Nadie debe llamarse a engaño, el triunfo de Antonio Gali Fayad fue de crónica anunciada. Lo señalamos en este espacio con antelación. En la colaboración del primero de mayo analizamos las claves explicativas, demasiadas, como para no considerar el desenlace prefigurado de la elección para gobernador.
Nuestros argumentos no se derivaron de los datos mostrados por la andanada de encuestas, las cuales -salvando excepciones- son de manufactura, intereses y verdades disímbolas. Como vimos en la elección del cinco de junio, las cifras demoscópicas, al final del día nacional presentaron severos contrasentidos respecto a índices de participación, porcentajes de abstencionismo y votación. Inclusive resultados equívocos de encuestas de salida sobre ganadores y perdedores. Sus inconsistencias, el manoseo interesado, la maleabilidad de su diseño y ejecución hacen débiles sus aportes para la prospectiva política. No son prueba reina
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Nuestra evidencia provino de la memoria y del recuento del comportamiento gubernamental desde los orígenes. Enfatizamos las aspiraciones de largo aliento, con horizontes transexenales y de reconfiguración nacional. Analizamos trayectorias de aprendizaje político local que redituó la supresión de las oposiciones y/o su realineamiento. Se observó la incursión electoral en otros estados del país; duras enseñanzas de ensayo y error para el panismo local empoderado.
La llegada al poder público de nuevas elites y su permanencia, como acaba de ocurrir, se explica no sólo por el agotamiento del priismo nacional, sino por la pertinencia de la estrategia, acciones, mecanismos, discursos, olfatos, modos de hacer en el espacio público, pactos locales y nacionales, desplegados por la afirmada nueva facción del PAN para alcanzar hegemonía en la política poblana.
Desde el 2011 hilvanaron dispositivos de contención de la clase política desplazada para no alimentar tentaciones de ingobernabilidad. En múltiple efecto, los acuerdos logrados por Moreno Valle, inhibieron rupturas con el gobierno federal, limitaron la acción desestabilizadora de facciones del PRI renuentes a aceptar su condición opositora, consolidaron el dominio aliancista y acabaron por coronar su ascenso en la representación política nacional.
Puebla no fue cualquier victoria del panismo. El 2016 ha sido imagen espectacular del aplastamiento priista, oxigenado un año antes con 9 diputaciones federales cuyos titulares resultaron ser actores mediocres, anónimos, advenedizos, escandalosamente timoratos, quienes, al momento de la verdadera prueba de fuego, se hicieron a un lado del espacio público local. Fueron ajenos a la confrontación. Se ausentaron del duelo final por Puebla, olvidando a sus electores. Al final fueron omisos con las demandas de comunidades y colonias; basta ver los resultados de las elecciones para tener la evidencia del desprecio hacia sus votantes y de la deslealtad con sus compromisos partidarios. Dejaron en la más cruel orfandad a su malograda candidata.
Nadie puede negar el efecto de la pericia habilidosa de Rafael Moreno Valle en el triunfo electoral. Las consecuencias de la retención del poder por 20 meses saltan a la vista: se consolida agenda y liderazgo orientado a alcanzar espacios en la próxima campaña presidencial dejando deja totalmente alicaído al priismo poblano.
Hay que ponderar otra arista. El desplazamiento de la vieja clase política ocurre porque la nueva tiene como primera cualidad convertirse en minoría organizada, capaz de multiplicar su efectividad en la acción política debido a que mantiene, propone, fuertes elementos cohesionadores para el resto de la sociedad.
Es notorio, el candidato ganador contendió al interior como activo unificador de grupo. Es una apuesta arriesgada, inédita en el sistema político mexicano. Nada despreciable con todo y sus riesgos por aportar, sumar al proyecto presidencial del actual gobernador. Nadie lo duda. Justo hay que reconocer el crecimiento emergente de Tony Gali Fayad, gracias a los resultados de su gestión pública, al esfuerzo sistemático desplegado en la campaña, su personalidad mediadora y el carisma político. Su desempeño abonó para consolidar el proyecto transexenal y para afirmar ciclos de arranque y cierre de un gobierno orientado hacia la carrera presidencial sin rupturas locales.
Es evidente que el morenovallismo aprovechó para su causa, la subestimación de su rápido ascenso y experiencia electoral adquirida en este periodo de gobierno. Hoy pagan las consecuencias.
Hay un riesgo, latente en toda victoria, si bien se encuentra encarrilado el proyecto presidencial de Rafael Moreno Valle, no significa en modo alguno el territorio poblano un vergel de paz, estabilidad, tranquilidad, armonía. La agenda es más compleja. La brevedad de la mini gubernatura obliga a tener victorias rápidas, de efectos inmediatos y visibles para la sociedad, con la que obligadamente no deben ser omisos.
En una semana han abundado las exigencias de organizaciones sociales, universidades, actores económicos y políticos. Son elementales. Urgentes, impostergables. Las respuestas deben ser rápidas, definidas, ilustradoras: la formación del próximo gabinete, las acciones para garantizar seguridad pública, la mejora significativa en la procuración e impartición de justicia, las urgentes acciones estatales referidas a contener los feminicidios y violaciones a los Derechos Humanos.
No se debe perder de vista que es una nueva etapa de reconfiguración del poder público sobre la misma plataforma de deterioro social y económico del contexto poblano.
La agenda del proyecto presidencial no debe postergar o marginar las demandas sociales y de política democrática de Puebla. A final de cuentas, es el principal flanco de debilidad del morenovallismo, con potencial de mayor desgaste si la transferencia efectiva del poder se retrasa y se hace mutis para resolver las demandas ciudadanas.
Que no se olvide: los electores premian, pero también cobran afrentas.
gnares301@hotmail.com