Mientras el presidente de la república refiere los indicadores económicos como reflejo de solidez para el país, la realidad que cotidianamente enfrentan los mexicanos es distante y distinta a su declaración.
Peña Nieto ilustra muy bien una cara del embrollo: creación de un millón 962 mil empleos formales; crecimiento del consumo interno, 4.7% anual, aumento de la tasa anual de 19 por ciento en la venta de vehículos; mayor inversión extranjera directa, “en los últimos tres años el país captó cerca de 110 mil millones de dólares, 60% más que la registrada en el mismo periodo de la administración anterior” ; crecimiento de la economía “cercano” a 2.5 por ciento.
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De acuerdo a la misma fuente, el ejecutivo declara: “México es un ejemplo de estabilidad macroeconómica”; finanzas públicas sanas, inflación en mínimos históricos y un sistema bancario robusto. Concluye afirmando que “si bien los beneficios de las reformas se reflejarán con mayor claridad en el futuro, diversos indicadores nos señalan que vamos por buen camino”.
Notorio el optimismo presidencial. Contrario a la expectativa de realismo económico de la sociedad. Hay verdades insoslayables que afectan el bienestar de las familias mexicanas: nuestra moneda se devalúa.
Enrique Peña recibió un tipo de cambio de casi 13 pesos por dólar y hoy la moneda americana se cotiza a 18.95. Si bien no hay estancamiento, el país requiere, al menos, 3 por ciento de crecimiento. Expertos afirman que “22% de los jóvenes en México entre 15 y 29 años son “Ninis”, es decir, ni trabajan ni estudian” . Esta cifra se encuentra por encima del promedio de la OCDE, cercana al 15 por ciento. De acuerdo a la misma fuente, el escenario es dramático: “Estos jóvenes corren un alto riesgo de quedar desconectados del mercado laboral y la verdad es una tragedia, porque tener a estos chicos perdiendo las capacidades que puedan haber formado en la educación formal y además sin tener conexión con actividades económicas que puedan permitirles seguir capacitándose y contribuyendo al desarrollo, pues los tenemos perdidos”. Continua en el mismo tenor: “México está muy, muy atrás en el tema de empoderamiento económico de las mujeres, ya que tiene la segunda tasa de participación laboral femenina más baja de la OCDE, solo superada por Turquía y la más baja entre los países de la Alianza del Pacífico.”
Los efectos son devastadores. La devaluación acumulada, cercana al 28 por ciento en el actual gobierno limita las expectativas de crecimiento en el corto plazo e introduce incertidumbre para el futuro. El peso depreciado ante el dólar no es un escenario de oportunidad, los economistas afirman que puede convertirse en una causa de inflación. En sentido estricto, si consideramos que el Banco de México incrementó su tasa de interés de referencia a 4.25 por ciento, encareció el crédito. La devaluación empieza a dejarse notar en sus efectos negativos, impacta en el consumo, decreciendo la tasa de empleo. Si bien es reconocible que la devaluación del peso ocurre “en un escenario adverso a la economía mexicana”, lo cierto es que las decisiones en política económica han sido erradas.
Una evidencia de ello lo constituye el actual déficit fiscal. A pesar de las medidas tomadas, recorte de 132 mil millones de pesos en febrero, reducción del ejercicio presupuestal en el primer trimestre del 2016 en 8.4 por ciento con respecto al mismo periodo del 2015, el déficit actual es de 61,563 millones de pesos. Con altas probabilidades de seguir con los recortes. Después de aprobarse las llamadas reformas estructurales, la política fiscal no obedeció los cánones de austeridad, obligada, por la previsible baja del precio del barril de petróleo y las expectativas negativas de inversiones en el ramo de los hidrocarburos. En el ejercicio de las finanzas públicas -el gasto del gobierno federal, estatal y municipal-, no se guardó disciplina, gastaron más de lo que ingresó a las arcas hacendarias. Evidentemente el gasto público incluye el servicio de la deuda externa. Al depreciarse el peso se incrementa el servicio de la deuda.
La vuelta al incremento del precio de la gasolina y la decisión de subir el precio de las tarifas de luz significa que la carga tributaria será para los consumidores que a final de cuentas se convierten en contribuyentes cautivos. Nadie escapa al deterioro económico ni a sus consecuencias trágicas: baja calidad en los servicios de salud, educación sin futuro, incremento de la violencia delincuencial, precarismo laboral. Las expectativas de desarrollo tecnológico se encuentran por las nubes.
Desde luego, no es un asunto macroeconómico. Las cifras por sí solas no son indicativas de las consecuencias en el tejido social. El escenario económico alimenta situaciones de riesgo en las distintas esferas. La economía informal es una de ellas.
La reducción del presupuesto no hace sino fortalecer poderes informales que encuentran sustento y viabilidad en áreas subterráneas del mercado y la globalización, ante las cuales el estado mexicano se ha achicado por omisión o comisión.
Hay desorden en la economía mexicana. Sigue siendo un rompecabezas para armar. El optimismo económico es fantasioso, se requiere una dosis de realismo y el puno de partida, básico, elemental es considerar el recurso de la austeridad republicana.
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