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OPINIÓN

Simitrio: el derecho al revés/XXX

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Lunes, Enero 18, 2016

A Eleazar Maldonado Cisneros. In memóriam.

Te vas, pero te quedas/ se va tu cuerpo, pero queda tu brillante imagen/ se va el amigo, pero dejas el grato recuerdo de tu amistad sincera/ se va el abogado, pero dejas el molde del profesional del derecho/ se va el maestro, pero dejas sembrada tu pasión por la docencia/ se va tu consejo maduro, nos dejas la sabiduría de tu enseñanza/ se va el hombre limpio y digno, nos dejas la tarea de seguir tu ejemplo/ te vas mientras corre el invierno, nos dejas el frío de tu ausencia/ te vas como los grandes, porque nada te llevas/ en la generosidad de tu vida, aprendiste a darlo todo/ te vas, pero te quedas, porque todo lo que fuiste nos lo dejas/ tu rectitud, nobleza e hidalguía es la herencia que nos legas/ te vas pero, entre nosotros, te quedas.

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El lenguaje que utilizan los políticos, por sus sesgos, alusiones indirectas y generalidades puede tener variadas intenciones en quienes lo pronuncian; y, también, diversas interpretaciones para quienes lo escuchan. Es, al fin, el lenguaje que expresa la voluntad del poder y, como tal, puede decirlo todo con las únicas limitaciones que imponen la coherencia y pertinencia. Cuando se cruzan tales límites el discurso se convierte en un búmeran que, una vez arrojado, se vuelve hacia su tirador. El quinto informe de gobierno ha sido el espacio que se consideró conveniente y adecuado para decirle a los poblanos –con sesgo hacia el señor López Obrador- que: “…no es lo mismo denostar a las instituciones que construir un buen gobierno”.

Quizá haya sido la frase más destacada en medios de comunicación para difundir el mensaje informativo no obstante tratarse de una expresión que se sostiene en la filosofía del absurdo pues, su contenido, equivale a la alta ponderación del novedoso descubrimiento de que no es lo mismo denostar que construir. El autor de la frase impone en ella, como presupuesto de la inducción lógica que busca lograr en los escuchas, que el emisor “construye un buen gobierno”; lo cual –no es lo mismo, no es igual- no sería tan fácil como el acto de denostar a las instituciones que se atribuye al otro, al aludido en referencia indirecta para propiciar su descalificación y condena política. En otras palabras, subyace el mensaje: no hay que denostar al que construye un buen gobierno que, de este modo, se convierte en un autoelogio.

Alabar una gestión gubernamental acudiendo a la enumeración de las obras materiales logradas, da cuenta que se tiene una buena compañía constructora pero no necesariamente un buen gobierno. El mayor denuesto hacia las instituciones ocurre cuando quienes las dirigen y mandan, pudiendo encaminarlas a lograr la sana convivencia y la felicidad social, pervierten sus funciones  conferidas por ley y las colocan a su servicio, al de su facción, al de un grupo económico privilegiado, con perjuicio del grueso de la población. Que la ciudadanía acuda a los tribunales y no encuentre la justicia que reclama; que sea víctima de la fotomulta, del encarecimiento o despojo del agua convertida en mercancía, del despido injusto, de la imparable delincuencia, de la arbitrariedad policiaca, de los retenes viales, de la minería a cielo abierto, de la expropiación de la tierra sin defensa y del encarcelamiento injusto para quienes protestan por estas atrocidades; ésto, es denostar a las instituciones.             

Controlar la información pública, acotar la cotidiana, subyugar al municipio y juntas auxiliares; dejar sin voluntad propia al congreso, convertir a la judicatura en  eco de decisiones gubernamentales; imponer personeros en comisiones, institutos, tribunales, auditorías y fiscalías como formas de perpetuar un modelo de gobierno intentando el control de futuros gobernantes, es denostar a las instituciones. Esa política pendular, coyuntural, de conveniencia que primero oprime el bolsillo de los poblanos para luego aparecer con falsas máscaras de filantropía; que decide discrecionalmente el uso del erario en aras de un proyecto político personal o de grupo; que se luce con obras de dudosa calidad “sin pedir prestado un solo peso” cuyo costo tendremos que pagar los poblanos y que, luego de la represión, ofrece “gobernabilidad democrática, diálogo respetuoso, fortalecimiento de la división de poderes”; no construye un buen gobierno.

Cuando el recuento de las malas acciones gubernamentales es causa de la indignación social, el denuesto popular no se dirige hacia las instituciones sino, claramente, hacia quienes las dirigen y mandan por haber jurado falsamente cumplir y hacer cumplir las leyes y honrar la palabra dada en campaña política a la ciudadanía que dio voto y confianza. El engaño proviene de los hombres, no de las ficciones jurídicas que llamamos instituciones. ¿Quién saldrá ahora a decirle a la 28 de Octubre, a Simitrio, a su familia, a Fernando Alonso, a los ambulantes despojados, a los Xicale, a los presidentes de juntas auxiliares, a Enedina Rosas, a los mototaxistas, transportistas, burócratas despedidos, sindicatos agredidos, consumidores de agua, pobladores de la Sierra Norte, etc., que las acciones que los llevaron a la cárcel, quitaron el trabajo, privaron de sus medios de subsistencia,  mutilaron sus contratos colectivos, privatizan y encarecen el agua, prometen quitarles la tierra, mantienen los baches, les niegan justicia, etc., forman parte de la tarea de “construir un buen gobierno”?

Bueno… en el informe se dijo de todo: “…mi actuar ha sido siempre congruente con mis convicciones. Creo en la vigencia plena del Estado de Derecho, que el ciudadano debe ser el eje alrededor del cual se diseñen e implementen las políticas públicas y que la acción gubernamental debe ser el detonador de la inversión privada para que haya más y mejores empleos.” Tiene razón, no es lo mismo.

Heroica Puebla de Zaragoza, a 18 de enero de 2016.

José Samuel Porras Rugerio

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