La complejidad de los problemas de cada país o región resultan desbordantes porque se insertan en el mundo de la conectividad. Con la era de la exploración arrancaron una serie de proyectos tendientes a configurar la realidad de una determinada manera, todo ello en el marco del pensamiento cristiano. El problema era que las fracturas al interior de la Cristiandad derivaron en diferentes concepciones que auspiciaron a otras tantas visiones y el choque fue inevitable. Se tenía claro que el hombre era un microcosmos y la ciudad, también. El desacuerdo provino de las diferentes antropologías y políticas que surgieron a raíz de las rupturas entre los cristianos, así como del partido que tomaron emperadores, reyes y príncipes. El intento de alinear los microcosmos (hombre, ciudad, mundo) devino en multiplicidad. Esto formó parte de los nacionalismos y de las luchas entre imperios a lo largo de la Modernidad, siendo a la vez el drama de las ideologías, cada cual con su propia visión del hombre, de la sociedad y del planeta…
Al haber distintas antropologías y políticas, el resultado final fue que las ideologías terminaron extraviando al hombre concreto. Por ese camino, la Modernidad entró en territorio desconocido que le aterró. Un ser oscuro e inexplicable quedaría fuera de los criterios de la racionalidad y lo que no podía ser comprendido tenía que ser dominado. Con rapidez, las ideologías se hicieron de un aparato tecno-científico para mantener al individuo bajo control y alcanzar la felicidad mediante las ciencias técnicas. Vean ustedes la explosión de creatividad del siglo XIX. Se inventaron tantas cosas que hubo quienes propusieron cerrar las oficinas de patentes porque, al parecer, ya se había descubierto o inventado todo. Los ‘ingenieros sociales’ idearon los proyectos más variopintos, según los cuales la humanidad tenía que ser feliz. Aparecían las propuestas de ciudades tecnocráticas o ‘tecnópolis’…
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“Mujeres luchando contra la Tecnópolis…”
Sólo la mujer fue dejada fuera del mundo ideal de las tecnópolis. Mientras a una parte de la humanidad le tocaba ir en pos de la libertad y la felicidad, la otra quedaba bajo el dominio de un mundo configurado en términos ajenos a ellas. La respuesta no tardó en llegar cuando Mary Shelley publicó ‘El doctor Frankenstein’, que simbolizaba el espíritu tecno-científico de la Modernidad. La crítica de la autora fue frontal: en lugar de la felicidad, el resultado será algo monstruoso y letal. Los hechos le dieron la razón: en lugar de la felicidad, explotación y miseria campearon en Inglaterra, entonces a la cabeza de la Modernidad. Mucho tiempo atrás, Goya lo había anticipado al escribir en uno de sus cuadros: “Los sueños de la razón producen monstruos”…
En la Revolución francesa, las mujeres tuvieron un anticipo de lo que venía, cuando los revolucionarios ejecutaron a Olimpia de Gouges por el delito de haber exigido el cumplimiento de ‘Libertad e Igualdad’. La guillotina resolvió el caso por la vía rápida y todo quedó para tiempos mejores. En otra entrega vimos cómo los cartesianos negaron que las mujeres pudiesen pensar…
Junto a la aparición de las tecnópolis, ocurrió la irrupción del movimiento ácrata, el espiritismo y la brujería como fenómenos sociales. De paso, sus partidarios recordaban a la Modernidad que hay mucho que no se ajusta a los criterios racionales…
“La última y nos vamos…”
La tecnocracia fue el último intento a favor del sueño de la tecnópolis. Logró derrotar a su hermano gemelo en las izquierdas pero no significó su triunfo total. Ni uno ni otro pudo resolver dos asuntos clave: el dilema del bien y del mal, así como la muerte. Si algo ha caracterizado lo que llevamos del siglo XXI es la globalización de la delincuencia organizada y los escándalos por corrupción e impunidad que también afectan a la élite gobernante. Medicina y estética han hecho su mejor esfuerzo pero lo cierto es que todos vamos a morir…
A mediados de los años 60, el propio Brzezinski vivía convencido de que el sueño estaba al alcance de la mano. En una conferencia habló de las drogas que podrían potenciar la creatividad humana. En los 90, en otro foro en Madrid, proclamó a Estados Unidos como la potencia triunfante y a Rusia como potencia de segundo orden. Pero en breve anunció la formación de ‘archipiélagos de poder’ rodeados por océanos de miseria. Eso ha quedado superado…
“La primera Globópolis…”
La globalización es la conectividad, lo que ha provocado que lo bueno y lo malo se sinteticen de una forma distinta. La oleada delictiva es más bien un virus inoculado dentro de las propias tecnópolis, no a su alrededor. La corrupción también ha permeado entre los políticos, generando un hartazgo ciudadano inaudito porque se ha montado en la tecnología de uso social. El intento tecnocrático ha fracasado y la marea ciudadana lo prueba. Así como se prevé que Estados Unidos sea el último imperio nacional, el idioma inglés va a la baja en internet y redes sociales. Predominan el español y el francés, empujando al otro como lenguaje comercial. La idea de convertir a las universidades en centros de negocios sería una mutilación de su tarea intelectual, cultural y ética…
El problema político es eminentemente ético y los grupos ciudadanos se aprestan a poner solución de manera global. Si la tecnópolis se consolidó con la tecnocracia, toca el turno a las ciudades globales. Saskia Sassen, creadora del concepto, contrastó ‘Ciudad global’ y ‘Megaciudad’, haciendo hincapié en que se refería a ciudades más allá de su impacto económico, enfocando su carácter cultural y político montado sobre el idioma. Las universidades (centro de negocios) están superadas porque los ciudadanos esperan a verdaderos intelectuales para orientarse…
Pero la conectividad se ha tornado más compleja de lo pensado por Sassen en 1991. Quizá sea mejor usar ‘Globópolis’ porque así como abarca otras características, entre ellas la movilidad, estamos en condiciones de configurar lo que yo llamo: ‘Globópolis latina’, al modo de una comunidad atlantista muy distinta a lo imaginado antes. Las redes sociales han resuelto el problema que Isabel de Castilla, Carlos V y Felipe II no tuvieron manera: la distancia. Siendo el inglés para lo comercial, el vacío político y cultural tendrá que ser llenado por otras opciones. El español, el francés, el italiano y el portugués resultan idóneos para crear la primera comunidad de globópolis que una a la América Latina y al Mediterráneo como el nuevo vector transoceánico…
En España, Artur Mas revive la tensión entre el continentalismo catalán y el atlantismo hispano-lusitano. Quiere ser el eje que gobierne la relación geopolítica entre Iberia y Francia, aunque eso eche por la borda la posibilidad de la ‘Globópolis latina’. España necesita la unidad para constituir el eje con Portugal, Francia e Italia, junto con su área de irradiación histórica en Asia Menor y el Norte de África. Mas acelera la ruptura: teme que en breve el Partido Ciudadano y demás partidarios de la unidad lo echen del poder. Va a contrapelo de la ciudadanía…
En América, los grupos ciudadanos batallan contra la delincuencia, la corrupción de la élite gobernante y la impunidad en que ambos pretenden actuar. La ciudadanía se confronta con tres grandes polos: México, con su sistema político que no termina de cambiar, aunado a desestabilizaciones más o menos cotidianas; el populista, que entra y sale de crisis recurrentes; y el nacionalismo populista que ‘patina’ frente a una marea ciudadana cada vez más exigente…
Hemos dejado atrás la tesis de Mackinder sobre Eurasia, la de Haushofer sobre la globalidad, la trilateralista que impulsó Brzezinski, la Atlántico-Ural e incluso la que animó la fundación del Club Bilderberg. La ‘Globópolis latina’ rebasa lo pensado por Sassen. Habrá que ver si Rusia y China logran insertarse en el escenario geoestratégico. China no ha podido superar la ‘Esfera de la Co-Prosperidad’ y Putin viene a caballo de una vieja leyenda. Saben que se perfila un competidor que podría ser más importante que los Estados Unidos, como la primera Comunidad Geopolítica global. Ojalá los que encabecen el proyecto recuerden que la ‘Globópolis latina’ es polifónica, un canto a muchas voces y que se debe liquidar la deuda histórica con las mujeres, a las cuales la Modernidad negó la calidad ciudadana y su capacidad de pensar, decidir y soñar…
Hasta entonces…
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