoral que a veces lesiona al Estado de Derecho; lo que se origina en una falsa apreciación de la democracia, que es un principio de convivencia que permite la aceptación del otro y su intervención en asuntos públicos no como lo mío, no como soy yo o el otro, sino como un somos nosotros. En la democracia no sólo conviven hombres sino ideas, filosofías y religiones.
Uno de los errores fundamentales de este estado del Estado Mexicano es que en aras de desplazar a un partido del poder se ha ensalzado la democracia como el remedio a todos nuestros males, y esto no es enteramente cierto; no podemos basar nuestro futuro sólo en la democracia ya que ella es sólo una herramienta para alcanzar el consenso, para establecer nuestro vínculo con el futuro, en el que interviene necesariamente la economía, el derecho y el riesgo como factores de esa realidad.