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Filosofía, literatura y política | Fidencio Aguilar Víquez

Sábado, 16 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Filosofía, literatura y política

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Julio 1, 2015

Tú, lector, palpitas de vida y orgullo y amor, como yo.

Para ti son, pues, estos cantos.

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Walt Whitman, Hojas de hierba.

 

Las tres están unidas y, también, las tres están separadas, es decir, se distinguen perfectamente, claramente, prácticamente. Hasta este momento, sin embargo, yo las veo imbricadas, co(i)mplicadas y, por lo mismo, aplicadas. Juego con los términos y al propio tiempo trato de enfocarlos para mejor analizarlos y descomponerlos en sus elementos. Las dos primeras se distinguen de la tercera porque apuntan, desde la realidad y la ficción, a la verdad de las ideas y de las imágenes; la tercera es práctica y denota –en cuanto ciencia- conocimiento sobre lo práctico, mejor dicho, sobre cierto tipo de praxis, la que tiene que ver con los problemas y conflictos de una sociedad que busca resolverlos desde la base de un corpus iuridicum et politicum.

Mucho han ayudado la filosofía y la literatura a la sociedad para que ésta elabore una mejor praxis política. A mayor claridad y rigor en las ideas, y a mayor crítica del statu quo, mejor confección y cuidado del hacer político. Las sociedades cambian el tipo de política –y de todo hacer- cuando hay ideas que clarifican o que suscitan deseos de cambios y de mejoras. Por el contrario, en aquellas sociedades donde hay autoritarismo, totalitarismo o tiranía, lo primero que se elimina es la crítica de la literatura y de la filosofía para establecer una retórica de la autojustificación y la autorreferencia. El pensamiento se sustituye con la retórica del disparo, la detonación, contra los críticos del régimen, para humillarlos, minimizarlos, escarnecerlos y condenarlos. Hoy quizá no se da mediante la horca y el cuchillo, pero sí vía los medios, los mass media. Algo más sutil.

Yo era feliz con la filosofía y con la convicción de que, como reina de las ciencias y del saber, no había mayor aspiración a que un intelectual podía mirar. Hasta que leí la novela de Antonio Tabucchi, Sostiene Pereyra; ahí, un editor de una revista cultural, Pereyra, anda buscando un ayudante, un egresado de filosofía, y le dice, si la memoria no me traiciona, algo así: La filosofía parte de la verdad y llega a la ficción, la literatura parte de la ficción y llega a la verdad. Desde luego, es una imagen, una metáfora, una suerte de composición de lugar. En efecto, lo que busca la filosofía es la verdad –ya veremos una definición más adelante-, pero tal como lo han testificado los cien o ciento veinte últimos años, la reflexión filosófica se ha disparado y se ha dispersado al grado de una gran equivocidad y de una especie de Torre de Babel que imposibilita no sólo cualquier acuerdo o consenso sobre verdad alguna, sino a veces la firme convicción de que no hay verdad alguna. Por su parte, la literatura, sobre todo aquella que ha logrado cierta notoriedad clásica, nos muestra con toda nitidez la verdad –en sus diversas dimensiones- del ser humano y de sus haceres. Había estado enamorado de la hermana mayor hasta que me salió al encuentro la hermana menor.

Desde entonces la cosa se complicó, el misterio y la fascinación de la literatura fue surtiendo su efecto mágico, primero con las novelas, las policíacas de Katzenbach, luego Vargas Llosa y La verdad de las mentiras. Todo ello me llevó a incorporar la literatura en mis seminarios de filosofía y de antropología. Ese libro me abrió panorama, fue mi guía y el detonador de una búsqueda que me llevó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Benemérita.

No era nuevo mi trato con la literatura, pero sí nuevo el enfoque y el ánimo. Ya hace muchos años, cuando daba yo un seminario sobre el ateísmo moderno en la Facultad de filosofía de la UPAEP, estaban muy presentes Dostoievski, Kafka y Camus; con mi hallazgo de Vargas Llosa, mi panorama se amplificó a otros autores en particular del siglo XX, desde El corazón de las tinieblas de Conrad, hasta El cuaderno dorado de Doris Lessing. Este hecho abrió dos horizontes nuevos: por un lado, las tertulias que desde hace varios años nos reúne mensualmente a amigos y amigas para charlar y discutir sobre libros, películas y situaciones actuales al calor de un vino y alrededor de una mesa; por otro lado, a que estudiara yo un nuevo doctorado trabajando a Octavio Paz. Un mundo nuevo estaba ahí listo para aparecerse, el de la poesía.

Todo comenzó cuando hace algunos años -2010, 2011, no recuerdo- la librería El Sótano lanzó una oferta de las obras completas de Octavio Paz. Me dije: no es posible que no haya leído a nuestro Nobel, y decidí hincarle el diente. Coincidió que en el 2012 andaba navegando en la página de la BUAP y vi la convocatoria del doctorado en literatura hispanoamericana cuyas líneas de investigación tienen que ver con la posmodernidad, la crítica literaria y la literatura hispanoamericana. Presenté un proyecto sobre Paz, me hicieron una entrevista entre cinco profesores miembros del cuerpo académico y realicé un examen; total, me dijeron, está usted aceptado.

La aventura, entonces, me llevó, en los diversos cursos y seminarios de teoría y crítica literarias y de literatura hispanoamericana, al estructuralismo y al posestructuralismo, a Miguel de Barrios y sor Juana, a Gilman y Lukács, a José Revueltas, La Celestina y don Quijote. Y desde luego, al pensamiento de Octavio Paz, a su poesía y a sus imágenes antropológicas. Mejor dicho, a que yo mirara y estableciera las imágenes antropológicas que hay en su poética. Y ahí está el sujeto humano, el mundo, la historia, el amor, la vida y la muerte, y México, su pasado, presente y ¿futuro? Comprobé, de alguna manera, que en efecto la literatura, que parte de ficciones, nos lleva a la verdad, al descubrimiento de la verdad, en una suerte de planteamiento de imágenes, atisbos, sugerencias, horizontes.

No olvidé la filosofía, al contrario, todo esto me hizo caer en la cuenta de que hace tiempo había hecho el acopio de un material –notas, muchas notas y el desarrollo de algunos temas- sobre un tópico que siempre me fascinó: la filosofía de la historia. Y el reto de escribir un libro con ese propósito. El otro punto es que me hizo volver a un tema estrictamente filosófico: el tema del ser. Y es que, a lo largo y ancho de sus obras, Octavio Paz menciona a Heidegger más de cincuenta veces. Lo cual me hizo acudir a El ser y el tiempo, la traducción que hizo Gaos de una de las principales obras del pensamiento contemporáneo.

Ahí, en El ser y el tiempo, desde el primer parágrafo, Heidegger señala lo que se aprende desde los primeros cursos de filosofía: que el ser es el más universal de los conceptos, que el concepto de ser es indefinible y que el ser es el más comprensible de los conceptos. No se estudia esto en lógica, pero sí en ontología, justamente, la ciencia del ser en cuanto ente. En el parágrafo 2 escribe Heidegger:

Este ente que somos en cada caso nosotros mismos y que tiene entre otros rasgos la “posibilidad de ser” del preguntar, lo que designamos con el término “ser ahí”. El hacer en forma expresa y de “ver a través” de ella la pregunta que interroga por el sentido del ser, pide el previo y adecuado análisis de un ente (el “ser ahí”) poniendo la mira en su ser. (2005: 17).

Se trata de la pregunta por el ser, sí en general, universal, pero en su comprensión directa, el ser que somos: una pregunta general porque todos nos la hacemos pero que tiene que ver con nosotros mismos, con nuestro ser, con nuestro “ser ahí”, un ser que se percata de sí mismo y que se descubre en el tiempo, en la historia y su circunstancia. Esto me llevó a redescubrir la definición escolar de la filosofía: conocimiento cierto de las cosas –la realidad misma- en cuanto a sus causas últimas o primeros principios a la luz natural de la razón. Es decir, conocimiento racional de la realidad enfocado en las causas últimas o primeros principios. No cabe duda, como escribió si mal no recuerdo Eliot, volvemos al principio, al origen, y lo conoceremos por vez primera.

 

Nota bibliográfica:

Heidegger, Martin (2005): Sein und Zeit, Max Niemeyer, Halle, 1927 [versión castellana: El ser y el tiempo, trad. José Gaos, Fondo de Cultura Económica, México, 2ª. Edición, 1971, 12ª. Reimpresión, 478pp.].

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