En la mañana, muy temprano, se sienta presuroso y atento para percibir cualquier movimiento que le anuncie que llegó la hora. Inquieto gime animoso y enérgico. Da vueltas sobre sí, una y otra vez. Vira la cabeza de un lado a otro sin perder detalle. Alerta, sigue el sonido que transita de ventana a ventana, pasando de puerta en puerta. Brinca para alcanzar al fresco aire que corre y promete alegría máxima. Sabe que es momento de salir al campo.
En la penumbra escucha obsequioso cómo se cierra la puerta de la casa. Parece no respirar al anunciarse mi llegada al zaguán; el bajar de las escaleras, el dar paso por paso, escalón por escalón, el tocar el suelo y salir a la calle para abrir el candado que le permita salir como meteoro fulminante y veloz al abrir las puertas del zaguán.
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Sus negros ojos no se distraen ni un segundo de mi rostro desde el momento que me ve. Lame mis manos con ansias para que me apresure a quitar el candado y suelte la cadena que lo separa de su más intenso gozo: saltar al asfalto como estrella que cae del cielo para perseguir la Tierra y alcanzar la bruma de la mañana. Su perfecta estampa perruna corre y juega con los suspiros prometidos del universo esta madrugada.
A la vuelta de la esquina toma el camino de tierra que conoce a la perfección. Lo ha recorrido trazo a trazo, piedra por piedra, polvo con polvo. Como rayo corre carreras contra el viento que está dispuesto a competir con una saeta vibrante.
Alto, muy alto brinca. Corre con gran garbo y deja que la brisa impregne sus ojos con lágrimas de adrenalina. Se pierde entre los pastizales y maizales en el momento exacto de la penumbra que se crea entre la noche y el amanecer. Desaparece y aparece en las sombras resplandecientes con tantas ganas de vivir que sólo de verlo la vida toda, alrededor de él, nace y renace a cada instante.
No sabes, nunca sabes ni estás preparada para ver que un día, mi perro “Bull” se recargue en la pared. Sus patas traseras se doblaron, dejaron de vibrar. Cesaron de tener fuerza y, de la cadera hacia abajo, dejó de tener energía. Quedó paralizado y seco.
Cuando llegué a verlo, sentí su pena. No quería verme a los ojos y yo buscaba su mirada. Lo abracé y acaricié con el amor que le prodigo desde cachorro y le susurré al oído determinada: “El viento seguirá siendo tu reto. Correrás feliz otra vez. Saldremos juntos de madrugada hasta que se nos acabe la vida.”
Y sí, hay andaderas que les devuelven la alegría a los perros discapacitados.
alefonse@hotmail.com