“La vida inútil
es una muerte prematura”
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Goethe
Todos tenemos noción o conocimiento de lo que es la amistad.
Los sabios, los ignorantes y el común de las personas valoran lo que significa la amistad.
La amistad es identidad y cercanía entre los seres humanos.
En la vida real no se cultiva la amistad, esto es, la cercanía entre los propios seres humanos.
Algo distingue al género humano, el enfrenamiento y la enemistad.
Esto siempre se ha dado en las comunidades primitivas, en las de la edad media, en la de los tiempos modernos y en nuestros días.
Se enfrentan pueblos contra pueblos, naciones contra naciones, grupos contra grupos, aniquilando incluso la propia amistad porque como siempre, desde los principios del género humano, lo que importa son los intereses.
En esta época de la posmodernidad, de la globalización, la nota principal son las guerras y los exterminios y no la ayuda y los apoyos.
La humanidad parece no tener remedio. La lucha es de hermanos contra hermanos.
Bueno, hasta las enfermedades se enfrentan según las utilidades que se tengan.
Los grandes consorcios no tienen piedad ni de los pobres ni de los desheredados, no les importa nada.
Para ellos no hay amistad, hay negocio, es más, entre ellos mismos, si pueden exterminar a sus competidores, mejor. La amistad, la hermandad, la fraternidad es algo extraño, sólo pequeños grupos la cultivan, la viven.
Enemistad y amistad son congéneres del ser humano, por eso es trascendente en estos nuevos tiempos, como desde que el hombre puebla la tierra, entender qué es la enemistad y qué es la amistad.
Esos dos temas ya han sido objeto de estudio por los pensadores de la antigüedad como Homero en “La Odisea”, como Platón y Jenofonte en los libros que nos heredaron.
Sócrates conversaba frecuentemente con sus discípulos acerca de la amistad, ésta no como teoría sino como tema práctico para crear cercanía entre los seres humanos.
Horacio, Ovidio y muchos otros autores célebres de la antigüedad greco romana, le consagraron obras enteras a ese tema de la amistad, seguramente angustiados por el asunto de la enemistad.
Los autores cristianos, particularmente los monjes y los misioneros dedicaron su vida a practicar la amistad y a redactar libros de ese tema.
En la edad moderna, Montaigne, Shakespeare y muchos autores más, también dedicaron parte de su talento al tema.
En tiempos nuestros como Nietzsche, Schopenhauer y otros más, hijos y hermanos del nihilismo, ponen en duda los lazos de amistad y exaltan los de la enemistad.
La amistad representa uno de los valores existenciales fundamentales que puede hacer la vida de los hombres más bella y fecunda como afirma Ignace Lepp.
Este tema se puede abordar sustantivamente, ante todo, del hombre solo, de la poca envidiable suerte de quienes no tienen amigos.
A veces las condiciones sociológicas son las que hacen, para ciertos seres, demasiado difícil ganar amigos.
Es bueno analizar los rasgos específicos de la amistad entre hombres, entre mujeres, entre hombre y mujeres, entre esposos, entre padres e hijos y también entre maestros y discípulos.
La amistad tiene una función primordial en la promoción de la existencia humana sin dejar de distinguir los escollos que la amenazan y de los medios que hay que valerse para cultivarla.
Todo mundo advierte que en estos tiempos hay ausencia de diálogo y de comunicación.
Muchos jóvenes puntualizan su incapacidad para soportar la soledad aun cuando sea por algunas horas.
La familia misma, la moderna, la de estos años, por diversas causas es la expresión de una yuxtaposición de soledades.
Las personas, las familias, evidentemente se quieren, se confiesan un amor puramente instintivo, animal, en el que las facultades propiamente humanas no participan.
Los seres humanos están extraviados en la tierra, aún entre su propia familia.
Es frecuente experimentar el penoso sentimiento de que una persona no es querida ni por su mujer ni por sus hijos, ni colegas y conocidos.
La filosofía de la soledad fatal y de la consiguiente infelicidad no podría, con todo, pretender que es traducción de la totalidad de la experiencia humana, escribió Ignace Lepp.
El mismo autor afirma que la comunicación existencial con los demás puede revestir muy diferentes modalidades, pero siempre es de orden afectivo.
“La riqueza afectiva no siempre corre pareja con la riqueza intelectual. Existen hombres intelectualmente sobredotados que padecen una asombrosa pobreza afectiva, así como los hay de una gran riqueza afectiva cuya capacidad intelectual es bastante pequeña”.
La amistad puede establecerse en todos los niveles de la condición humana.
Los vínculos de amistad se dan como en túneles desconocidos, y lo que es increíble, hasta entre grupos y personas de diferente ideología o de distinta religión.
Los seres humanos más evolucionados espiritualmente y más desligados de las cosas temporales y terrestres, por lo general aprecian el afecto amistoso.
San Antonio, uno de los más austeros entre los “Padres del desierto”, se decidió a salir de él, sólo en nombre de la amistad.
Ésta es la más universal de todas las relaciones entre las personas y puede nacer entre personas de distintas religiones, de naciones diversas y de profesiones muy disímiles.
Esa amistad implica cierto grado de comunión y cierto grado de similitud, cierta comunidad de intereses, más o menos esenciales.
Para que pueda nacer y desarrollarse la amistad entre dos seres, importa mucho que ambos se encuentren en estado de disponibilidad.
La relación amistosa, brota a menudo de las profundidades afectivas.
Frente a estas realidades, es fundamental el psicoanálisis de la amistad. En otras palabras, hacer un examen del propio “yo” y sus comportamientos, en función de valores y así, con la autoevaluación entender que es mejor conocerse para amarse antes de “amarse” sin conocerse.
La amistad debe ser querida, escribió Ignace Lepp. No basta, sin embargo quererla para que nazca aun cuando sean dos los que la desean.
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