El relato del cautivo que siendo rescatado de las mazmorras, guía por tierras cristianas a la hermosa Zoraida que huye de su hogar y de su patria movida por la devoción a la Virgen, se plasma lo mismo en la pieza teatral de Cervantes: “Los Baños de Argel” que en el “Quijote”.
Las mediaciones del Hidalgo manchego habría logrado poner fin a las disputas de dos parejas que se habían visto envueltas en un sainete de devaneos amorosos e inclinaciones afectivas, típico por lo demás de la denominada “comedia de enredos” del “siglo de oro” de las letras españolas; departían entonces con un nutrido grupos de comensales que se habían dado cita en la venta del lugar, y se encontraban festejando el término de sus conflictos, cuando arribaría la “Mora Zoraida” acompañada de “el cautivo de Argel”, quién, por lo demás, descubriría a su hermano entre los concurrentes, habiendo llegado de improviso en busca de albergue en su tránsito hacía su lugar de destino que era la Ciudad de México, en donde tenía la encomienda de desempeñarse como “Oidor” de la Real Audiencia de su majestad “el Rey”.
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Mayor acercamiento a “la muy leal y muy noble Ciudad de México” muestra don Miguel de Cervantes Saavedra en su comedia “El Rufián dichoso”, obra en la que relata los avatares de Fray Cristóbal de la Cruz a partir de las crónicas del lugar.
El inquisidor Tello de Sandoval, se da a la tarea de rescatar al “Rufián” Lugo de las calles y las tabernas de Sevilla y logra convencerlo de que le acompañe en su travesía, ya en México, Lugo toma los hábitos de la Orden de Santo Domingo de Guzmán y asume el nombre eclesiástico de Fray Cristóbal de la Cruz, observando una vida de santidad y meditación hasta que muere víctima de la lepra que ha hecho presa de sus carnes.
La “peripecia” y la “anagnórisis”, constituyen los elementos claves de la tensión dramática reseñados por Aristóteles en la “Poética”, consintiendo el primero, en el giro inesperado de la trama que se narra; dándose, en el caso específico de “el Rufián dichoso”, y acaso como ejemplo único en la historia de la literatura universal, no sólo la “peripecia” en la trama, al narrarse la vida de un tabernero sevillano envuelto en riñas que, inesperadamente, culmina su vida en el extremo opuesto de las latitudes oceánicas, alcanzando por lo demás la gracia de la santidad; sino que, incluso, la “peripecia” incluye, más allá de la trama misma, la ambientación y el lenguaje empleado por Cervantes en los diálogos, e, incluso, el género literario mismo por medio del cual se expresa Cervantes en la obra de marras, al transformarse ésta, de una pieza picaresca digna de equipararse al “Lazarillo de Tormes”, a un auténtico “auto sacramental” en el mejor tono estilístico del místico Calderón de la Barca.
Por lo que hace al elemento de la “anagnórisis”, que, por lo demás, consiste en descubrir la verdadera identidad del sujeto principal de la trama, ésta opera en “el Rufián dichoso” en la persona de Antonio, Compañero de andanzas tanto de Lugo en Sevilla como de Fray Cristóbal de la Cruz en la Ciudad de México, que ante el deceso de éste descubre el “ bautismo de fe” del fraile que le elevaría a los altares.
La hagiografía de Fray Cristóbal de la Cruz, cuya devoción se habría borrado por completo de la memoria de los habitantes de la Ciudad de México, consta en La “Historia de la “provincia” de México de la Orden de Santo Domingo de Guzmán”, escrita por el religioso Agustín Dávila Padilla, la cual, por lo demás, no goza de una popular especialmente acendrara entre nuestros historiadores y estudiosos; debido acaso al hecho de que el fraile dominico mexicano, habría sido designado en las postrimerías del siglo XVI arzobispo de Santo Domingo en donde seguramente gozará de mayor popularidad que en su tierra de origen.
Percatarnos de la enorme riqueza dramática con la que Cervantes abordaría un episodio de la Ciudad de México y que ha sido olvidado prácticamente por completo, precisamente a 400 de haberse editado la segunda parte de “El Quijote” y ante la cercanía del próximo 23 de abril en el que habremos de conmemorar 400 años del fallecimiento de don Miguel de Cervantes, podría erigirse, acaso, en la inapreciable oportunidad que tenemos de escudriñar a cabalidad en la dimensión más oculta y enigmática de nosotros mismos y que es nuestro pasado.
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